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César Wonenburger
Historias de la músicaCésar Wonenburger

La Scala reivindica su prioridad nacional

El gran templo internacional de la lírica promueve a los más conocidos compositores italianos, algo que propone el polémico nuevo código artístico de Meloni junto a mejoras salariales para los profesionales y entradas más baratas en la ópera

La Scala de Milán celebró este lunes el 80 aniversario de su renacer

La Scala de Milán durante la celebración del 80 aniversario de su renacerEFE

El año pasado, por San Ambrosio, durante la apertura de la temporada de La Scala de Milán confluyeron ante las mismas puertas del gran centro italiano de la lírica varias manifestaciones. Junto a la ya tradicional que reivindica el derecho de los de los palestinos a vivir libremente en Gaza, hubo esta vez otra quizá más llamativa. La de miembros de algunos de los sindicatos de trabajadores de la cultura de ese país, que se oponían al nuevo código de las artes que propone el gobierno de Giorgia Meloni.

Entre las medidas que causaron el estupor y la rabia de estos representantes sindicales, una de las principales se dispone a mejorar las condiciones económicas de los artistas al reconocer algo que hasta ahora no se había logrado: que los cantantes y, en algunos casos, los músicos de las orquestas reciban una compensación económica por el tiempo que consagran a los ensayos, y no cobren solo si llegan a actuar. Es decir, que se considere la duración real de su trabajo en el salario.

Los manifestantes trataron de impedir el estreno de temporada en La Scala de Milán

Los manifestantes trataron de impedir el estreno de temporada en La Scala de MilánEFE

Otra más tiene que ver con la regulación de los frecuentes déficits en los que suelen incurrir los gestores de los teatros italianos. Los que ahora no manejen con propiedad los fondos que se les asignen (con mucha mayor generosidad que en España) los distintos presupuestos de las administraciones públicas podrán ser clausurados temporalmente.

Se pretende, además, reformar la política de los precios de las entradas, con la obligación para los teatros de reservar un número determinado de localidades a un coste para el usuario que garantice el acceso para todo el mundo (no solo los consabidos descuentos para mayores o jóvenes).

Y, por último, en lo que respecta a las programaciones, se pone en valor la necesidad de que el repertorio italiano, basado en las obras de autores como Rossini, Donizetti, Verdi y Puccini ocupe el lugar central de éstas, sin dejar por ello de ofrecer nuevos títulos o de otros autores del pasado.

Un código que habría complacido a Stalin

Stalin podría haber firmado perfectamente este programa, que en cambio a la izquierda actual no parece servirle. ¿Qué representa la mejora de las condiciones laborales de los artistas, la reivindicación de la eficiente gestión de los teatros públicos para garantizar su supervivencia, o que se pueda intervenir sobre los tantas veces abusivos precios de las entradas para evitar que los mismos se conviertan en cotos privilegiados de la élite económica, social y política, frente a la posibilidad de que se tengan en cuenta los gustos mayoritarios del público, para que se puedan escuchar en su justa medida las óperas de los autores más reconocidos?

Porque esta última propuesta, que en realidad se ofrece como una recomendación, parece ser la que ha enervado más a los sindicatos. Las nuevas conquistas salariales, o que se propicien rebajas en las localidades para que la gente vuelva a llenar los teatros, no son nada ante el descabellado intento de Meloni y sus huestes por intervenir directamente en las decisiones artísticas de estos entes públicos al señalar una línea para la programación que, en teoría, los despojaría de su libertad para proponer sus propias decisiones sin cortapisas, recomendaciones ni, llegado el caso, amenazas de recortes.

Lo que nadie ha apuntado es que lo uno está estrechamente vinculado con lo otro. Es decir, que si lo que se pretende es una más eficaz gestión de estos teatros para que eviten su posible cierre, porque los fondos para la cultura seguramente experimentarán recortes en los próximos años (Europa va a necesitar más recursos para armarse, por ejemplo, contra Rusia si los drones de Putin siguen fluyendo desde Rumanía hacia los patios más prósperos de la comunidad), lo lógico sería adecuar la oferta a la demanda.

Sentido común para mejorar la taquilla

¿Y en la ópera cómo se logra eso? Fundamentalmente, recurriendo al repertorio, los títulos de toda la vida. Digan lo que digan, por un aficionado que desea que le programen Lulu de Berg existen más de mil, y entre ellos algunos nuevos, de los que acuden por primera vez a un teatro, que desearán poder disfrutar de una buena representación de Rigoletto incluso si no se dan todas las condiciones ideales en cuanto a cantantes escogidos, director musical y puesta en escena.

