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Mapa antiguo del mundo

Por qué los continentes se llaman así: el curioso origen de sus nombres entre la mitología y la historia

Cada nombre responde a contextos distintos que van de la religión antigua a la geografía moderna

Antes de ser una palabra en los mapas, los nombres de los continentes fueron mito, intuición y una forma primitiva de ordenar el mundo.

No nacieron como categorías científicas, sino como etiquetas culturales que los antiguos griegos y pueblos de Oriente Próximo fueron fijando a partir de la observación del cielo, del sol y de los límites conocidos.

Países del mundo según el mapa de Equal EarthEqual Earth

Detrás de «Europa» y «Asia» no hay una decisión académica, sino siglos de relatos, viajes y metáforas sobre el lugar que ocupaba cada territorio en el horizonte humano.

El nombre de Asia y Europa se remonta a varios siglos antes de Cristo. El filósofo y geógrafo griego Anaximandro de Mileto dibujó uno de los primeros mapas del mundo conocido. Poco después, en el siglo V a. C. (hacia el 450 a. C.), el historiador Heródoto consolidó los términos «Asia» y «Europa» en sus libros de Historias para separar formalmente las tierras al este y al oeste del mar Egeo.

Europa

El origen de Europa se debate entre la geografía asiria —región histórica de la Alta Mesopotamia— y la mitología. Antes de ser un continente, Europa fue una mujer. En los mitos griegos, era una princesa fenicia de gran belleza. El dios Zeus se enamoró de ella, se transformó en un toro blanco, la secuestró y la llevó a la isla de Creta. Los griegos acabaron dando su nombre a las tierras continentales del norte en su honor.

En cuanto al significado etimológico, los griegos descompusieron el término a partir de las raíces eurys (ancho) y ops (mirada). Así, Europa pasó a significar «la de mirada amplia», una metáfora que encajaba con un territorio de horizontes abiertos.

La hipótesis lingüística más extendida apunta, sin embargo, a un origen más funcional. Los navegantes de Oriente Próximo empleaban la palabra semítica ereb (ocaso) para referirse a las tierras del oeste, el lugar donde se ponía el sol. Frente al este luminoso, Europa quedó asociada al poniente.

Asia

El origen de Asia es, en cierto modo, el reflejo inverso del de Europa. La teoría más aceptada lo vincula al término asirio asu, que significa «salir», «ascender» o «tierra del amanecer». Desde la perspectiva mesopotámica, era el lugar por donde nace el sol, el Este.

En origen, los griegos utilizaban «Asia» únicamente para designar la costa oriental del mar Egeo, en la actual Turquía. Siglos después, Heródoto amplió su uso para englobar el imperio persa y los territorios desconocidos que se extendían más allá de su horizonte.

Con el Imperio romano, «Asia» pasó a designar de forma oficial una de sus provincias orientales, antes de extenderse progresivamente hasta convertirse en el nombre del megacontinente que conocemos hoy.

África

El nombre de África tiene un origen mucho más político de lo que podría parecer a simple vista. Antes de la llegada de los romanos, los griegos se referían a este territorio como Libia, un término que englobaba de forma genérica las tierras al sur del Mediterráneo. El cambio definitivo llegó con la expansión de Roma y la reorganización del norte del continente tras la derrota de Cartago.

El punto de inflexión se sitúa en el año 146 a. C., cuando la República romana destruyó por completo su gran rival cartaginés al final de las guerras púnicas. A partir de ese momento, Roma confiscó los territorios del norte de lo que hoy es Túnez y estableció una nueva provincia imperial.

La bautizó como Africa, en referencia a los Afri o Afer, una tribu bereber local que habitaba aquellas zonas costeras. Para los romanos, Africa terra significaba, literalmente, «la tierra de los Afri». Con el paso del tiempo, el término fue ampliándose más allá de su origen administrativo.

América

Este continente debe su nombre a una mezcla de error histórico, estrategia editorial y la enorme difusión de un mapa impreso en miles de ejemplares por toda Europa. A finales del siglo XV y comienzos del XVI, Cristóbal Colón murió convencido de haber llegado a las Indias orientales (Asia). Al no aceptar que había descubierto un nuevo continente, tampoco reivindicó el derecho a bautizarlo.

Años antes, el navegante italiano Américo Vespucio realizó varios viajes al Nuevo Mundo y envió cartas a sus mecenas europeos en las que sostenía que aquellas tierras no formaban parte de Asia, sino que constituían un continente hasta entonces desconocido. En 1507, un grupo de eruditos y geógrafos reunidos en Saint-Dié-des-Vosges (Francia) se propuso actualizar los mapas del mundo conocidos. Entre ellos estaba el cartógrafo alemán Martín Waldseemüller.

Waldseemüller diseñó un gran mapa del mundo, el Universalis Cosmographia, y, siguiendo una convención lingüística de la época, decidió feminizar el nombre de pila de Américo Vespucio para denominar las nuevas tierras. El resultado fue «América». Se imprimieron alrededor de 1.000 copias del mapa, lo que consolidó el uso del término. Cuando el propio Waldseemüller quiso rectificar al considerar que Colón tenía más protagonismo en el descubrimiento, el nombre ya se había extendido y no había marcha atrás.

Oceanía

Oceanía es el nombre continental más reciente y su origen no se remonta a la Antigüedad clásica, sino a la geografía moderna del siglo XIX. La fecha clave es 1812, cuando el geógrafo franco-danés Conrad Malte-Brun utilizó por primera vez el término francés Océanie en su Tratado de Geografía Universal. Su objetivo era dar coherencia a una realidad geográfica difícil de encajar en los esquemas tradicionales.

Malte-Brun observó que aquel espacio no respondía al modelo de los grandes continentes formados por masas de tierra continuas. En su lugar, se trataba de un conjunto disperso de territorios insulares —Australia, Nueva Zelanda y miles de islas del Pacífico— conectados más por el mar que por la tierra firme. La denominación respondía, por tanto, a una necesidad de clasificación más que a una tradición histórica previa.

El término deriva directamente del latín oceanus, a su vez procedente del griego Ōkeanós, el titán que personificaba el océano que rodeaba el mundo conocido. La elección no fue casual: el mar no solo define la región, sino que actúa como elemento de unión entre sus territorios. De ahí que Oceanía sea, literalmente, el «continente del océano».