José Luis Ábalos y Pedro Sánchez
Ábalos como cutre personaje literario: desde el Tartufo de Moliére al Lazarillo de Tormes
La expresión de la doble vida (y mugrienta, entre prostitutas y latrocinios) que también podría asemejarse a la del shakesperiano Falstaff, pero con la alegría oscura y el ingenio inexistente
Ya hay sentencia del Supremo para el exministro y hombre de confianza de Pedro Sánchez, encargado de defender la moción de censura (motivada por la corrupción: «cosas veredes», en realidad «tenedes», le decía Alfonso VI a El Cid en El poema del Mio Cid) contra Mariano Rajoy.
Ha sido condenado a 24 años de prisión por los delitos de organización criminal, cohecho, malversación y tráfico de influencias (19 para su, a su vez, hombre de confianza, Koldo García), lo que representa el trompazo final de la caída del antaño todopoderoso gobernante que trae inevitables referencias, además desde lo cutre y lo rijoso.
Ábalos es el hipócrita como el Tartufo de Moliére, quien se ganaba la confianza de su entorno (en el partido, sobre todo la de Orgón-Sánchez) para medrar. Ninguno de los dos es el mismo en privado y en público, y quién ya no recuerda la tartufada aquella de Ábalos, componiéndose como víctima: «Siento que me enfrento a todo. Vengo solo en mi coche, no tengo secretaria, no tengo a nadie detrás ni al lado...».
La expresión de la doble vida (y mugrienta, entre prostitutas y latrocinios) que también podría asemejarse a la del shakesperiano Falstaff, pero con la alegría oscura y el ingenio inexistente, solo parecido en la particular disipación. Un Falstaff desprovisto de virtudes como un Lazarillo maduro y grueso.
Banda de lazarillos
También tiene su necesaria afinidad con el pícaro de Tormes en esa banda de lazarillos, al servicio del «ciego» Sánchez, que conformaba con Koldo y Cerdán. Pícaros de los bajos fondos, de las cloacas, de los caminos y las fondas (y de las saunas y de los lupanares) de España.
Y en el antiguo acompañamiento perenne al don Quijote vulgar de esta tragicómica (más trágica que cómica) historia como Sancho Panza, pero un Sancho como representación, no de lo real, sino de lo sórdido. Por el arribismo un gran Gatsby político natural de Torrente, taimado y ordinario, que pasó del traje de acomodado Tartufo a la camiseta de un Vincent Vega tarantiniano a la espera del juicio y de una cárcel que se imagina como la de Uno de los nuestros.