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Historias del 27Andrés Amorós

La pasión taurina de Miguel Hernández

En su libro Nacido(s) para el luto: Miguel Hernández y los toros, José María Balcells señala que el toro posee, para él, una triple dimensión: teológica, erótica y totémica

Miguel Hernández en la campiña andaluzaMiguel Hernández, poeta, Diputación de Alicante, 1992, p. 124/Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Fue totalmente justo el ministro Urtasun al proclamar lo que nadie discute: Miguel Hernández era un gran poeta. Lo malo es que ese acierto nacía de una raíz sectaria, su eterna acusación a la derecha. Elogió el «indiscutible compromiso político» del poeta para sacar esta disparatada conclusión: «El régimen franquista lo sabía y por eso le asesinó» (con leísmo).

Para evitar esa tremenda pifia, le habría bastado al ministro consultar cualquier manual de Bachillerato. En todos ellos, habría leído que Miguel Hernández enfermó y murió en el penal de Alicante: entre otras enfermedades, sufría una grave tuberculosis pulmonar.

También resulta chocante que Urtasun elogie a un poeta tan vinculado al mundo taurino como Miguel Hernández, cuando el ministro no se ha cansado de perseguir la Tauromaquia y de calificar de torturadores a los aficionados.

Cualquiera que esté algo informado sabe de sobra que el tema taurino es clave en la poesía de Miguel Hernández, desde su primer libro hasta el último; también, en su obra teatral El torero más valiente. (tragedia española).

Muchos estudiosos lo han señalado. Fernando Claramunt llama a Miguel Hernández «barro de lidia» y califica su poesía de «taurina y táurica» porque no sólo le interesa el espectáculo taurino sino su valor ritual.

En su libro Nacido(s) para el luto: Miguel Hernández y los toros, José María Balcells señala que el toro posee, para él, una triple dimensión: teológica, erótica y totémica.

Yo mismo, en Las cien mejores poesías taurinas. (De Gonzalo de Berceo a Joaquín Sabina), he comentado la profunda originalidad de la poesía de Miguel Hernández, por identificarse simbólicamente con el toro bravo.

¿De dónde le viene al poeta esa pasión por el toro? Balcells ha rastreado certeramente varias de sus raíces. Ante todo, lo vivió en su pueblo natal, Orihuela, donde están documentadas fiestas taurinas desde el siglo XIV. A fines del XVIII, torearon allí los míticos Pedro Romero y Pepe-Hillo. A partir de 1845, se sucedieron una serie de Plazas de Toros. En ellas actuaron, por ejemplo, el Papa Negro, Juan Belmonte (como novillero y matador), Rodolfo Gaona, los hermanos Manolo y Pepe Bienvenida… Cada año, la gran corrida era la del 15 de agosto, pero había también numerosas becerradas y festejos benéficos. La ciudad fue cuna de conocidos picadores.

Miguel Hernández había nacido en 1910. Pudo asistir a festejos taurinos en Orihuela cuando era niño, adolescente y adulto.

Algún detalle poco conocido justifica su cercanía a ese mundo: además de criar cabras, su padre se ocupaba de contratar los caballos necesarios para las corridas y corría de su cuenta sustituir a los que morían (que no eran pocos, antes de la implantación del peto).

Su novia, Josefina Manresa, era hija de un guardia civil, y eso le permitía asistir gratuitamente a todos los festejos. Lo confirma en su libro Recuerdos de la viuda de Miguel Hernández:

Miguel Hernández y Josefina Manresa en la sierra de Orihuela, 1935Miguel Hernández, poeta, Diputación de Alicante, 1992, p. 124/Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

«Desde los quince años a los veinte, iba algunos domingos a los toros. La empresa regalaba un par de entradas a cada guardia y, como las corridas de toros eran la diversión más importante en Orihuela y además, para mí, gratis, pues allí iba yo, sin entender de toros (ni los entiendo). La animación de la gente, la música y los pasacalles de los toreros me animaban un poco y, cuando mataban al toro, o éste destripaba al caballo, ni me daba cuenta (…) Los que no podían ir a los toros iban paseándose a ver a la gente que iba a la corrida. Al último toro, dejaban entrar a la gente, que se amotinaba a la puerta de la plaza».

