Fundado en 1910
César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

La nueva Ingrid Bergman es Ester Expósito

Influencers y actores se pelean mientras se aproxima su desaparición y el nuevo hombre se muestra encantado de no tener relaciones, como en la aclamada «Proyecto Salvación», mientras en EE UU recetan optimismo y Pedro Sánchez encuentra sus brotes verdes en la restauración

Ester Expósito  y  Kylian Mbappe este miércoles en Madrid 


******EXCLUSIVE**********

Ester Expósito y Kylian Mbappe este miércoles en MadridGTRES

La última edición del Festival de Cine de Málaga trajo una entretenida polémica entre actores e influencers. La convivencia entre ambos resulta solo feliz cuando el intérprete de turno, en plena promoción de su película, serie o documental acude presuroso a alguno de los podcasts de los segundos para hablar de lo urgente, bueno e imprescindible que es lo suyo. El intercambio, beneficioso para las partes, no admite reparos.

Ahí poco les importa si el improvisado entrevistador, que maneja un par de tópicos mezclados entre las bromas, no tiene ni idea de quién fue John Ford o Anna Magnani, siempre que ellos salgan debidamente favorecidos mediante ese par de chascarrillos o calculadas revelaciones que les sirvan luego para alimentar sus redes.

Pero las hostilidades han estallado cuando, siguiendo la cortesía, son las estrellas del cine quienes deben invitar a sus saraos. La alfombra roja de los certámenes cinematográficos, hasta hace nada, eran el coto privado de los protagonistas de las películas, más algunas modelos puestas ahí para adornar.

Y ahora, con gran escándalo, resulta que los organizadores se animan a prescindir de algunos artistas relevantes para situar en este espacio privilegiado, el que otorga la máxima visibilidad por encima incluso de las películas, precisamente a quienes más tienen de eso en estos días, los influencers.

Tampoco debiera parecerles cosa tan extraña. Los castings, esas pruebas en las que antes se medía el talento o adecuación de un actor para un determinado papel, han sido sustituidos en muchos más casos de lo que se cree por la mera exhibición de los seguidores. Lo relevante aquí son los números, el nivel de compromiso (engagement, lo llaman) o fidelidad que cada uno pueda demostrar en sus redes sociales con sus fans. Ese es el salvoconducto fundamental para trabajar ahora en el mundo del espectáculo.

Con lo cual, la Ingmar Bergman local de nuestro tiempo es Ester Expósito: los veinte millones de cotillas pendientes de su último flirteo con Mbappé seguramente representen un espaldarazo más importante que diez cursos seguidos en el Actor’s studio: no hay más «método» estos días que petarlo en TikTok, y un buen perreo o bikinazo sustituye al poder enigmático de la mirada más inquietante, sutil o perturbadora.

Pero, en realidad, ¿esto no funcionó siempre así, de una u otra manera? Cuando los ayudantes de Billy Wilder se desesperaban al ver que Marilyn Monroe no era capaz de clavar una diálogo ni aunque colocaran sus réplicas estratégicamente camufladas entre el decorado, para que ella solo tuviera que leerlas, el director les advertía: «Sin duda mi tía de Viena lo haría mucho mejor, pero ¿quién va a comprar una entrada para ver a mi tía?».

Norman Mailer, en «Un arte espectral», se interrogaba hace ya unos cuantos años sobre estas cuestiones: «¿Dónde estaría realmente Inglaterra hoy sin Shakespeare? ¿O Irlanda sin James Joyce o Yeats? Si preguntan ustedes quién tiene ese tipo de influencia hoy en Norteamérica, yo diría Madonna». Y la cosa, desde entonces, no ha hecho más que empeorar.

En España, un tal Plex, un influencer que vive divinamente de publicitarse como trotamundos, supone para las marcas un atractivo comercial al menos parejo al de su reciente novia, la más popular de las jóvenes cantantes, Aitana. No hay más lógica que la del mercado.

Aitana y Plex

Aitana y PlexEuropa Press

Por eso cuando unos y otros sean remplazados por la IA, tampoco sonará un Réquiem. Dicen que para entonces los más exquisitos se distinguirán del resto por su capacidad de emocionarse todavía con Marlon Brando, durante el monólogo de Marco Antonio, en la adaptación que el gran Mankiewicz realizó del Julio César de Shakespeare para la gran pantalla.

Bueno, de estos también ha habido siempre, aunque casi nadie repare bien en ellos: esas grandes minorías que, como los cristianos en las catacumbas mantienen viva la esperanza, conservan sus limitadas parcelas y, hasta a veces, quien sabe cultivarlas se supone que gana algo con ello.

