Los jueces han visto cómo la sombra de la sospecha cae sobre ellos
Filosofía para todos
Los problemas nunca resueltos que alimentan la desconfianza en la Justicia
El ilustrado Cesare Beccaria advirtió de las consecuencias de unas leyes oscuras y de unos procesos judiciales excesivamente lentos
El CIS publicó hace unas semanas una encuesta en la que se aseguraba que tres de cada cuatro españoles creen que los jueces no son siempre imparciales respecto a los partidos. Más allá de los recursos culinarios de Tezanos, el trabajo pone el foco en un problema que algunos políticos tratan de aprovechar: la desconfianza en la Justicia. Entre las causas de esta situación están su complejidad y lentitud.
Lo que no se entiende bien nunca convence del todo. Eso es lo que ocurre en muchas ocasiones con el lenguaje jurídico: los textos legales están plagados de tecnicismos y vericuetos que no todos son capaces de comprender. Ante esta situación, las interpretaciones se multiplican y, con ellas, las oportunidades para poner en duda las resoluciones judiciales y hasta las intenciones de los magistrados.
Aunque ahora los intereses parecen otros y los casos que cercan al gobierno de Pedro Sánchez han intensificado estas actitudes, el origen del problema lleva estando ahí desde hace siglos y autores como Cesare Beccaria lo señalaron para corregirlo. El pensador italiano es recordado por su ensayo De los delitos y de las penas. En este breve texto se propone reformar el sistema penal para sostenerlo en los principios de la Ilustración. Como se verá, muchas de sus reflexiones son de plena actualidad.
Fuertemente influido por los postulados contractualistas de la época, Beccaria entra de lleno en la cuestión de la interpretación de las leyes. En su opinión, los magistrados no debían disponer de un amplio margen para interpretarlas, pues su función debía limitarse, en lo posible, a aplicar la norma aprobada por el legislador. El italiano llega incluso a pedir a los jueces que elaboren sus sentencias con la simplicidad de un «silogismo perfecto»: la ley constituía la premisa mayor; el hecho probado, la premisa menor; y la absolución o la condena, la conclusión.
Teme el autor, fruto de su contexto, que las decisiones penales queden pendientes de excesivas reflexiones sobre «el espíritu de la ley», algo que abre la puerta «al torrente de las opiniones». Tanto es así que llega a lamentarse de que la condena o la libertad dependan «de la buena o mala lógica de un juez, de su buena o mala digestión; de la violencia de sus pasiones...».
En los últimos tiempos, los ciudadanos han sido testigos de cómo ese «torrente de opiniones» se multiplicaba al calor de los juicios mediáticos. A ello se suman sentencias de cientos de páginas que, para colmo, resultan casi incomprensibles para los profanos. En este punto se detiene Beccaria y aquí podemos encontrar la clave de ese recelo perenne ante la Justicia.
Advierte el italiano que los problemas se agravan cuando «las leyes estén escritas en una lengua extraña para el pueblo (...) no pudiendo juzgar por sí mismos cuál será el éxito de su libertad». Aquí ya no es solo una cuestión de interpretación y polémica respecto de casos mediáticos. Es una realidad de nuestros días que lleva a no pocas personas a sentir cierta indefensión ante un sistema difícil de comprender y a optar por no denunciar esto o aquello por temor al incierto laberinto judicial en el que se adentran.
Procesos eternos
Por último, hay otro problema asociado a la Justicia que tampoco se termina de resolver: su lentitud. Ya sea en procesos mediáticos cuya resolución se retrasa durante años o en asuntos de menor repercusión que mantienen en vilo a familias enteras, los retrasos en la Administración y el colapso en los juzgados tampoco ayudan a generar confianza. Y de esto también se ocupó Beccaria en su célebre ensayo.
En su intento por reconstruir el sistema judicial en pleno siglo XVIII, el italiano aboga por la «prontitud de las penas». En su caso, esto es consecuencia del sentido que le otorga a las condenas: impedir al reo causar nuevos daños y disuadir a los demás de la comisión de otros iguales. Por ese motivo, cuanto más próximos estén el delito y la pena, más «fuerte y durable» es la asociación que la sociedad hace de las mismas. Si hay que preguntar «¿qué había hecho?» cuando se conoce una sentencia, la cosa no ha ido bien.
Como vemos, muchos de los problemas que aquejan a la Justicia y que intentan ser aprovechados para su descrédito llevan ahí desde hace siglos. El ensayo de Beccaria profundiza en otras muchas cuestiones técnicas, pero, ya que estamos en verano, me permito cerrar con una recomendación literaria en la que también se dejan ver, aunque de forma exagerada y fruto del peculiar estilo del autor, algunos de estos males: El proceso, de Franz Kafka.