Stephen King nació en Portland, Maine, el 21 de septiembre de 1947. Sus libros han vendido más de 350 millones de ejemplares, y en su mayoría han sido adaptados al cine y a la televisión
El Barbero del Rey de Suecia
Stephen King: escribir sobre escribir
Es un libro muy ameno y, sobre todo, muy provechoso. King nos cuenta literalmente su vida, pero no se va del tema, porque su vida está atravesada por la vocación literaria
Me interesan mucho los libros sobre la escritura, por la cuenta que me trae. Aquí ya barberizamos Creatividad, de John Cleese, donde, además, repasamos los hitos del género: Consejos a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke; mi muy querido Consejos a un joven escritor, de Max Jacob, menos hermoso que el anterior, pero más útil; y El trabajo intelectual, de Jean Guitton. En cambio, me he retrasado veintiséis años en leer Mientras escribo (2000) de Stephen King, quizá, lo confieso, por esnobismo o por desinterés en la literatura del aclamado King. En el pecado va la penitencia. Yo me lo había perdido.
Es un libro muy ameno y, sobre todo, muy provechoso. King nos cuenta literalmente su vida, pero no se va del tema, porque su vida está atravesada por la vocación literaria. Una profesora le comentó que merecía su escrito publicarse; y él, letraherido, confiesa «desde entonces no me han dicho nada que me haya hecho tan feliz». Obsérvese: «nada». Este libro, como quien no quiere la cosa, es también un cántico al matrimonio, pero la conyugalidad tampoco lo aleja del tema: su mujer es su colega (también escribe), su correctora, su paño de lágrimas y su «lector ideal». No me extraña que esté tan enamorado.
Muestra un interés prioritario por el lenguaje y la artesanía. El poeta Miguel d’Ors también ha insistido en eso. Es una marca del escritor que no se pierde en vaporosas declaraciones edulcoradas y baja enseguida al taller. Tanto lo hace King que habla de la retórica utilizando el símil de una caja de herramientas, por si quedaban dudas. No sé por qué han traducido On Writing: A Memoir of the Craft al español como Mientras escribo, que parece remitirse a algo incidental y más o menos biográfico, en vez de Sobre la escritura: un memorial del oficio, mucho más fiel al título original y al contenido auténtico.
El célebre novelista se gana muy pronto la confianza de un poeta suspicaz como yo. Es muy consciente de que el éxito no asegura el arte ni viceversa: «Otros se han comprado una casa en el Caribe con su pluma, dejando un reguero de adverbios palpitantes, personajes de cartón y viles construcciones en voz pasiva». Ha leído muchísimo y bien. La heterogénea lista de lecturas que ofrece al final, donde hay de todos, de clásicos a best-sellers, es ejemplar. Además, es un trabajador incansable. Recomienda no bajar la persiana del taller hasta haber escrito, cada día, 2.000 palabras. Exige que el escritor sea un artesano antes que un artista, aunque aspira al arte. Ama las correcciones hasta el punto de aplicarse el famoso adagio del cliente: «El corrector siempre tiene razón».
Dando sus consejos, confiesa su arbitrariedad y capricho. Hablando de los flashbacks, reconoce: «Se trata de una técnica antigua y respetable, pero a mí no me gusta». Eso también lo hace simpático. Como el hecho de que después de dar leyes inflexibles y categóricas, como la de no poner adverbios, se las salte continua e impunemente, con una carcajada atenuante. Algunas ideas son simples y abusa de coloquialismos bordes, defectos que se retroalimentan cuando habla, por ejemplo, de su animadversión al catolicismo. Pero son parte del personaje, del obrero de la tecla, del hombre que sabe de su oficio, carga con su caja de herramientas y ya.
Al final nos cuenta lo mucho que le ha costado escribir el libro, y yo creo que se nota un poco (ahora que lo dice) en cierta sistematización desordenada y en una mezcla muy tierna de certezas y titubeos. Lo esencial, sin embargo, es que el libro es una mina de observaciones felices, de consejos aplicables, de leyes anarquistas y de amor por la literatura, por un lado, y por el oficio, por otro.
Yo me he apuntado muchísimas reglas prácticas.
En mi manera de ser se mezcla una especie de salvajismo con el conservadurismo más profundo, como dos cabellos en una trenza
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Hay que escribir con la puerta cerrada y reescribir con la puerta abierta.
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Mi mujer desempeñó un papel decisivo. Si ella, en algún momento, hubiera insinuado que escribir en el porche de nuestra casa de alquiler de Pond Street, o en el cuartito de lavar de la caravana de Klatt Road (también de alquiler), era perder el tiempo, creo que me habría quedado sin ánimos. Tabby, sin embargo, no expresó ninguna duda. Su apoyo era constante, de lo poco bueno en que se podía confiar. Ahora, cada vez que veo una novela dedicada a la mujer (o marido) del autor, sonrío y pienso: Éste sabe de qué va. Escribir es una labor solitaria, y conviene tener a alguien que crea en ti. Tampoco es necesario que hagan discursos. Basta, normalmente, con que crean.
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Cuando se hacen comparaciones imprecisas es fácil caer en el descuido, pero la alternativa es una atención repipi al detalle que quita toda la diversión al acto de escribir.
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siempre hay que pensar primero en el lector; sin él sólo eres una voz que pega rollos sin que la oiga nadie. […] los defectos de estilo suelen tener sus raíces en el miedo,
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puede que la frase tenga fallos técnicos, pero dentro del contexto del fragmento, funciona.
