El filósofo y profesor José María Barrio Maestre
El Debate de las Ideas
'Pedagogical incorrectness'
Hace veinte años la poesía española conoció una de las composiciones más atrevidas, celebradas (y cantadas) de lo que llevamos de siglo: «Political incorrectness», del incombustible filólogo y poeta Luis Alberto de Cuenca. Parece que, a modo de homenaje, el profesor Barrio Maestre ha tomado algunos de sus versos para desarrollarlos en un librito breve que acaba de publicar: Sócrates en el aula. Lo que la filosofía puede enseñar a la educación (Ediciones Encuentro, 2026). Si en el poema, Luis Alberto se erige en un defensor de Occidente frente a quienes lo consideran «un monstruo de barbarie / dedicado a la sórdida tarea / de cargarse el planeta», Barrio Maestre formula aquí su particular pedagogical incorrectness: una serie de reflexiones filosóficas y educativas que tienen como objetivo contribuir al feliz maridaje de estas dos disciplinas y acortar el abismo que en las últimas décadas se ha abierto entre ellas.
Sable en mano y sabedor de que esta es una batalla que hay que dar, el profesor de la Complutense sale en Sócrates en el aula en defensa de la tradición aristotélica, que sostiene que cuanto más conocemos más somos como personas, y se dispone a atacar por varios frentes. El primero de ellos es, claro, el del conocimiento. Los maestros no deben «guiar» o «catalizar energías», porque, además de ser un mensaje tremendamente desmoralizador para quienes tienen verdadera vocación por la enseñanza, la tarea más noble del maestro es enseñar lo que sabe, y para ello es imprescindible que sepa lo que enseña. En la línea del libro de Luri (La escuela no es un parque de atracciones) el profesor de la Complutense afirma que la escuela no está para «bailarle el agua al niño, sino para enseñarle cosas». La consecuencia del modelo educativo promovido por la «nueva pedagogía» —y cualquiera que dé clase hoy (no importa en qué nivel educativo) lo habrá sufrido— es clara: una notable caída de los criterios de rigor intelectual y un descenso de la calidad de la enseñanza.
La segunda idea es la del entendimiento paciente (el nous pathetikós aristotélico), que nos permite afirmar que, incluso en las primeras etapas educativas como las de la escuela infantil, hay que preparar a los niños en el hábito de concentrar la atención, acostumbrándolos gradualmente al esfuerzo intelectual que exige el estudio, para que comprendan que aprender no consiste sólo en jugar. En ese sentido, otra de las «atrocidades» que defiende Barrio Maestre es la memoria, que desde hace décadas se encuentra en un proceso de desprestigio mayúsculo, cuando lo cierto es que «el primer requisito para saber algo es, al menos, no haberlo olvidado». Hay algo profundamente bello en esa escena tan cotidiana: un abuelo o un padre que recuerda aquellos versos aprendidos de memoria en la primaria —poemas de Rubén Darío, Bécquer, Machado, o de nuestro romancero—, versos que lo han acompañado toda la vida y que quizá le han ayudado a comprender mejor ciertas situaciones de la existencia. ¿Qué pensarán de todo esto los adalides de la gamificación y de la «tecnovaciedad»?
Pero todavía hay dos bastiones más que el autor se ha propuesto socavar. Por un lado, el de la tecnología y las pantallas en las aulas como signo de democratización y ascensor social. Frente a esta idea, reconocible en la mayoría de discursos pedagógicos contemporáneos, la escuela debe recuperar su ethos original: proponer el aula y la biblioteca como los espacios más significativos del centro y contratar profesores que «palabreen» mucho, pues un buen dominio del lenguaje oral y escrito es lo que verdaderamente justifica la escuela como institución. En segundo lugar, está la cuestión de las llamadas «competencias». Toda la legislación educativa está plagada de esta palabra que pone el acento en todo contenido puramente instrumental. Pero la escuela no nació con ese objetivo, sino mucho más apegada a la idea de una educación filosófica.
Para demostrar precisamente esto, cómo la filosofía y la educación nacieron de la mano, el profesor de Teoría de la Educación se remonta en un capítulo dedicado a ello (sckholé) a los orígenes de la escuela, que tenía como núcleo de su acción no aprender cosas útiles, sino todo lo contrario: saborear el ocio contemplativo. La escuela buscaba formar intelectual y moralmente a los alumnos de manera que pudieran participar en el debate ciudadano, aprendiendo a admirar la belleza y a desechar la vulgaridad y la bobería. Apostar por una educación filosófica también tiene, en opinión del autor, algo de lo que la sociedad actual carece: comprender que es mucho más lo que ignoramos que lo que sabemos.
El libro de Barrio Maestre se suma así —aunque ya lo había venido haciendo con otros trabajos— a una línea de pensamiento con una larga lista de nombres como Luri, Enkvist o L’Ecuyer, pero es innovador —permítaseme este préstamo pedagógico— en su propuesta: la de señalar a Sócrates como modelo de ambas disciplinas, iniciador del gremio filosófico y del magisterio, en todo lo que este tiene de traditio, de entrega.
Barrio Maestre, que es hombre educado y caballeroso, no se atrevería a afirmar con Luis Alberto de Cuenca que disfruta «pegando a un pedagogo», pero desde luego con su libro demuestra que ha venido a medir fuerzas y entrar en liza con las huestes pedagógicas. Aunque algunos, ya sabemos, querrían llevarle «a la hoguera / directamente», solo nos queda que los responsables educativos lean las valientes palabras del filósofo. Esperemos, por el bien del autor y de todos nosotros, que se inclinen por lo segundo.