El tenor venezolano Jorge Puerta
Entrevista al tenor Jorge Puerta
El tenor de la Reina Sofía que triunfa en Alemania: «Timothée Chalamet quiso hacerse el guay, y le salió mal»
Jorge Puerta, el venezolano elegido por Zubin Mehta para cantar Aida en Israel regresa esta semana a España para ofrecer una de sus escasas actuaciones en el país donde se formó
El pasado diciembre, Zubin Mehta pretendía dirigir Aida con la Filarmónica de Israel, en Tel-Aviv. Pero el famoso tenor elegido en primer lugar para ello se sintió «indispuesto» ante la perspectiva de viajar a aquel país en esas fechas, y al maestro indio no le quedó más remedio que lanzar sus redes para procurarse un sustituto a la altura.
En apenas veinticuatro horas, se decidió por el venezolano Jorge Puerta, formado para la ópera en la Escuela Reina Sofía de Madrid bajo la guía de uno de los favoritos de Karajan, Francisco Araiza. Estos días, Puerta triunfa en Alemania, mientras el mercado norteamericano se le abre de par en par. En España, como siempre, toca esperar a que lo bendigan antes otros santos, aunque en lo que aguarda (sin sentarse, que no le da la agenda para acomodos), el próximo viernes, ofrecerá un recital en Aranjuez.
–Tanto lío y al final tampoco el maestro Mehta pudo acudir a Tel-Aviv. Aunque la Aida sí se dio con un antiguo alumno de Riccardo Muti, y usted triunfó. Cuente…
–Fue realmente una experiencia maravillosa. Hicimos siete conciertos de Aida entre Tel-Aviv y Haifa. Al maestro Mehta no lo vimos, porque al final tuvo que cancelar por enfermedad, pero estuvo siempre muy pendiente, nos envió bonitos mensajes de apoyo.
El concertino de la Filarmónica de Israel me hizo el mejor elogio que he recibido hasta ahora, cuando me dijo que mi voz sonaba como un Stradivarius
–¿Y cómo resultó la experiencia? Al menos escaparon a las bombas de estos días…
–Cierto, aunque mi principal preocupación al llegar consistió en identificar los refugios, por si pasaba algo. Pero afortunadamente todo fue bien. Están muy preparados. Me contaron que, en una ocasión, con Zubin Mehta, mientras la orquesta aún afinaba sonó una alarma. El concierto no empezó, la gente se retiró de la sala, pero en cuanto se escucharon las detonaciones de las baterías antimisiles, y volvió a hacerse el silencio, la gente regresó como si nada y la música ya pudo comenzar. Allí viven cada momento como si pudiera ser el último, disfrutando de cada instante.
–Y usted, en particular, ¿conectó bien con la gloriosa Filarmónica de Israel, de las mejores del mundo?
–El sonido de esta orquesta es espectacular, lo que además te permite realizar una serie de colores con la voz que nunca hubiese ni siquiera intentado de otro modo. Su concertino me hizo el mejor elogio que he recibido hasta ahora, cuando me dijo que mi voz sonaba como un Stradivarius. «Y créeme, yo toco uno», afirmó señalando su instrumento.
–Pero su base se encuentra en Alemania, donde ya ha cantado con éxito en los templos de la Deutscheoper de Berlín y la Semperoper de Dresde. En lo que ahora viaja a Madrid, tiene funciones de La fanciulla del west, en Essen, donde además interpretará su primer Otello. ¿Qué les ofrece Alemania a los jóvenes cantantes, que tantos empiezan sus carreras allí?
–Las mejores oportunidades de trabajo para empezar. Tienen 88 teatros, de todo tipo, así que las posibilidades para desarrollarse son ideales. Si entras a formar parte del conjunto de unos de esos lugares, te sirve para cantar de todo, lo cual puede resultar muy beneficioso durante la formación. Y a mí me sirvió, además, para que me contratasen en dos de las plazas principales, Berlín y Dresde.
Como otros en Hispanoamérica, yo me inicié cantando rancheras, boleros, música tradicional de mi país...