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la fragmentación es muy útil para estilizar la narración, generar imágenes nítidas y crear tensión, además de infundir variedad a la prosa
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El lenguaje no está obligado a llevar permanentemente corbata y zapatos de cordones. El objetivo de la narrativa no es la corrección
gramatical, sino poner cómodo al lector, contar una historia… y, dentro de lo posible, hacerle olvidar que está leyendo una historia
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Escribir es seducir. La seducción tiene mucho que ver con hablar con gracia.
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Yo soy del parecer de que la unidad básica de la escritura es el párrafo, no la frase.
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Hay que aprender a oír el ritmo.
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Hemos hablado de herramientas y carpintería, de palabras y de estilo… pero a medida que progresemos, convendrá tener presente que también hablamos de magia.
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Si no tienes ganas de trabajar como una mula será inútil que intentes escribir bien. […] Si quieres ser escritor, lo primero es hacer dos cosas: leer mucho y escribir mucho. […] y a menudo los libros malos contienen más lecciones que los buenos. […] Si no tienes tiempo de leer es que tampoco tienes tiempo (ni herramientas) para escribir. […] Leer es el centro creativo de la vida de escritor.
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La gente bien considera de mala educación leer en la mesa, pero si aspiras a tener éxito como escritor deberías poner los modales en el penúltimo escalón de prioridades. El último debería ocuparlo la gente bien y sus expectativas. De todos modos, si adoptas la sinceridad como divisa de lo que escribes, tus días como integrante de tan selecta colectividad están contados
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Leer toma su tiempo, y el pezón de cristal te roba demasiado. Una vez destetada del ansia efímera de tele, la mayoría descubrirá que leer significa pasar un buen rato. He aquí mi sugerencia: la desconexión de la caja-loro es una buena manera de mejorar la calidad de vida, no sólo la de la escritura. [Donde dice «tele», léase también móvil.]
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Para mí lo trabajoso es no trabajar. [Preciosa confluencia con JRJ, nada menos]
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imitar un estilo, que es una manera muy legítima de empezar a escribir (legítima e inevitable, porque cada fase del desarrollo del escritor está marcada por alguna imitación
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con una sinceridad absoluta (al borde de la ingenuidad).
Mentir es la falta máxima e irreparable
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«¿Es que no puedo describirlo?». Si quieres ser buen escritor, estás obligado a poder describirlo. […] La descripción arranca en la imaginación del escritor, pero debería acabar en la del lector
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El arte procede de una imaginación creativa que trabaja duro y se divierte.
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Escribir un libro es pasarse varios días examinando e identificando árboles. Al acabarlo debes retroceder y mirar el bosque.
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(Es un poco deprimente ver cómo todo el mundo coincide en que has escrito tu mejor novela hace veinte años, pero no entraré en el tema).
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Cuando se sufre un atasco imaginativo, el aburrimiento puede ser muy aconsejable.
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algo equivocado, como en escribir virguerías en vez de contar bien la historia.
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el cerebro y la imaginación (dos cosas relacionadas pero no iguales)
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El tiempo de descanso que le concedas al libro (como cuando amasan el pan, lo dejan reposar y vuelven a amasarlo) depende exclusivamente de ti, pero considero que no debería bajar de seis semanas. […] criándose como un buen vino (o eso espero)
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Eliminar por sistema los adverbios que puedan quitarse (que nunca son todos, ni suficientes)
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Mi máxima meta es la «resonancia», algo que perdure un poco en la mente (y el corazón) del lector después de haber cerrado el libro y haberlo colocado en la estantería. […] Los mensajes, las moralejas, que se las metan donde les quepan. Yo lo que quiero es resonancia.
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y enseñar lo que he escrito a cuatro o cinco amigos íntimos que hayan demostrado buena disposición […] pero cuando me pilla en una metedura de pata lo acepto y doy gracias por tener a alguien que me diga que tengo la bragueta desabrochada antes de aparecer en público. […] Por otro lado, si resulta que sí, que has escrito una porquería (y, como autor de La rebelión de las máquinas, estoy autorizado para afirmar que es posible), ¿no prefieres enterarte por un amigo, mientras la tirada se reduzca a media docena de ejemplares fotocopiados?
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(En béisbol, si hay empate gana el corredor; en literatura, el escritor)
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casi todos los escritores son inseguros, sobre todo entre la primera y la segunda versión, cuando se abre la puerta del estudio y entra la luz del mundo exterior.
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ten presente las palabras «de fondo». Es donde le corresponde estar a la investigación: lo más al fondo que puedas ponerla.
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Mi versión mental de Tabby no suele ser tan tiquismiquis como mi esposa de verdad. Me la imagino aplaudiendo y animándome a seguir con los ojos brillantes
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Personalmente no creo mucho en las clases de escritura, pero tampoco estoy del todo en contra.
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las interrupciones y distracciones en la rutina diaria apenas perjudican a la confección de una obra, y hasta es posible que en algunos aspectos la beneficien […] A fin de cuentas, lo que hace la perla es el grano de arena que se mete en la concha de la ostra, no los seminarios de hacer perlas con otras ostras. […] La mejor manera de aprender es leyendo y escribiendo mucho, y las clases más valiosas son las que se da uno mismo. Son clases que casi siempre se imparten con la puerta del estudio cerrada.
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Puede que no aprendas los Secretos Mágicos de la Escritura (porque no hay; qué mal, ¿no?), pero seguro que disfrutas como un cosaco, y yo siempre estoy a favor de disfrutar como un cosaco.
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Escribir no es la vida, pero yo creo que puede ser una manera de volver a la vida.