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El Señor Atado a la Columna (Gregorio Fernández)

El Señor Atado a la Columna (Gregorio Fernández)

El Barbero del Rey de Suecia

La gracia del pregón

Hay un género poético que, incluso en estos tiempos, despierta pasiones a lo largo y ancho de la geografía española: el pregón de Semana Santa. En las ciudades y pueblos, se trata de un acontecimiento a la vez religioso, social y literario. Esto último no puede pasársenos por alto. En una época en que lo literario se ha retirado a los cuarteles de invierno de la lectura solitaria y silenciosa en las casas y gabinetes, todavía queda esta explosión de fervor comunitario alrededor de una exaltación por la palabra.

El pregón no puede juzgarse con los mismos parámetros críticos que un texto hecho para leerse en silencio y soledad. Hay quien defiende, incluso, que no deberían publicarse pues ello contradice su naturaleza momentánea y comunitaria. Sobre el papel, en lectura tranquila, no pueden causar el efecto para el que fueron pensados. O, en cualquier caso, hay que leerlos (aquí están todos los de Sevilla) como quien lee la partitura de una música: recreando en la imaginación su despliegue orquestal.

El pregón de la Semana Santa de Valladolid ha corrido a cargo del humorista gráfico José María Nieto, dándonos así una triple oportunidad. Conocer desde dentro la Semana Santa pucelana. Rendir este homenaje al género del pregón. Y disfrutar de un ensayo muy bien hilvanado sobre el humor subyacente incluso en la Pasión.

Aunque tiene hasta su soneto, y todas las otras convenciones del género, como son la mención a cada una de las hermandades o la celebración particular de la Semana Santa local, Nieto adquiere un tono reflexivo más legible, más sobrio y, a la vez, más ambicioso en lo intelectual; un tono que funciona en libro. No renuncia a quien es para dar su pregón: «A los humoristas gráficos siempre nos ha gustado publicar viñetas sobre las procesiones de Semana Santa llegadas estas fechas. Lo hacemos con un humor blanco y costumbrista que saca punta, si me permiten la redundancia, a los capirotes puntiagudos».

Arranca Nieto de que el relato de la Salvación en la Vigilia Pascual es «la historia más bella jamás contada, la más misteriosa, terrible y esperanzadora», pero también advierte más cosas. La primera: «Vengo hoy aquí a proclamar una verdad que tampoco puede negarse: a la luz de la fe, todo tiene gracia. Gracia con mayúscula y con minúscula». Le pasa al autor como a Nicolás Gómez Dávila: «Creo más en la sonrisa que en la cólera de Dios». No hay la menor falta de respeto, porque este amor por la historia se basa en la fe de su final feliz. Ya lo había proclamado la saeta de don Pedro Muñoz Seca: «Virgen de la Macarena, / ponte la cara bonita, / que ya sabemos to er mundo, / que el Domingo resucita».

Otra dimensión que Nieto incorpora con naturalidad a su pregón es su ojo de artista. Entre un dibujante y un imaginero hay vasos comunicantes de sensibilidad. Lo demuestra: «Gregorio Fernández giró la cabeza y el torso del Señor, pero hizo que sus manos no se apoyasen realmente sobre la columna, sino que se quedasen en el aire, dando la réplica perfecta y el mejor homenaje posible a Juan de Juni, y una lección inmortal a cualquier artista de cualquier disciplina: la única manera de superar una obra maestra es hacer todo lo contrario».

La tercera aportación es una gozosa característica del género del pregón: la oikophilia, que diría sir Roger Scruton: el amor al terruño. Cada Semana Santa es la celebración local de un único hecho universal. En ese equilibrio no hay ni catetismo ni cosmopolitismo. La resurrección también ocurre en Valladolid: «Un domingo por la mañana tres mujeres se encontrarán a un ángel vestido de blanco en el túnel de Panaderos, o en el de San Isidro, o en el de Vadillos, que les dirá «buscáis a Jesús, el Nazareno, que fue crucificado. No está aquí. Ha resucitado. Id y decid a sus discípulos que va delante de vosotros a Galilea». Y ellas, muy serias, muy serias pero con un brillo de júbilo en el fondo de los ojos, le responderán: «A Galilea, sí; o a Laguna de Duero»».