–Usted se inició en el pop, igual que Juan Diego Flórez. ¿Cómo le dio por la ópera? A lo mejor podría haber sido el nuevo Luis Miguel…
–Como otros en Hispanoamérica, yo me inicié en el pop, sí, cantando rancheras, boleros, música tradicional de mi país… Llegué a grabar incluso un par de viejos discos, en los que apenas me reconozco. Pero un día, por casualidad, fui al conservatorio, alguien me escuchó, comencé a probar y ya me quedé enganchado a la ópera para siempre. Lo cual no resultó fácil porque en ese tiempo yo no tenía más de cuatro notas, así que hubo que construir el instrumento.
–Hubo un gran artista popular venezolano, Alfredo Sadel, que tras una magnífica carrera decidió empezar en la ópera. Y no le fue tan mal, aunque ganara menos. ¿Podría ser su modelo?
–Y sus primeros aficionados se lo echaron en cara… pero a Sadel esta nueva faceta le llenaba tanto que no le importó. Conozco a su familia, tengo relación con su hija, que precisamente vive en España, y compartimos un par de cosas: Sadel y yo hemos sido los primeros venezolanos en cantar en el Teatro Colón, lo mismo que en Saint Gallen, un teatro centroeuropeo muy querido por él. En cierto sentido, ahora también me ocupo de reivindicar la figura de Sadel, para que mis compatriotas más jóvenes no crean que es solo el nombre de una plaza en su país.
El escenario no es lugar para pensar en la técnica, ahí hay que darlo todo
–De ese modo de cantar lo popular, en los casos más significativos, los tenores hispanoamericanos parecen conservar el instinto por transmitir la emoción más pura y cristalina, sobre todo cuando se aplica al belcanto… En eso se parecen a sus hermanos canarios…
–Hay modos distintos de cantar, por supuesto. De los alemanes se destacada siempre su precisión, por ejemplo. Pero los hispanoamericanos aportamos otra cosa, nuestro timbre, un toque especial, que tiene que ver con el cuidado de la expresión, la pasión por la palabra, comunicar de la manera más diáfana y directa las emociones que van implícitas en la música. Al menos yo lo procuro en mi caso.
–Usted, entonces, es un seguidor del gran Giuseppe Di Stefano, cuando afirmaba que a la hora de cantar él no veía notas, sino palabras…
–Sí, eso es, o al menos así funciona para mí. Cuando canto te amo, intento poner toda la pasión en ello, es algo que los hispanoamericanos llevamos en las venas. Lo cual no quiere decir que se desprecie la técnica, esa es la base, y a mí me sirve específicamente cuando estoy enfermo: es de lo que tiras cuando no hay nada más, pero a partir de ahí, una vez dominado el instrumento, lo esencial es interpretar. El escenario no es lugar para pensar en la técnica, ahí hay que darlo todo.
Yo creo en la modernidad, pero en una modernidad inteligente, que no vulnere el espíritu de la obra
–Pero cantar, lo que se dice cantar, hoy se lleva poco… parece que a los teatros los que les pone de verdad son los escándalos que promueven ciertas puestas en escena, el elemento primordial de la ópera estos días…
–Desde luego, pero creo que estamos llegando a un punto en el cual no solo nosotros, también el público se está cansando ya de muchas de estas propuestas. Hoy si una puesta en escena no se abuchea parece un fracaso. Y créame, no hay nada más desagradable, aunque eso pueda tocarles solo a los compañeros, que salir ahí y escuchar protestas. En la ópera, la línea entre lo sublime y lo ridículo, u ofensivo, es muy tenue, y hoy cada vez se traspasa con mayor frecuencia.
–Entonces, ¿prefiere propuestas menos «arriesgadas»?
–Yo creo en la modernidad, pero en una modernidad inteligente, que no vulnere el espíritu de la obra. He cantado muchas funciones de Turandot, y en una ya no es que no hubiera beso… tenía que arrojar a Turandot directamente al suelo y violarla. Un espanto. En cambio, fue maravilloso poder cantar esta ópera en la producción clásica del Colón de Buenos Aires, con esos decorados y el vestuario pesado. Tengo amigos que vinieron por primera vez y salieron cautivados.
