Barenboim y Nagano, el equivocado concepto del tiempo
Kent Nagano y Daniel Barenboim agotaron las entradas en un fin de semana memorable para la gran música, en Madrid, y quienes aprecian las muestras de sabiduría, la experiencia acumulada de dos de los últimos, grandes maestros
Barenboim en el auditorio de El Escorial
No todo va a ser Shakira. Algunos, ante la avalancha que peregrina estos días hacia el sur de Madrid para asistir a la exhibición de la cantante colombiana, sienten una exagerada desazón, similar a la que surge de los reiterados anuncios sobre el fin de la civilización por causa del desarrollo incontrolado de la IA.
No obstante, el mundo continúa girando, y en la capital, el pasado fin de semana, un par de ancianos que agitan un fino palito, al que los conocedores llaman batuta, han logrado convocar, entre ambos, a más de seis mil personas para escuchar sin prisas las creaciones de unos señores centroeuropeos llamados Schubert, Schumann, Wagner y Mahler, desaparecidos ya hace algún tiempo.
Se dirá que estos aficionados son muy pocos comparados con las hordas shakirianas: la excelencia nunca ha contado con muchedumbres partidarias, pero hay que seguir intentándolo porque esas grandes minorías que demandan otros contenidos, un ocio distinto, que atienda a su íntima necesidad de excavar en el interior, están ahí, no se han desvanecido: la prueba es cómo se agotaron las entradas disponibles para estas citas, la expectación generada.
Se dirá, además, que estos melómanos no son más que un rebaño de viejos, lo cual no es cierto del todo; pero incluso si todos ellos se tutearan con Matusalén, ¿acaso no se han ganado el derecho de que el Estado contribuya también a ofrecerles su poción de cultura, sobre todo a ellos que ya cumplieron con la obligación de cotizar durante casi una vida?
Y mira que los tratan mal: el Auditorio Nacional, que ya ha cerrado definitivamente su tienda de discos, logró volver a abrir la cafetería, aunque las colas para que te despachen parecen, como las del párking anexo al auditorio de San Lorenzo del Escorial a la hora de pagar, esas que se forman en Gaza cuando toca repartir el rancho. Aun así, acuden pacientemente a su cita con la gran música cuando las infraestructuras se deterioran sin remedio y de los detalles ya no se ocupa nadie.
El estreno de Nagano con la Nacional
En la Orquesta Nacional, Kent Nagano acaba de estrenarse a sus 74 años como nuevo director titular. Mientras, para la clausura del festival Escena Escorial, que sigue siendo un torpe remedo, un parche incompleto frente a lo que un día se pretendió poner en marcha en esa localidad madrileña (un auténtico certamen de calidad europea), Daniel Barenboim, con 83 primaveras y algún reciente achaque, conjuró los temores sobre su delicada salud en cuanto se sentó frente a sus pupilos, el resultado del proyecto más importante de su vida, la Orquesta del Diván, un modelo de convivencia entre distintos credos y lealtades, en una parada de su nueva gira.
Tanto de Nagano como de su colega Barenboim se ha destacado, estos días, que sus lecturas de obras muy conocidas del repertorio han resultado algo «morosas». En el caso del director norteamericano, que pasea su vejez con algo más de energía a la hora de encaramarse sobre el podio, esa supuesta lentitud se ha atribuido a la introspección. De Barenboim, durante el descanso, algunas lenguas viperinas, tan habituales en estos círculos, sugerían que ya «chochea» y debería retirarse.
Lo bueno de la música es que cada uno la percibe según su propia sensibilidad, cultura y estado de ánimo. No exige nada más. Pero algunos se empeñan en meterla en vereda, y que cada interpretación resulte el reflejo exacto de la idea preconcebida que tienen sobre cómo debería sonar, en cada momento, la obra escogida: la imagen fija de un pensamiento forjado tantas veces ni siquiera mediante la confrontación directa de la partitura, su estudio concienzudo, sino como la evocación de un recuerdo asociado a un disco o a la asistencia a un anterior concierto determinado.
¿Cuál ha resultado mejor, la apasionada versión de la Segunda sinfonía de Gustav Mahler que Teodor Currentzis ofreció en este mismo lugar, al frente de la Orquesta Utopia y su coro, o la más paleada que Nagano acaba de desvelarnos en la primera cita de esta nueva cita con la OCNE? Afortunadamente, no es una competición.