¿Resulta por ello la propuesta de Meloni una muestra más de su populismo o ignorancia? En principio, no lo parece. La reivindicación de autores como Rossini, Bellini, Donizetti, Verdi o Puccini, más allá de la evocación del glorioso pasado de una Italia que en casi todos los casos ni siquiera existía entonces propiamente como estado unificado, obedecería a un puro sentido pragmático, el que resulta de un análisis de la menguante taquilla.

La Scala acaba de presentar su programación para la nueva temporada 26/27 este pasado viernes. Desde luego, no resulta particularmente atractiva en su conjunto. Pero eso no se debe tanto a la elección de las propias obras como a cuestiones que tienen que ver a veces, por ejemplo, con los repartos escogidos. Viena, por ejemplo, le da un gran repaso en ese sentido al reivindicarse otra vez como el lugar donde se presentan las «estrellas».

Sin embargo, a la hora de ofrecer un juicioso equilibrio entre lo de siempre y la novedad, el coliseo italiano no se ha olvidado de sus esencias. De los doce títulos seleccionados, la mitad pertenecen a los más conocidos «de casa»: Verdi (Otello y Macbeth), Puccini (La Bohème), Rossini (El barbero de Sevilla), Bellini (I Puritani) y Donizetti (Anna Bolena), o sea, las recomendaciones del nuevo código meloniano.

En el resto se apreciarán desde lo más frecuente de Purcell (Dido y Eneas) y Mozart (Don Giovanni), hasta novedades rescatadas del desván (la Leonora de Päer o el Don Quijote de Massenet) y otras más actuales como el Rake’s Progress de Stravinski o Nixon en China del compositor norteamericano, aún vivo y trabajando estos días en sus nuevas creaciones, John Adams, un clásico de nuestro tiempo.

Quizá los elencos, así como varias de las puestas en escena, no inviten al común regocijo (por cierto, la única presencia española se limita a la Musetta que cantará la soprano Sarah Blanch). Pero lo que no se puede obviar es que La Scala se toma muy en serio el hecho de sumar al mayor número de artistas italianos disponibles, algo que a lo mejor también molesta a los sindicatos, siempre preocupados por garantizar sobre todo la excelencia y mostrarse cosmopolitas, en su singular batalla contra la mandataria italiana.

Batutas, directores y cantantes italianos

Sin dejar de lado a varias batutas de gran lustre como Myung-Whun Chung, nuevo responsable musical del coliseo, o Kent Nagano (increíble que al titular de la ONE ningún teatro español le haya ofrecido nada), resultaría un despropósito no contar, entre los directores, con maestros de la talla de Riccardo Chailly o Fabio Luisi. Pero además llevan a cabo una apuesta decidida por las batutas emergentes de esa nación: Francesco Ivan Ciampa, Giulio Cilona y Gianluca Capuano.

También les confieren el máximo protagonismo a sus directores de escena: el omnipresente Michieletto (más allá de que su prestigio sea infundado) se hará cargo de la renovada puesta en escena de Otello además de Don Quijote. La hija de Muti, Chiara, propone una nueva Anna Bolena, el experimentado Davide Livermore se encargará de I Puritani y Daniel Meneghin (quién sabe si será familiar de aquel gran fullero de los pívots italianos) se ocupará esta vez de redescubrir los probables encantos de Leonora.

La presencia de cantantes italianos resulta abrumadora, prácticamente casi en todas las producciones. El barítono Luca Salsi encabeza las nuevas producciones de Otello y Macbeth; la alumna predilecta de Mariella Devia, la estupenda Gilda Fiume, cantará funciones de I Puritani; Alex Esposito será Don Quijote; Rafaella Lupinacci podrá brillar en Anna Bolena, y todo el reparto de Leonora lo ocuparán alumnos de la propia escuela formativa del Piermarini.

Sin dejar de lado a Robert Mantegna, Chiara Amarú, Francesco Meli, Antonio Poli, Eleonora Buratto, Davide Luciano, Luca Micheletti, la ascendente Analisa Bartoli o incluso el veterano Roberto Frontali, entre otros muchos más, tanto en roles destacados como en los secundarios.

Quizá sea la manera más natural de aplicar allí algo parecido a lo que algunos, más cerca, denominan «prioridad nacional».

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