En Berlín tuve que cantar el Radamés de Aida como si fuera un psicótico, atemorizado desde que sale a escena por el sonido de las trompetas
–Quizá sus amigos no estén de acuerdo con el actor Timothée Chalamet, según el cual esto de la ópera es una antigualla…
–Quiso hacerse el guay y le salió mal, ni siquiera consiguió el Oscar por la gresca que se montó en su contra. Y fíjese, yo ni siquiera reconozco que la ópera tenga un problema de público, desde luego nunca cuando las cosas se hacen bien. En Buenos Aires, todas las funciones de Turandot estuvieron llenas, y no creo que se realizara una gran promoción. Sencillamente, cuando lo que se ofrece es de la mayor calidad, la gente acude sin necesidad de otros esfuerzos.
–¿Qué responsabilidad tienen los cantantes al aceptar exhibirse en determinadas producciones?
–Cuando vas a debutar un rol, dices, ojalá me toque una buena producción… Pero si luego resulta una porquería te resignas porque al menos puedes salir con el personaje rodado. En Berlín tuve que cantar el Radamés de Aida como si fuera un psicótico, atemorizado desde que sale a escena por el sonido de las trompetas, cuando Verdi escribió el aria para mostrar precisamente todo lo contrario, su heroísmo. ¿A dónde nos lleva lo otro? Pero al final, para los profesionales, todo se reduce a tener trabajo o no. Esa es la verdadera cuestión. Y la competencia hoy resulta cada vez más grande, así que no todo el mundo puede permitirse elegir.
Como hay muchas sopranos, se permiten elegir a las más guapas, o a las que tienen más seguidores, cuando a veces estas no cantan un carajo
–Usted no pasa desapercibido en escena, con su porte de gigantón caribeño. La imagen cada vez cuenta más en la ópera, ¿alguna vez ha tenido algún tipo de problema?
–Solo una vez, pero ni siquiera llegó a plantearse. Un famoso director de escena dijo que no quería trabajar conmigo, antes siquiera de conocerme, por la imagen que tenía de mí. Afortunadamente el teatro me respaldaba, pero después fui yo el que tuvo que cancelar esa producción por otros motivos. Así que ni siquiera llegamos a coincidir. Reconozco que soy un tipo grande, mido casi dos metros, pero me preparo a conciencia para realizar todos los movimientos que sean necesarios en escena, por ese lado no hay problema.
–Y además no tiene que mostrarse en biquini, como ahora hacen muchas sopranos en sus redes sociales, que parecen concursos de belleza…
–Cierto, hoy el problema con la imagen lo tienen sobre todo las chicas: como hay muchas sopranos, se permiten elegir a las más guapas, o a las que tienen más seguidores, cuando a veces estas no cantan un carajo. Pero bueno, esa es la responsabilidad de los directores artísticos: si prefieren el márketing sobre la calidad ellos sabrán, pero no crean que así van a engañar al público.
España es una espinita que tengo clavada, porque, si bien ya he cantado algunas cosas, como mi primera zarzuela en Málaga o una 'Aida' en La Coruña, aún no he logrado debutar en los principales teatros
–Usted, una vez abandonada Venezuela, se formó básicamente en España, en la Escuela Reina Sofía, y apenas se le ha escuchado aquí. No tendremos tantos teatros como en Alemania, pero aun así salen unos cuantos… ¿No le duele que no cuenten con usted, cuando apenas hay tenores de su tipo, con un repertorio de gran peso ideal para Verdi, Puccini, los veristas?
–España es una espinita que tengo clavada, porque, si bien ya he cantado algunas cosas, como mi primera zarzuela en Málaga o una Aida en La Coruña, aún no he logrado debutar en los principales teatros: Real, Liceo, Maestranza, Les Arts, … Ahora, con mis nuevos agentes, espero que la relación sea más fluida. En el Real intervine en un concierto, cantando Nessun dorma, y aún espero desde entonces que se concrete algún compromiso importante.
–Y en el Teatro de la Zarzuela, ahora que llaman allí hasta a cantantes italianos, ¿no le han ofrecido algo?
–Con la Zarzuela me ocurre otro tanto. Tengo buena relación con su director musical, Pérez Sierra, pero de momento aún no me han llamado para nada. Espero que eso cambie pronto porque tengo muchas ganas de cantar ahí.
