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Cubierta de 'Si Rusia ganara'

Cubierta de 'Si Rusia ganara'Península

'Si Rusia ganara': la duda que esquiva Europa

Carlo Masala imagina el escenario más inquietante: no la victoria militar de Moscú, sino la quiebra de la voluntad occidental

Ucrania ha perdido. O, al menos, eso es lo que muchos en Europa creen para poder dar por terminada una guerra que se ha vuelto demasiado larga, costosa e incómoda. El frente queda congelado, Rusia conserva los territorios ocupados y en Moscú se escenifica una transición tranquilizadora: Putin se aparta, aparece un sucesor, un tecnócrata joven educado en Reino Unido, y Occidente respira paz.

Cubierta de 'Si Rusia ganara'

Traducción de Juan Estrella
Península, 2025. 189 páginas

Si Rusia ganara

Carlo Masala

Y entonces, a principios de 2028, llega la invasión de Narva.

En esa ciudad estonia pegada a la frontera rusa, hombres armados sin insignias ocupan de noche edificios administrativos y puntos estratégicos. La operación es rápida, precisa, ambigua a propósito. No hay invasión militar masiva ni declaración de guerra. Pero tampoco hay duda de que algo esencial ha cambiado: un territorio de la OTAN ha sido tomado. Y la pregunta incómoda se torna una necesidad: ¿cómo responderá Occidente? ¿Se aplicará el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte?

Ese es el escenario que Carlo Masala despliega en Si Rusia ganara, un escenario más que probable, un breve ensayo de prospectiva estratégica (también lo han llamado thriller político) que adopta la forma de un relato casi novelesco para plantear un problema estrictamente político. Masala, profesor de Política Internacional en la Universidad de la Bundeswehr de Múnich, no pretende predecir el futuro. Su objetivo es más ambicioso: obligar a pensar qué ocurriría si las certezas sobre las que descansa la seguridad europea dejaran de existir. La coyuntura internacional lo respalda.

El libro se construye como una secuencia. Primero, una guerra en Ucrania que no termina con una derrota de Rusia, sino con un alto el fuego que congela el conflicto y deja a Moscú en una posición que puede presentar como una victoria. Después, un progresivo desgaste occidental: economías en decadencia, sociedades cansadas, debates políticos cada vez más polarizados. Y, finalmente, una prueba: una incursión limitada, específicamente diseñada no para desencadenar una guerra total, sino para medir hasta qué punto la OTAN está dispuesta a sostener su compromiso de defensa.

La hipótesis de Masala es sencilla e inquietante. Rusia no necesita derrotar militarmente a Occidente para debilitarlo. Le basta con hacerles saber que el coste de enfrentársele es demasiado alto como para no entregar Narva. En ese punto, la disuasión deja de ser una cuestión de capacidades y se convierte en un problema de credibilidad, un juego de máscaras.

Ahí reside el principal acierto del libro. Masala capta con claridad que la guerra en Ucrania no es una disputa territorial, sino un conflicto sobre el funcionamiento mismo del orden de seguridad europeo. Y, sobre todo, entiende que ese orden depende menos de su potencia material que de la convicción compartida de que será defendido llegado el caso. Si esa convicción se enajena y se erosiona, la arquitectura entera comienza a resquebrajarse.

El episodio de Narva cristaliza esa idea. No importa tanto la ciudad en sí como la duda que introduce. ¿Está Estados Unidos dispuesto a arriesgar una escalada nuclear, una confrontación abierta por una ciudad estonia de pocos miles de habitantes? ¿Lo están las principales potencias europeas? Durante décadas, la respuesta se dio por supuesta. Masala obliga a contemplar que el desenlace puede ser negativo.

Esa es la advertencia más relevante del libro. Más allá del escenario concreto, que es discutible desde una perspectiva geopolítica, Si Rusia ganara plantea una cuestión demasiado incómoda para Europa: la necesidad de asumir que su seguridad no puede seguir descansando indefinidamente sobre una potencia externa. Las recientes declaraciones de Donald Trump sobre la OTAN y el discurso de Marco Rubio en Múnich a inicios de este año solo refuerzan la hipótesis del autor.

A pesar de los numerosos aciertos, el libro no está exento de limitaciones. Para hacer visible el problema, Masala tiende a simplificar el camino y, en ciertos pasajes, su prospectiva toma derroteros inverosímiles. El escenario avanza con una lógica casi demasiado ordenada: desgaste occidental, aprendizaje ruso, prueba de la OTAN, vacilación política, entrega de territorio. En la realidad, ese proceso estaría atravesado por fricciones, errores y reacciones imprevistas. También la figura de un sucesor aparentemente reformista en Moscú resulta poco convincente.

Pero estas simplificaciones no anulan su valor. Lo sitúan en el lugar que le corresponde a un libro de este género: la advertencia estratégica. Masala no describe tanto lo que ocurrirá como lo que podría ocurrir si se mantienen las inercias que Occidente ha presentado durante la guerra en Ucrania.

En ese sentido, el libro es menos interesante por su trama que por la pregunta que deja abierta. No se trata únicamente de si Rusia puede ganar una guerra, sino de si Occidente está dispuesto a sostener el coste de impedirlo, de crear la disuasión a la altura de la amenaza. Esa es una cuestión que no se decide en el campo de batalla, sino en el terreno de la voluntad política. Y Masala expresa con vehemencia que se echa en falta otro tipo de líderes y otro tamaño en las decisiones en Europa.

Y es precisamente ahí donde Si Rusia ganara es necesario. No porque ofrezca respuestas definitivas, sino porque obliga a formular con claridad una duda brutalmente actual que Europa lleva demasiado tiempo evitando: ¿y si Estados Unidos ya no nos defiende?

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