Detalle del Guernica e Imanol Pradales en el «Día de la Patria vasca»
El PNV y el Guernica: la obsesión que muestra cómo el nacionalismo no atiende a la realidad sino a su fantasía
La conservación del cuadro de Picasso, en un estado precario, es la primera razón que impide su traslado, pero tampoco hay razones históricas ni de cualquier otra índole, salvo las espurias o dudosas, que lo justifiquen
El lendakari Pradales y el PNV están lanzados sin freno a por el Guernica. Es el ejemplo de cómo la obsesión nacionalista, su relato fantástico, pretende justificar cuaquier acción, incluido, por supuesto, si se trata de un desmán.
El Guernica es el cuadro-emblema del Museo Reina Sofía como Las meninas lo es del Museo del Prado. Puede (y sin puede) que más emblema aún. Nadie se atreve a pedir la obra de Velázquez y si lo hace es que no es una institución seria. Esto lo dijo Carlos Chaguaceda, director de comunicación de la pinacoteca madrileña.
Siguiendo sus palabras, el Gobierno vasco del PNV no sería una institución seria y por lo tanto Pradales no sería un gobernante serio. El informe que el Reina Sofía ha enviado al Gobierno tras la petición nacionalista no deja espacio para la duda.
Los años y el tamaño del cuadro lo hacen extremadamente frágil. Una fragilidad adquirida no solo por el tiempo, sino por lo que ha sucedido durante su transcurso. El Guernica ha sido un cuadro demasiado viajero y mayormente enrollado como si fuera un simple póster.
Los distintos traslados en esas condiciones por América y Europa en casi un siglo han deteriorado su salud irremediablemente causándole las grietas, microrroturas o levantamientos de pintura de los que adolece.
La solución es mantenerlo en su ubicación actual, sin que se mueva y en condiciones estables de temperatura. Se trata de una pintura con estrés, fatiga y padecimientos, casi como los de una persona, y las recomendaciones «médicas» son de absoluto reposo «en casa».
Con mala salud desde la juventud
El Guernica es un anciano que necesita cuidados. El claro informe del Reina Sofía, del que el PNV y Pradales no quieren saber nada, lo atestigua de forma perfectamente comprensible hasta para el más lego en la cuestión.
Pero el cuadro de Picasso no tiene buena salud desde su juventud. Con apenas seis años de edad, en 1943, y de forma casi ininterrumpida hasta 1957 fue sometido a diversos procesos de restauración tras los que, luego de otro viaje a Estados Unidos, se decidió no volver a moverlo. De esto hace más de medio siglo.
En el MoMA de Nueva York permaneció durante más de dos décadas a la espera de regresar a España. Allí su bastidor (nada más y nada menos que su esqueleto) fue cambiado por uno nuevo en una difícil intervención que volvió a tensionar la joven obra baqueteada.
Todas las peticiones de préstamo, incluidas las de París y Londres en los 60, fueron rechazadas. Pradales ha dicho con el tacto propio de un gañán caprichoso que el Gobierno ha sido capaz de sacar a Franco del Valle de los Caídos, pero no es capaz de sacar el Guernica del Reina Sofía.
Si hace 70 años, siendo la pintura joven, se impidió su traslado a París o Londres, ¿cómo no se puede entender que 70 años después tampoco se pueda trasladar, en este caso, a Bilbao? Las razones ideológicas, nacionalistas y de memoria histórica son las únicas razones del PNV para exigir de forma completamente irracional la posesión de la obra.
El informe técnico de 16 páginas sobre el estado del Guernica es preciso y detallado, pero esto al Gobierno vasco le da igual. «Es una cuestión de voluntad política», dicen. Como si la voluntad política pudiera preservar una obra de arte en un constatado mal estado de salud.
La «voluntad política»
Alteraciones en el soporte por los distintos clavados y desclavados o las citadas grietas, microfisuras y craquelados recorren su superficie. Las pérdidas de pintura hasta permiten ver la tela en algunos puntos, también algunos especialmente grandes que casi se pueden ver como pequeños cráteres o incluso mares lunares como la grieta vertical que atraviesa el caballo.
El mapa de alteraciones es inequívoco. Con todo lujo de detalles. La obra está seriamente dañada y su daño milimétricamente retratado en el informe, donde también se reflejan acumulaciones de cera y resina. Por todo esto y todo lo anterior, las vibraciones a las que sería sometido el cuadro por un viaje serían devastadoras, como potenciar, mediante esa vibración, el desconchado de una pared estropeada o como dar golpes a una estantería hasta hacer caer todos los objetos que sostiene.
Por si faltase algo, las consecuencias del acto vandálico sufrido en 1974 también siguen siendo visibles, según el Reina Sofía: el daño del spray rojo en protesta por la guerra de Vietnam. La rotundidad del Reina Sofía sobre la imposibilidad del traslado es inapelable menos para la «voluntad política» que todo lo puede en el XXI o, más concretamente, en la España de Sánchez.
Solo el actual mantenimiento en «condiciones estables y con un riguroso control de las condiciones ambientales» permite que el Guernica siga en exposición como obra señera del Reina Sofía, otra de las razones aducidas para no trasladarlo, como quitarle el alma o el corazón, como si le quitaran el alma o el corazón de Las meninas a El Prado.
Y todo esta polémica, toda esta petición anacrónica y sectaria por el cuadro que representa, más que cualquier otra cosa de las que pretenden que represente, la apropiación «cultural» en grado máximo. Porque se llama Guernica (un nombre casi cubista, sobrevenido por la sonoridad y la coincidencia temporal ) por casualidad, como aseguran distintos estudiosos. La obra no retrata a Guernica, sino en todo caso a la guerra en general.
Fantasía frente a realidad
Y ni siquiera se tiene claro que represente la guerra y no las metáforas de la propia vida del artista en las figuras pintadas, tal y como indican otros estudios. Pero incluso si se fuera a suponer que este cuadro representase de verdad el bombardeo de Guernica (lo cual no puede ser porque ya estaba empezado antes de dicho ataque), ¿sería esta la razón por la que debe estar en el País Vasco?
De ser así esta circunstancia impensable, se tendría que producir una diáspora artística como jamás se vio en la historia del arte y de la humanidad. De este modo, la Terraza de café por la noche de Van Gogh debería estar en Arlés, Francia, y no en en el Museo Kröller-Müller en Países Bajos.
Y así, imagínese. La rendición de Breda de Velázquez debería estar en la ciudad neerlandesa y no en el Museo del Prado. Todos los cuadros tahitianos de Gauguin tendrían que estar en Tahití... La lista es casi infinita y el Guernica debe estar en el País Vasco porque lo dice el lendakari Pradales: la fantasía frente a la realidad, la ideología frente al sentido común o el nacionalismo frente a todo criterio serio, técnico y racional.