Clase de religión
El Debate de las Ideas
¿Y si la Religión fuera una de las asignaturas más necesarias?
Hay debates que vuelven una y otra vez, porque nunca se cerraron. Y hay otros que muchos quisieran ver terminados antes de escucharlos. La clase de Religión es uno de estos últimos. Afrontar este debate es un acto de valentía y libertad, en medio de muchos reduccionismos, prejuicios antiguos y simplificaciones que no se aplican a otras materias. Y conviene expresarlo desde el inicio con claridad y serenidad: esta asignatura es una aportación profundamente educativa, cultural, relacional y humana. Más aún en una sociedad como la nuestra, plural en sus formas, pero profundamente marcada por raíces cristianas que siguen dando lenguaje, memoria y sentido a nuestra vida común. Es necesaria.
La escuela contemporánea ha ampliado mucho sus competencias y tareas. Nadie serio se limita a considerar ya la escuela como mero espacio de transmisión de conocimientos al margen de lo emocional, lo experimental, lo narrativo, lo relacional, lo contextual. En algunos lugares, este crecimiento ha sido a costa de aspectos nucleares y cierto desarrollo armónico e integrado. Pero allí donde el proceso está respondiendo con arte y técnica a las imperiosas necesidades de nuestro tiempo, el centro de su proyecto educativo sostiene tensiones muy interesantes entre sus núcleos esenciales y el devenir histórico. En este marco, la clase de religión hoy genera un territorio con identidad propia donde se cruzan la cultura, la conciencia, la libertad y el sentido. No puede ser considerada como algo más en el conjunto, sino que debe ser dotada de una metodología específica que le permita lograr plenamente sus objetivos.
Hay un error muy extendido: pensar que una escuela más neutral es una escuela que calla lo religioso. Esta neutralidad es falsa. Silenciar el hecho religioso no hace a la escuela más libre, sino menos capaz de comprender la realidad. Sin una mínima alfabetización cristiana, buena parte de nuestra cultura queda muda. ¿Cómo entender una catedral, una pintura de El Greco, la Semana Santa, la literatura española, la música sacra, la idea de dignidad humana, la historia de la caridad, los derechos humanos, el perdón, el sacrificio o la esperanza sin conocer el cristianismo que ha configurado durante siglos nuestra sensibilidad? Expulsar la Religión del horizonte educativo no purifica la cultura. La mutila.
La Religión tiene mucho que aportar al conjunto: el interrogante hondo, la comprensión del mundo, la visión de la persona y sus relaciones, la distinción entre el bien y el mal, la apertura y acogida de la verdad, la vida con proyecto y sentido en el encuentro entre libertad, responsabilidad y llamada. Reducir a un alumno a un potencial trabajador al que hay que suministrar herramientas, antes de considerarlo integralmente como persona, es poco menos que una aberración. El alumno es —en presente, y también en futuro— alguien que busca, duda, espera, ama, sufre, decide y necesita razones para vivir. ¿Cuánto puede enriquecerles conocer la Biblia, la persona de Jesucristo, la historia de la Iglesia en toda su amplitud, la antropología y doctrina social fundamental, la moral y virtudes fundamentales?
León XIV ha dedicado su primera encíclica, Magnifica humanitas, a comprender las cosas nuevas de nuestro tiempo: tecnología, inteligencia artificial, robótica. Reflejando una sociedad marcada por la rapidez, la fragmentación, la ansiedad, la sobreestimulación y la pérdida de referencias comunes, el papa sitúa la escuela en el corazón de la respuesta cristiana. Muchos adolescentes necesitan espacios donde puedan detenerse y preguntarse quiénes son, qué esperan, qué aman, qué les sostiene y qué responsabilidad tienen ante los demás. La Religión escolar, cuando se imparte con rigor y calidad, abre preguntas esenciales y ofrece una tradición viva desde la que interpretarlas.
En una buena clase de Religión, una parte importantísima de nuestra historia, tradición y cultura se vuelve dialogante y luminosa. Se convierte en elocuente invitación a la escucha de lo que somos, nos interroga sobre a quién servimos y nos demanda una acción coherente. Es una oportunidad singular para educar la sensibilidad y expandirla, para nutrir la inteligencia y abrirla a la razón, para fortalecer la voluntad y exigir libertad y fidelidad. Es una oportunidad para que el alumno se cuestione sobre lo que está siendo y será, su misión en el mundo y sus amores más acuciantes. Es una oportunidad para preguntarse sobre sí sin olvidarse del otro, y sobre el otro teniendo presente a Dios.
Quizá por esto incomoda. Una buena clase de Religión no se detiene ante preguntas complejas y quiere, valora y cuestiona respuestas. No deja indiferente. Una escuela que temiera adentrarse en estos caminos habría dejado de tener sentido. Pero, además, se hace muy útil y necesaria porque, dentro de su propio método, se incluye decisivamente el diálogo que parte de la escucha, el razonamiento que surge de la prudencia y la reflexión, y el respeto que brota del amor al prójimo. Nuestra sociedad plural no puede permitirse fácilmente prescindir de espacios tan cordiales y sapienciales como estos, cargados de la belleza y el testimonio de la humanidad que ha vivido el cristianismo hasta su plenitud. Esta asignatura, además de tiempo de pausa y sosiego, puede ser también tiempo para la esperanza y el impulso.
Naturalmente, la clase de Religión tiene retos. Debe hacerse significativa para alumnos que a menudo viven lejos del lenguaje cristiano. Debe evitar la rutina, cuidar su calidad pedagógica, dialogar con honestidad con la cultura actual y mostrar con hechos que educa para una convivencia más profunda. También necesita profesores reconocidos, formados, estables e integrados en la vida real de los centros. Muchos de ellos realizan una tarea discreta y decisiva: acompañan procesos personales, sostienen preguntas difíciles, generan espacios de escucha y ayudan a miles de jóvenes a leer su vida con mayor profundidad.
Por último, recordar que la ERE está en la escuela por derecho de padres e hijos a una formación integral, abierta a todos. Respecto a la libertad religiosa, ya impulsada y defendida por el Concilio Vaticano II, hay otro debate siempre pendiente en la humanidad. Esta asignatura es, por lo mismo, y en tanto que toca algo tan profundo en la persona humana, una ocasión privilegiada y propicia para la construcción de la civilización del amor, como pide el papa que acojamos con responsabilidad esperanzada.