Más difícil seguramente lo tendrán quienes se obstinen en competir con la nueva maquinita en el ámbito de la imaginación: crear será, dentro de muy poco, una suerte de extravagancia propia de excéntricos o irresponsables, incluso más que nunca.

O quizá se manifieste como una manera de resistencia con cierto aroma nostálgico por épocas vencidas en las que se practicaban otras rebeldías o insumisiones, contra el tiempo y los detalles.

Al final, como acaba de afirmar Éric Sadin, en estas próximas décadas se exacerbarán las diferencias: “Habrá héroes cotidianos (los creadores humanos, para él) y esclavos de su propia pereza (el resto)". Pero ¿aún existirán quienes sean capaces de reconocer las heroicidades?

El hombre sin relaciones llega para quedarse

Las generalizaciones solo sirven casi siempre para cultivar el tópico, que suele perpetuar viejos prejuicios. Lo mismo sucede con las estadísticas, a menudo concebidas para intentar encaminar a la opinión pública mansamente hacia este u otro establo. Lo cual no quiere decir que la coincidencia de algunos datos, revelaciones o indicios, cuando se establecen las oportunas conexiones entre ellos, permitan extraer algunas conclusiones, observaciones interesantes.

Una reciente encuesta de un medio norteamericano señala que hasta el 47% de los miembros de la generación Z, de ese país, no ha tenido nunca relaciones sexuales. Y alguno dirá que no pasa nada por ello. Ya llegarán incluso a eso.

Tienen tiempo, desde luego, o eso se figuran. Pueden esperar al menos hasta después de los 50, dado que ahora se proclama que esa es la edad a partir de la cual se está experimentando un renacimiento o auge de los sentidos en las sociedades modernas: los bailes del Imserso y el «tardeo», haber sustituido las noches por esas copas que prolongan la sobremesa y evitan el tedio de tener que aguardar hasta que aparezca la luna cómplice del deseo (salvo que los de la nave Artemis II descubran ahora otra cosa) facilitan el trámite.

Lo que el estudio no refleja es otra tendencia en auge. Sí, quizá estos chicos Z no procuren la búsqueda del amor carnal con otras personas. Pero, en cambio, sin salir de EE.UU, se observa un fenómeno inquietante que no deja de crecer, el de los llamados gooners.

Estos jóvenes, así denominados, deciden permanecer recluidos en sus «cuevas», como llaman a sus habitaciones, mientras se entregan con fruición a las artes cuyo origen se ha atribuido maliciosamente a Onán, aquel hijo de Judá que, como recoge el mismísimo Génesis, desperdició su propio semen en una jugada para no tener que fecundar a la mujer de su hermano.

Los gooners, enclaustrados entre posters de mujeres desnudas y una profusión de pantallas, matan las horas compartiendo, a través de las redes, la misma pornografía a la que han tenido acceso sin trabas desde la infancia. Pero, además, mientras trafican entre ellos con cachitos de imágenes debidamente editadas como los vídeos tiktokeros, compiten al mismo tiempo por derramar en la soledad de sus tugurios su propia simiente, o retenerla (como otros dicen que hizo Omán), en torneos que pueden durar varios días.

Es decir, que entre esos chicos que nunca han acompañado al cine a Greta Thumberg, como le proponía el salaz Donald Trump a esta chiquilla por ver de atemperar su agrio carácter, y los que deciden exhibir sus propias urgencias mediante el alivio compartido, va a resultar que las nuevas generaciones de estadounidenses se estén preparando a conciencia para dejar al mundo libre de su huella, en un futuro próximo.

Donald Trump en rueda de prensa

Donald Trump en rueda de prensa

No es ninguna broma. El asunto ha preocupado hasta a insignes recientes pensadores, como Zygmunt Bauman, fallecido en 2017. En Identidad, él mismo comentaba que «después del ‘hombre sin atributos’ de Robert Musil llegó nuestro hombre sin relaciones». Acertó.

El nuevo Robinson, encantado de su naufragio

Las ficciones audiovisuales, a veces el auténtico pulso de nuestro tiempo, ya están reflejando de la manera más cotidiana lo que también preocupaba a Erich Fromm, cuando afirmó que en sociedades «sin verdadera humildad, valentía, fe y disciplina, llegar a ser capaces de amar seguirá siendo una rareza».

Estos días también triunfa en los cines españoles, de modo muy particular entre los jóvenes, Proyecto Salvación, una buena película que ganaría aún más recortándole media hora.

Todo el mundo ha resaltado en ella las similitudes con filmes como ET, Encuentros en la tercera fase, Interstellar y, sobre todo, El marciano, inspirada en otra novela del mismo escritor norteamericano, Ryland Grace. La verdad es que resulta entretenida, más allá de las explicaciones pseudocientíficas, pero lo más interesante, para mí, es lo que nadie ha comentado (al menos yo no he leído nada al respecto).