–Afortunadamente para usted el mundo es vasto… Ha cantado hasta en el Colón de Buenos Aires, uno de los más bellos, el más importante de Hispanoamérica, y ahora se le abren las puertas de EE UU, ¿no?
–Canté Turandot en el Colón, que es un teatro increíble, y pronto iré Norteamérica. Voy a debutar en Dallas, de nuevo con la ópera de Puccini, junto a una gran soprano actual, Anna Pirozzi, y después iré a Atlanta para interpretar Tosca. En el Met ya me conocen, estuve a punto de sustituir a Piotr Beczala en Aida, y me trataron genial, así que ahora que otros teatros de allí se han fijado en mí quizá pueda servir para hacer un debut en toda regla. De hecho, ya han dicho que vendrán a escucharme en esos otros lugares.
Cuando empecé, mis maestros se empeñaban en que no saliera. Lo hacen con todos los jóvenes por una razón egoísta: mantener cautivos a los estudiantes para asegurarse influencia y trabajo
–Por Madrid, pasó más brevemente de lo que hubiera sido aconsejable su gran maestro, Francisco Araiza. ¿Cómo resultó ese encuentro con una gloria reciente de la lírica?
–Conocer a Araiza en la Escuela Reina Sofía fue una bendición de Dios. Siendo uno de los últimos grandes tenores históricos de la época dorada, lo que puede transmitir, en todos los sentidos, tanto a nivel técnico como interpretativo, y por sus propias vivencias, que hubiese elegido apadrinarme de forma desinteresada es algo por lo que nunca podré recompensarle de modo suficiente. Por eso trato de devolverle al mundo algo de su generosidad, que va más allá de lo que aprendí con él, aquí en Madrid. Ahora mismo me surge una duda, lo llamo y está siempre para mí. Hemos forjado una relación como antes él solo había establecido con Javier Camarena.
–¿Y en qué consistiría su propio legado?
–Deseo devolverle a mi gente de Venezuela algo de lo que me ha sido dado estos años, y que no recibí allá. Cuando empecé, mis maestros se empeñaban en que no saliera. Lo hacen con todos los jóvenes por una razón egoísta: mantener cautivos a los estudiantes para asegurarse influencia y trabajo. En cambio, yo pensaba lo contrario. Hay que volar en libertad para cumplir los sueños, donde se pueda; en mi caso, aquí en Europa. Por eso, ahora, cuando regrese allí para debutar por primera vez en la ópera de mi país, pienso buscar la complicidad de los chicos que empiezan y explicarles todo aquello que nadie les va a contar.
En la ópera de hoy, la voz representa como mucho un 5 %. Y eso lamentablemente nadie te lo explica
–Ese secreto del que nadie apenas habla y según el cual la voz, casi siempre, es lo de menos…
–En la ópera de hoy, la voz representa como mucho un 5 %. Y eso lamentablemente nadie te lo explica. Llegar a la cima, o simplemente trabajar, consiste en un esfuerzo sostenido que muchas veces tiene mucho más que ver con la elección de un agente, las relaciones públicas, el contacto frecuente con los teatros, … Tareas a menudo ingratas, pero que cuentan más que el talento. En Venezuela, ahora mismo, talento hay de sobra: das una patada y aparecen mil cantantes jóvenes, pero hay que enseñarles lo otro, lo esencial para poder desarrollar una carrera.
–¿Y cómo aprecia los cambios surgidos en Venezuela, se puede hablar con libertad?
–Yo me enfoco solo en lo meramente artístico. Que la situación en mi país es muy difícil no parece ninguna novedad. Pero lo que toca ahora es trabajar entre todos, apostar por el futuro, en cualquier lugar donde uno pueda encontrarse, para que la cosa pueda mejorar.
–Ojalá… por cierto, ¿qué se dispone a cantar, esta próxima semana, en Aranjuez (Centro Farnesio, 20h)?
–Será un repaso de mi carrera desde los inicios, con las dos vertientes. Habrá un lugar muy destacado para la ópera, pero también para la canción popular latinoamericana, los autores de siempre, que nosotros podemos interpretar dándole esa carta de naturaleza de verdad, conectándola con algo muy profundo pero a la vez cercano. Nada que ver con lo que Pavarotti hacía cuando cantaba Granada, ¡algo terrible!