Como es bien sabido, para la formación literaria de Miguel Hernández fue fundamental asistir, desde 1932, a la tertulia con sus amigos Carlos Fenoll y Ramón Sijé. Ninguno de los dos se sentía lejano del mundo de los toros.

A Fenoll lo conocía Miguel desde años antes, porque vivía en su misma calle. Carlos era un apasionado de los toros, intentó ser torero y se tiró varias veces al ruedo como espontáneo.

Ramón Sijé –el nombre literario que adoptó José Marín Gutiérrez– era lector asiduo de José Bergamín, el gran ensayista taurino. En sus escritos, empleaba con frecuencia términos y metáforas de la Fiesta.

En el número 1 de la revista El Gallo Crisis –en la que, por supuesto, también colaboró Miguel Hernández–, comenta Sijé un libro de poemas de José María Pemán en estos términos: «Poesía de toreros y jesuitas. La sola poesía verdadera». En el número 2, a propósito de la trágica muerte de Ignacio Sánchez Mejías, escribe sobre «la salvación del alma por el arte de torear».

Según el testimonio de Concha Zardoya, Miguel le dedica a Ramón Sijé su Elegía media del toro, con esta frase (recordemos que su verdadero nombre era José): «A Pepico, un torerillo con pies de ángel para vadear aguas y desembocar en los furgones de cola, en busca de campos de cuernos».

El libro de Miguel Hernández El rayo que no cesa se cierra con una obra maestra, la Elegía a Ramón Sijé, comparable a las de Jorge Manrique y Federico García Lorca. (La comento con cierta amplitud en mi libro Se canta lo que se pierde. Los 50 mejores poemas españoles comentados. Del Arcipreste de Hita a Antonio Carvajal).

El 13 de agosto de 1934, en la plaza de Manzanares, Ignacio Sánchez Mejías sufre una cornada mortal. Sólo ocho días después, Miguel Hernández se anticipa a García Lorca y a Alberti al escribir una elegía, que envía al Director de ABC, con el ruego de que la publique. En la carta, fechada en Orihuela, leemos frases conmovedoras:

«No le exijo remuneración por mis versos, sino que, si usted cree que merezco gratificación, y me la envía, no se la desdeñaré, porque sencillamente soy todo lo pobre que se puede imaginar y un poquito más».

En el archivo de Miguel Hernández se conserva la carta en la que rechazaron esa colaboración.

El poema se titula Citación fatal. (En su edición, lo incluye Agustín Sánchez Vidal en una serie de «Poemas sueltos», del ciclo de Perito en lunas). Su meollo es claramente trágico:

Se citaron los dos para en la plaza
tal día; y a tal hora; y en tal suerte;
una vida de muerte
y una muerte de raza.

Igual que hará García Lorca en su Llanto, Miguel Hernández presenta a Ignacio Sánchez Mejías como paradigma de dignidad ante la muerte:

Tu muerte fue vivida a la torera,
lo mismo que tu vida fue muriendo.

Y la conclusión expresa una creencia existencial, muy propia de Miguel Hernández:

Quisiera yo, Mejías (…)
esperar y mirar, cual tú solías
a la muerte: ¡de cara!

Es lo mismo que canta García Lorca, en su Llanto:

No se cerraron sus ojos
cuando vió los cuernos cerca…

Subrayan los dos poetas una realidad histórica: al público de Manzanares le impresionó especialmente la lucidez con la que Ignacio afrontó su destino trágico. Eso se concreta en una vieja fotografía, que encontré en un periódico de la época, en la que, en el momento mismo de la cornada mortal, el diestro conserva los ojos muy abiertos…

Imagen del diario Ahora, del 15 de agosto de 1934, dos días después de la tragediaBiblioteca Nacional de España

Poco después de la muerte de Sánchez Mejías, ese mismo año 1934, Miguel Hernández escribe una obra teatral, en verso, inspirada también en parte por esa tragedia: El torero más valiente. Se la envía en octubre a Bergamín, con el deseo de que la publique en Cruz y Raya. También la hace llegar a Margarita Xirgu y a Gregorio Martínez Sierra, para intentar que la estrenen (así se lo comenta a Cossío, en una carta).

No consiguió Miguel ninguna de las dos cosas: sólo Ramón Sijé publicó un fragmento, en su revista El Gallo Crisis. Su viuda, Josefina, conservó el manuscrito, escrito a lápiz. Finalmente, la publicó en 1986 Agustín Sánchez Vidal.