Precisamente, para los que somos de Cádiz, Valladolid tiene una cercanía muy importante, porque allí se da culto a una Virgen gaditana, que acogieron hace un tiempo, tras una dolorosa y bellísima historia de piratas ingleses y de seminaristas ingleses. La Vulnerata no olvida su origen ni su acento. Nieto le hace su reverencia: «Es una talla especial. Ya hace cuatrocientos veintiséis años que la guardamos mutilada y así continúa —récord absoluto de la lista de espera quirúrgica en Valladolid—, con esa extraña belleza de las esculturas rotas. Doliente estatua sin manos, por si fuese poco tener a la Dolorosa siempre con los brazos abiertos».

Dos rasgos más terminan de redondear este pregón. Su punto de vista como «hermano de la cofradía de la acera», esto es, su reivindicación del público fiel de la Semana Santa, hecha con tanta gracia como finura de espíritu: «Cuando rinda cuentas de mi vida, si nuestro Señor me pregunta ¿me buscaste? Le podré responder: sí, Jesús mío, lo hice: poniéndome de puntillas en los bordillos de la plaza de Santa Cruz.» Por último, no deja de lanzar unas puyas —oportunas y medidas— contra la época en que vivimos. Si se cruzan en Semana Santa los espacios de Jerusalén y Valladolid, también lo hacen la eternidad y estos tiempos polarizados, tan incómodos con la gracia en minúscula como con la Gracia en mayúscula. Nieto sostiene en alto el cirio de lo esencial: «Ya les digo yo que a la luz de la fe todo tiene gracia».

Una de las señas de identidad de nuestra época es escoger a las personas menos apropiadas para ocupar las responsabilidades más altas, y me temo que este pregonero no es una excepción.
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«Jesús Nazareno, rey de los judíos». Ese rectángulo de papel es casi una viñeta. Además, como todos los buenos chistes, dice la verdad.
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«Ya están los capillitas paseando muñecos» mascullan con desdén los laicistas mientras pergeñan sus liturgias ateas.
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Será que hay dos tipos de tradiciones: las auténticas, que hablan del ser profundo de los pueblos, y las inventadas en determinados contextos ideológicos o circunstancias históricas. ¡Qué mala suerte! A nosotros siempre nos tocan las «tradiciones inventadas».
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No nos hace falta inventar nada, porque somos la civilización occidental.
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De todos los oficios relacionados con la Semana Santa, el de dibujante
de planos callejeros de las procesiones tal vez sea el más humilde.
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Guías sepulcrales, / de las que pende el alma como un fruto
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Yo pertenezco a la segunda cofradía más antigua de todas las que existen: la de los cofrades de acera.
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La puerta de un hospital es el lugar perfecto para cantar la Salve Popular: «A ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas».
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La salida del Cristo de la Luz, a hombros de la Hermandad Universitaria. Si hay suerte y en el momento que aparece el Cristo sale el sol, es el momento más bello no de toda la Semana Santa, sino de todo el año.
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El buen cofrade de acera no es un turista, sino que mira hacia dentro.
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Otras de las normas no escritas de los cofrades de acera nos exhortan a socorrer pacientemente a los turistas despistados. Mirar con gesto de reproche a los transeúntes que cruzan por el medio de las procesiones. Sonreír a los abuelos que explican a sus nietos lo que pasa. Dejar pasar a esos niños a la primera fila. Pero la norma más importante, para mí, es ir del brazo de mi esposa.
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Es imposible escapar del hecho de que a la rosa siempre le acompaña
un tallo cuajado de espinas.
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¡Empezaron ellos, esos mismos soldados romanos, riéndose para escarnecer al Señor! Pero quien ríe el último ríe mejor, y nuestra carcajada alegre ante el triunfo de Jesús Resucitado es, sin duda, la risa más amplia.
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¿Y qué hará el domingo Nuestro Señor Jesucristo al resucitar? Lo que haría cualquier vallisoletano: quedar con su madre en la Plaza Mayor después de misa, en una u otra terraza. No es muy evangélico, aunque San Ignacio de Loyola asegura que ese encuentro se tuvo que dar necesariamente, pero no detalla lo de la terraza.
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