¿Razón o emoción? Ambas forman parte indispensable de la música, a la vez. Y lo bueno es que en cada ocasión somos capaces de percibir cosas distintas: unas veces nos sentimos más vulnerables, y quizá al extremar la intensidad del sonido, en determinados pasajes, mediante contrastes que pueden resultar incluso hasta violentos, nos dejemos arrebatar hasta conmovernos. Y posiblemente, en otro instante, prefiramos prestar una mayor atención a la arquitectura, el ensamblaje maestro de cada frase, acento o detalle en ese todo orgánico que confiere sentido particular a cada pieza; lo cual requiere otra concentración, no menos honda pero sí más pausada.
El «tempo» y los amateurs, según Celibidache
Celibidache, al que Barenboim profesaba una nada secreta admiración, lo expresó a la perfección cuando, refiriéndose a la fenomenología del sonido, afirmó: «Cuando los amateurs dicen que el tempo fue correcto hablan de un cauce seco (…) la enorme y nefasta confusión reside en identificar el tempo con la velocidad. El tempo no es velocidad, el tempo no es nada, en cambio sí que es una condición para que una serie de manifestaciones sonoras queden agrupadas en una unidad».
De ahí que ni Nagano ni Barenboim hayan sucumbido a las asechanzas de la madurez, sesteando en el podio (en el caso del argentino, sentado en una silla). Uno y otro han sido perfectamente conscientes de lo que hacían, solo que ahora, en esta etapa final de sus carreras, han optado seguramente por destilar la sabiduría acumulada a través del filtro de otra percepción.
Ambos se deleitan en busca de la transparencia, hacer visible lo que tantas veces permanece oculto o se ofrece farragoso, ese hilo tenue que une todas las secretas, íntimas relaciones que otorgan su sentido completo al colosal engranaje de obras complejas, vastas, muy meditadas, como la Segunda Sinfonía mahleriana, ambiguas y enigmáticas, como es también el caso de la Inconclusa de Schubert o el Preludio y la muerte por amor de Wagner, hasta otorgarle una cierta cohesión.
No compro el argumento de que un debilitado Barenboim ya apenas mueve su brazo derecho porque la enfermedad se lo impide. Quizá no despliegue la energía de antaño, pero tampoco lo precisaría, aunque se conservara como alguno de esos otoñales culturistas de gimnasio.
En esta espléndida, iluminadora etapa conclusiva de su ejemplar periplo, el bagaje acumulado reemplaza a la mera exhibición. Quien el otro día lo observara con detenimiento, sin otro ánimo que el de disfrutar, pudo llegar a percibir la ideal simbiosis entre el director y sus músicos, a través de gestos breves, pero continuado, claros y muy expresivos, de su mano izquierda, y el efecto que todavía la música obra en él, lo que seguramente lo mantiene aún en la tierra. Y a nosotros nos sigue emocionando esa pasión por comunicar, iluminar y elevar.
Por supuesto que hubo fallos: solo la Filarmónica de Berlín ha alcanzado algo parecido a la perfección en ese aspecto. En la Renana de Schumann las trompas se resintieron en varias ocasiones, pero cómo tocan estos chicos del Diván, y qué cariño le demuestran a su mentor, a través de sus sonrisas, pero sobre todo transmitiendo todo aquello que él les ha enseñado.
Del mismo modo que en el concierto de la Nacional pudiera echarse en falta una mayor densidad de la cuerda en el movimiento inicial, algo más de abandono y sarcasmo en los centrales, o un final de esos que hacen crujir los mismos cimientos del auditorio como lograba Bernstein. Pero nada de eso tiene que ver con la edad provecta de Nagano, sino con el deseo explícito de renunciar voluntariamente al efecto para centrarse en la búsqueda de la verdad más íntima y despojada, nunca objetiva, esa que habita entre cada nota.
Ojalá vuelva Barenboim (que lejos de retirarse acaba de fundar un nuevo festival en Berlín, muestra de su vitalidad y compromiso), y que Nagano establezca una fecunda relación con la OCNE que nos enriquezca a todos al descubrir nuevos enfoques para las obras de siempre, y otras recientes e interesantes, como la que esta vez abrió su concierto.