A partir de las figuras de Joselito y de Ignacio Sánchez Mejías, inventa Miguel Hernández la historia de una supuesta rivalidad taurina y sentimental: José (trasunto de Joselito) está enamorado de Soledad, hermana de su rival Flores (trasunto de Ignacio). Muere Flores en la Plaza y surge el tema de la presunta culpabilidad de su rival.

La eficacia escénica de la obra plantea dudas, pero –como han subrayado Javier Díez de Revenga y Mariano de Paco– su valor poético es indiscutible, dentro de una línea cercana, a veces, a García Lorca y a Lope de Vega.

Además, introduce Miguel Hernández en el drama una tertulia, en la que Ramón Gómez de la Serna y José Bergamín exponen, en verso, sus conocidas teorías taurinas. Dice Ramón, por ejemplo:

Y pondría al torero
corona y no coleta: es sacerdote
que oficia para Dios (…)
Es el toreo
un arte muy cristiano
muy católico hispano.

Aparecen también aquí dos símbolos típicos de la poesía taurina de Miguel Hernández. Por un lado, «el toro de amor». Por otro, la conexión con la muerte:

El toro se entrega
a la muerte, a muerte juega
y siempre pierde en el lance.

El tema taurino aparece también en los poemas que escribe Miguel Hernández durante la guerra civil, con una clara intención de propaganda política. En 1937 y 1938, escribió el libro El hombre acecha: publicado en Valencia en 1939, estuvo perdido durante muchos años hasta que lo rescataron, en 1981, Leopoldo de Luis y Jorge Urrutia.

En ese libro, aparece un poema de espíritu claramente combativo, Llamo al toro de España. Este toro se ha convertido nada menos que en un símbolo de la España que Miguel Hernández desea ver triunfante:

Alza, toro de España: levántate, despierta.
Levántate del todo, toro de negra espuma,
que respiras la luz y rezumas la sombra,
y concentras los mares bajo mi piel cerrada.
Despiértate.

Suelo yo proclamar mi predilección por los sonetos taurinos incluidos en El rayo que no cesa. La razón es clara: en ellos, no se queda Miguel Hernández en lo externo y costumbrista, por mucho atractivo que pueda tener, sino que profundiza y se identifica él mismo con el toro. Además, utiliza términos y metáforas taurinas para expresar sus más hondos sentimientos.

Para el amor fatal, al que no logramos resistir, por mucho que la razón nos diga que nos va a traer desgracias –lo que los surrealistas franceses llaman el «amour fou»– utiliza Miguel Hernández la metáfora de la querencia, esa fuerza misteriosa que conduce instintivamente a un toro bravo hacia un lugar determinado de la Plaza:

Una querencia tengo por tu acento,
una apetencia por tu compañía
y una dolencia de melancolía
por la ausencia del aire de tu viento.

Si el existencialismo francés y alemán subraya que el ser humano es un ser-para-la-muerte, que ésta es la realidad fundamental que determina toda nuestra vida, Miguel Hernández lo expresa de un modo más plástico, con mucha mayor fuerza, gracias a la metáfora taurina:

El toro sabe al fin de la corrida,
donde prueba su chorro repentino,
que el sabor de la muerte es el de un vino
que el equilibrio impide de la vida.

Todo esto culmina, a mi modo de ver, en un extraordinario soneto, en el que el poeta se identifica totalmente con el toro bravo, como un símbolo de virilidad, de nobleza, de amor y de destino trágico:

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón, en la ingle, con un fruto.
Como el toro lo encuentra diminuto
todo, mi corazón desmesurado
y, del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.
Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.
Como el toro te sigo y te persigo
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.

En los catorce versos del soneto, lo ha repetido el poeta nada menos que ocho veces: «Como el toro… como el toro…» Igual que las olas repetidas que empapan cada vez más la arena de la playa.

Es indiscutible, me parece, que Miguel Hernández siente auténtica pasión por el toro bravo y que ésa es una de las principales raíces de su poesía. Aunque un ministro de Cultura no se entere o no quiera enterarse…

Me queda pendiente tratar, en otro artículo, la relación de Miguel Hernández con José María de Cossío y su labor como biógrafo de toreros, en el tratado enciclopédico Los toros.