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Baruch Spinoza, autor del 'Tratado teológico-político'

Baruch Spinoza, autor del 'Tratado teológico-político'El Debate (asistido por IA)

Filosofía para todos

Quejarse de todo, aunque no sirva de nada: el filósofo que consagra el «derecho al pataleo»

Baruch Spinoza defendió la libertad de conciencia y de expresión, pero con unos límites bastante paradójicos

No son pocas las ocasiones en las que, ante un acontecimiento que nos parece injusto, solo nos queda la queja inútil. El famoso «derecho al pataleo» que tantas veces se pone en práctica cuando una cita médica se retrasa indefinidamente, nos multan por pasarnos un minuto en el parquímetro o la declaración de la renta nos vuelve a salir a pagar, por ejemplo.

Al menos, eso sí, podemos quejarnos. Lo mismo que cuando no nos gusta una acción del Gobierno y la criticamos en casa, en la barra de un bar o en una columna de opinión. La libertad de conciencia y de expresión es uno de los pilares de la democracia moderna. Sin embargo, puede generar suspicacia si dicho poder se limita a ese simple pataleo sin capacidad efectiva de cambiar las cosas.

Este delicado equilibrio entre soberanía, respeto a la ley y derechos entronca con los orígenes del contractualismo y nos lleva hasta el Tratado teológico-político de Baruch Spinoza. Esta obra, publicada en Holanda de forma anónima y con todas las precauciones en 1670, fue vista como un peligro para la religión y el Estado, atacada y prohibida poco después.

Su último capítulo es reconocido como uno de los grandes textos en defensa de la libertad de expresión. El Estado debe «conceder a cada uno pensar lo que quiera y decir lo que piensa», afirmará el autor. Pero, al mismo tiempo, deja claro que eso no impide que solo quienes ostentan el poder «tienen el derecho de discernir qué es lo justo y lo injusto, y qué lo piadoso y lo impío».

Una libertad innegable

En su Tratado, Spinoza defiende en buena medida el contractualismo y considera que la «suprema potestad», el poder político, solo se mantiene gracias a la renuncia de cada individuo «al derecho de actuar por propia decisión», dejando «todo poder de decisión en manos de todos, o de algunos, o de uno», dependiendo de la forma de gobierno, siguiendo el esquema clásico de Aristóteles y apostando en su texto por la democracia.

Sin embargo, esa renuncia a la acción no implica no poder «razonar y juzgar». Explica el filósofo que el verdadero fin del Estado es la libertad y, por lo tanto, «no es convertir a los hombres de seres racionales en bestias o autómatas». Además, es imposible prohibir a un hombre pensar libremente, aunque no lo exprese en voz alta.

Por eso, no tiene ningún sentido perseguir y oprimir a aquellos que opinan algo diferente a lo establecido por la «suprema potestad». Eso sí, una vez más se incluye un matiz fundamental: «Si es imposible quitar totalmente esta libertad a los súbditos, sería perniciosísimo concedérsela sin límite alguno».

Criticar, pero acatar

Por lo tanto, qué propone grandes rasgos Spinoza: el Estado debe permitir la libertad de conciencia y de expresión del pueblo, pero este tiene que acatar las leyes promulgadas por el poder y no hacer nada en la práctica contra ellas, más allá de un limitadísimo debate racional. Un derecho al pataleo en toda regla, e incluso menos si consideramos ese enfado como un ataque de «ira y odio», algo que condena el autor.

El filósofo explica que cualquiera puede «hablar y enseñar» contra cualquier decreto de las potestades supremas siempre que «se limite exclusivamente a defenderlo con la simple razón» y no pretenda «introducir, por la autoridad de su decisión, algo nuevo en el Estado». Es decir, su capacidad de acción se limita a «someter su opinión al juicio de la suprema potestad» con la esperanza de que pueda producirse el cambio.

Eso sí, mientras tanto no debe «hacer nada contra lo que dicha ley prescribe», o será considerado «un perturbador declarado y un rebelde». El moderno pensamiento de Spinoza en términos de libertad de conciencia entra en una evidente tensión con una postura mucho más restrictiva de la necesidad de un poder fuerte.

Haciendo una analogía con nuestro tiempo, los postulados de Spinoza consolidarían la libertad de expresión, pero dejarían en el aire otros derechos, como la objeción de conciencia o, incluso, el de manifestarse pacíficamente. Nos quedaría, como muchas veces pasa, el pataleo.

Pese a todo, para el holandés esa crítica racional no es un mero ejercicio de resignación, sino una necesidad filosófica para que el Estado sea mejor. No perdamos, por lo tanto, esas ganas de «quejarnos» en aras del bien común, aunque pensemos que no sirve para nada.

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