El protagonista, aquí un estupendo Ryan Gosling, es un tipo, profesor de escuela, sin ningún vínculo afectivo en su vida personal. Elegido para cumplir una delicada misión por miembros de la Nasa, o algo parecido, su destino parece inquietarlo, no tanto por lo que se refiere a sus inexistentes lazos familiares o sentimentales, como por la posibilidad de dejar de disfrutar de su propia existencia, de la que poco se sabe más allá de su apasionada relación con la enseñanza.

Ryan Gosling, en la promoción de su nueva película El Especialista

Ryan GoslingGTRES

Cuando ya al final debe enfrentarse a un futuro imprevisible, pero seguro de sus posibilidades de sobrevivencia, este señor: atractivo, culto y aún joven, no parece mostrar ningún tipo de reparo ante la posibilidad bastante cierta de que, en lo que le reste por delante, no vaya a disfrutar de compañía humana alguna.

Incluso se diría que, en su condición de forzoso eremita, hasta casi observa su situación con una cierta perspectiva de alivio. Al menos, ha conectado en el plano de la amistad con un alienígena, pero no como algunas que ya se habían sacado antes en el cine, hermosas valquirias por las que cualquiera perdería la cabeza, sino algo más parecido a un buey de mar: cualquier vínculo erótico entre ambos estaría de más, salvo quizá para algún gooner.

O sea, que en realidad este maestro sería como una especie de Robinson Crusoe encantado con su suerte. Completará su ciclo sin llegar a establecer, previsiblemente, relación alguna con mujer (o varón, si esa fuera su preferencia), como lo más natural. Pero de eso nadie parece sorprenderse. Hasta para nuestros chicos puede que sea lo ideal: tener como compañero de fatigas y alguna alegría a una anguila.

Al concluir la peli, la chavalería risueña que asistió a mi sesión aplaudió en la conclusión con un fervor como hacía tiempo que yo no observaba en ningún cine, ni siquiera me ocurrió con el último Torrente, donde hubo muchas risas, pero no palmas. ¿Será que estos Z españoles van a seguir los mismos pasos de los norteamericanos?

22 millones, pero de camareros

Un profesor universitario de la prestigiosa Universidad de Duke avisa estos días. Hasta no hace tanto, sus alumnos despedían las clases dándole las gracias amablemente por haber compartido con ellos sus conocimientos. Pero en los últimos tiempos, en lugar de parabienes, sus cátedras reciben otros comentarios: «Eso es deprimente», suele ser uno de los más escuchados.

Uno de los objetivos esenciales de cualquier docente consistiría en contribuir a trazar una imagen del mundo lo más próxima a la realidad que sea posible: en lugar de edulcorarla, debe ofrecer una visión capaz de enunciar esa tonalidad grisácea en la que a menudo tendrán que desempeñarse, para los cual las artes representan un aliado formidable. Un mundo con luces, pero en ocasiones, incluso más a menudo, también repleto de sombras, como los dos rostros indivisibles de la luna.

Lo contrario supondría perpetuar un engaño que, en cualquier caso, sus estudiantes ya descubrirán en cualquier momento. Lo fundamental no es el anuncio de las calamidades, sino desarrollar entre todos las herramientas para lidiar con los aspectos menos amables de la vida, y procurar extraer de estos encuentros conclusiones positivas que sirvan para evitar caer en el nihilismo, el desánimo o el cinismo absoluto. Al final estamos aquí para intentar mejorar lo que nos han dejado.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez

Los tiempos actuales, seguramente como todos, muestran un futuro particularmente sombrío. Pero como también señala este profesor, por eso mismo resulta fundamental recuperar unas ciertas dosis de optimismo y transmitírselas a los que vienen detrás, junto a la otra visión más descaranada,para prevenir que el derrotismo se apropie de las mentes en un momento esencial de su formación.

Por eso mismo, quizá, el gran maestro del disfraz, Pedro Sánchez, ha recurrido de nuevo al aula global de TikTok para, esta vez bajo la capa de la selección nacional, decirles a los muchachos que España va como un tiro, con casi 22 millones de afiliados a la Seguridad Social. Lo nunca visto.

Lo que no les cuenta, pero ofrecen luego algunos informativos a modo de contrapunto, es que este nuevo maná del empleo beneficia casi exclusivamente a los aspirantes a camareros. Lo cual tampoco está tan mal, teniendo en cuenta que, en España, un abogado suele cobrar lo mismo, y más que un periodista. «¡Ya viene el verano, buscaros un curro en el chiringuito más próximo!».

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas