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Retrato de Miguel de Unamuno

Retrato de Miguel de UnamunoGTRES

Cuando la ‘Niebla’ difumina los límites entre la realidad y la ficción

La propuesta narrativa de Unamuno que no deja indiferente a ningún lector

La neblina del tiempo mantuvo escondido durante siete años el manuscrito de esta conocida novela unamuniana. Miguel de Unamuno, uno de los integrantes de la generación del desastre que marcó a España a comienzos del S. XX, no publicó su obra hasta 1914, momento en el que añadió tan solo unas líneas al borrador de 1907.

Cubierta de 'Niebla'

Austral (2010). 288 páginas

Niebla

Miguel de Unamuno

Dos prólogos (el de Víctor Goti y el de Unamuno) preceden a un inicio in medias res. A priori, Augusto Pérez parece un joven convencional, enamoradizo, algo perdido, un protagonista mediocre para una novela que se sabe de tanta relevancia. Su contrapunto, el primer prologuista, se presenta como amigo e interlocutor. Conversaciones sin importancia aparente pero que son en realidad el desencadenante de un itinerario narrativo que tiene poco de convencional. No resulta evidente definir la estructura de esta novela. Se pueden distinguir tres partes marcadas por los hitos vitales del protagonista o, mejor dicho, por sus etapas de reflexión de la propia vida. La última de ellas culmina en el encuentro con el que se presenta como artífice y mantenedor de la existencia del protagonista: el autor.

¿Podemos hablar de novela? Unamuno prefirió llamarla «nivola». La alteración de dos letras conlleva en realidad un nuevo subgénero narrativo. Un subgénero que se autoexplica a sí mismo, porque así lo quiso el autor de Amor y pedagogía. El doble prólogo era una advertencia; más allá de una originalidad es toda una declaración de intenciones de las ideas y objetivos literarios de Unamuno, así como una crítica a las modas y tendencias narrativas contemporáneas.

Con la mirada puesta en Cervantes y Calderón recupera el juego de perspectivas narrativas y la concepción del mundo como teatro de sueños. Cervantino y calderoniano a un tiempo, don Miguel rompe los moldes. Su tono es reflexivo y deriva incluso en existencialismo. Nuestro narrador filósofo se esconde detrás de una trama que pronto se muestra casi anecdótica, una excusa que enmarca el verdadero asunto del relato: la angustia sobre el sentido de la existencia. Una pregunta fundamental que palpita desde antiguo en los escenarios. El interés unamuniano por el teatro es innegable. De ahí su insistencia en que el escritor haga acopio de los dotes narrativos sin prescindir de la carga dramática propia del género cultivado por Calderón. El escenario siempre fue buen amigo de las cuestiones graves y las preguntas últimas. Unamuno lo quiere todo —filosofía, drama, narrativa— y hará de la «nivola» su gran aliada.

Cambia el tópico calderoniano. Para Unamuno, «la vida es niebla»; no es solo sueño: la nebulosa existencial se carga de una complejidad mayor que la distinción entre sueño o vigilia. La vida es tanto sueño como teatro. Aunque los personajes creen que son sus decisiones y acciones las que van construyendo la historia, terminarán cayendo en la cuenta de que la verdadera historia es la de su drama interno, pues la que se manifiesta externamente no depende realmente de ellos. La vida adquiere así una condición dramática, es en sí misma un drama histórico: drama por el bullir existencial de la intimidad; histórico porque tiene por protagonista el devenir del propio relato vital.

Inquieta e incluso enerva la aparente superficialidad con la que el escritor vasco parece plantear temas tan trascendentales como el sentido de la existencia. En medio de amoríos narrados de modo intencionadamente absurdo el autor hace brotar pesadas preguntas de la boca de personajes supuestamente desubicados. De esta manera, como el más profesional de los tragediógrafos, conjuga con maestría la burla con la seriedad. La gravedad parece agravarse a golpe de chanza. Y qué decir de los diálogos, elemento configurador de las piezas teatrales, y también de la «nivola»: «lo que hay es diálogo, sobre todo diálogo. La cosa es que los personajes hablen mucho aunque no digan nada».

Unamuno proclama su «no» a los lectores pasivos. Inevitablemente mueve a la actividad, al menos a la reflexiva. Inevitablemente también, el lector se planteará como propias las preguntas del protagonista. ¿Acaso no será, también él, un ente de ficción en la mente de un autor? Con razón decía Unamuno que la esencia de la nivola había de ser el diálogo. Si cumple con ello es hasta las últimas consecuencias; no descansa sin antes poner a conversar al lector con el escritor. Quien empezó abriendo un libro para leer a Unamuno, lo cierra descubriéndose en diálogo con él.

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