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'Viaje a Avalón', de Guillem Torroella

'Viaje a Avalón', de Guillem TorroellaEditorial Siruela

El Barbero del Rey de Suecia

Viaje a Avalón y viceversa

La editorial Siruela ha publicado un clásico olvidado: Viaje a Avalón, conocido como La faula, que el mallorquín Guillem de Torroella escribió, en un occitano levemente catalanizado, a mediados del siglo XIV. La edición, haciendo honor a la tradición de su sello, es preciosa.

La acompaña una excelente introducción del traductor, Anton Maria Espadaler. No sólo orienta la lectura: se lee, además, con gusto. No perpetraré la irreverencia de afirmar que está a la altura del texto, pero advierto a los que tienden a puentear los prólogos de que actúa como un dignísimo escudero de la obra original, magníficamente traducida.

Espadaler nos informa de la originalidad de Torroella: «Nadie había narrado en primera persona un viaje a la morada de Arturo». Y nos da unos datos iluminadores sobre el autor, señor de Binibassí, joven perteneciente a una noble familia mallorquina de primera hora, partidaria del rey de Mallorca en el exilio. De ahí la discreción —en ambos sentidos— que requiere Torroella en lo que, en apariencia, no es más que un esparcimiento: el mensaje, nos dice, va sellado («Vay selada, faula»).

Jaime III no sólo fue muerto, sino, además, decapitado (mort e scapsat) en la batalla de Llucmajor (1349) mientras trataba de recuperar su reino contra las tropas de Pedro el Ceremonioso. Su hijo, herido en esa misma batalla y hecho preso, jamás renunció a sus derechos a la corona e hizo suya, como un lema, la bellísima frase que musitó su padre al ser destronado: «Nadie me podrá quitar la esperanza». Es en el marco de estas luchas donde La faula (que habla de la visita a un reino perdido en otra isla y la nostalgia de la vuelta del rey y de los viejos valores de la lealtad y la nobleza) adquiere su filo de actualidad.

Los paralelismos —entre isla e isla, entre rey y rey, entre nostalgia y nostalgia— adquieren dimensión de espejos enfrentados. Los reflejos dan hondura a este libro breve, pero enjundioso. Su mensaje parece no tener fin: la historia necesita el mito, pero el mito necesita la historia. El viaje a Avalón es de ida y vuelta. Por eso, el rey Arturo requiere a un joven mallorquín del siglo XIV para que reclame la revitalización de los principios de la Tabla Redonda. Guillem (como personaje) se excusa por ser sólo un escudero; pero sabe (como autor) que la leyenda ha de encarnarse en un joven impetuoso y valiente metido hasta las trancas en la complejidad política ceñida a los límites de su isla. Y los jóvenes necesitan modelos de nobleza. Lo resume Espadaler: «El poema acoge también una perspectiva moral sobre la decadencia de los ideales caballerescos y corteses en el siglo de Torroella».

El juego de espejos también nos atrapa. Escribí «actualidad» con todo su doble filo, pensando también en la nuestra, historia en marcha que requiere de un mito que nos requiera. El éxito casi inmediato que tuvo La faula se debe, por supuesto, a su belleza literaria. Sus descripciones arrojan colores de vidriera gótica, y vibra entre líneas la alegría y el sentido de la aventura. Guillem despliega en su prosa una ligereza que roza incluso cierta autoironía casi posmoderna, avant la lettre. Se dice: «No me veo capaz de explicar ni la media, aunque ahora me esté comportando como un escritor». Muestra una alegría que —para nosotros tiene un sabor anacrónicamente chestertoniano— de pasear por el país de las hadas.

La abundancia de manuscritos del Viaje a Avalón tiene también una causa moral. Joannot Martorell le rinde pleitesía con un entremés en Tirant lo Blanc, también con resonancias políticas. El libro llegó a ser tan famoso que sirvió para diferenciar a la rama Torroella que partía de Guillem como los «Torroella de la Faula». El título adquirió categoría de título y de estirpe. Hasta ese punto esta obra anima a la encarnadura de un ánimo.

Y yo, que había ayunado todo el día, y que estaba hambriento, comí del futo, y no os sabría explicar el placer que hallé en él, pues no creo que un faisán o un capón sean tan agradables de comer.
*
Cabalgué airosamente por el campo por donde el palafrén quería, guardándome de no picar espuelas ni de usar el freno ni de hacer nada.
*
Ahora deseo llevar a cabo mi aventura, pues acabo de dar con ella.
*
No me disgusta estar aquí, ya que estoy vivo y me salvé del mal.
*
A consecuencia del encantamiento mostraban al mismo tiempo flores y frutos, a pesar de que la estación no lo consentía.
*
Una doncella hermosa, lozana y despierta, y adornada con todas las bellezas.
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A Galaz, al que nunca cansaron las armas.
*
Asía fuertemente con ambas manos una espada desnuda, brillante y bruñida, larga y punzante.
*
Él es el rey Arturo y estas damas son sus hermanas. Una es Amor, la otra Valor, que solían ser reinas; pero ahora son viudas y huérfanas, por lo que van vestidas de negro.
*
Pues he visto cómo decaía la Nobleza, y la Fama se alejaba del Valor, y la Galantería se separaba del Amor por una vil compañía, y a la Orden de Caballería apartarse de su ser, la vida se me ha vuelto esquiva y cruel, y sólo deseo la muerte.
*
La piedad engendra fácilmente en los corazones dolor por los males ajenos.
*
—Señor —dije—, justo es que os diga mi nombre, ya que lo solicitáis. De mis asuntos no os quisiera dar una larga explicación ni perderme en pormenores. Me llamo Guillem de Torroella. Mi padre era caballero, pero yo todavía soy escudero, puesto que no he recibido la orden de caballería.
*
Como uno sólo debe decir la verdad, me parece que debo conocer la verdad.
*
Los que tienen el rostro cubierto con una venda son los reyes poderosos […] La Avaricia, que no tiene valor alguno, los mantiene bajo su dominio colmados de riquezas, pero pobres de Valor y Fama, pues han olvidado el Mérito.
*
Me persigné y monté en el pez, y dije: «¡Valedme, santa María!»
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