Gabriel Insausti
Entrevista al primer premio ACdP de Novela
Gabriel Insausti: «Después de un siglo de nihilismo, hay mucha gente sedienta de sentido»
El escritor de Las arenas de Gabès reflexiona sobre la presencia de la fe en su novela y sobre el creciente interés por el cristianismo en la cultura contemporánea
Gabriel Insausti y su novela Las arenas de Gabès es el punto de partida, el primero —se espera— de muchos, del I Premio ACdP de Novela José María Pemán. El premio de la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) está dotado con 50.000 euros, así como con la publicación de la obra bajo el sello editorial de la asociación.
Insausti, que ha traducido a Oscar Wilde o Evelyn Waugh, engalana una trayectoria con premios como el Gerardo Diego, el Arcipreste de Hita o el Manuel Alcántara. Entre otros muchos, destacan obras suyas como El hombre inaudible, La sombra del nogal o, en poesía, Últimos días en Sabinia.
— ¿Qué supone para usted convertirse en el primer ganador del Premio ACdP de Novela José María Pemán?
— Supone la oportunidad de añadir un premio al palmarés, muy bien dotado, y que está llamado a tener un recorrido interesante. Cubre un hueco que había en la literatura española, por lo que está muy bien que se haya creado. Seguro que atraerá originales valiosos en el futuro y añadirme a esa lista es muy positivo.
— Las arenas de Gabès habla de la guerra, la libertad y la búsqueda de sentido. ¿Qué quería contar realmente con esta novela?
— El protagonista es un hombre un poco desarraigado en busca de raíces. Desarraigado porque ha nacido en el exilio, es hijo de unos refugiados vascos al otro lado de la frontera y busca una comunidad en la que insertarse. No le satisface demasiado la comunidad de la ciudadanía y el jacobinismo. Tampoco le satisface la comunidad de los refugiados vascos en el mundo de sus padres, del nacionalismo tradicional.
Gabriel Insausti
Entrevé una posibilidad de encontrar esa comunidad en la comunidad benedictina de la abadía de Belloc, que está muy cerca de Bayona, donde él ha nacido y vive, y, por las dudas, la camaradería del Ejército, que descubre cuando llega al servicio militar. Arrastrado por otros compañeros que se alistan como voluntarios para ir a la Guerra de Argelia, él también acude.
En realidad es una novela donde hay fundamentalmente acción, aunque el drama aparece en varias situaciones. Y, a través de esos hechos y de las vicisitudes que pasa durante la guerra, acaba con un encuentro y una sorpresa increíbles. En esa búsqueda descubre que lo que hay que encontrar es a Cristo en el otro, ya que él es católico, en el otro, incluyendo toda su alteridad, al otro más ajeno incluso y más previsiblemente distinto.
— Ha explicado que el protagonista acaba descubriendo «el Cristo que hay en el otro». ¿Cómo impregna la fe la novela sin convertirse en un sermón?
— Hay varias cosas. Está la fe y hay otras cosas que la rodean. Y es una serie de preguntas éticas que tiene que hacerse el soldado, y en este caso en un contexto en el que el comportamiento del ejército francés no fue muy ejemplar, ya que hubo torturas, disparos a la multitud en manifestaciones... Pero, bueno, eso son consecuencias de la fe.
En cuanto a la fe, es central la encarnación, es decir, el descubrimiento de que el Dios en el que creemos los cristianos es alguien trascendente al mundo, pero también es inmanente, y no es alguien absolutamente ajeno que vive en un limbo de atemporalidad, sino que ha habitado este mundo con su materialidad, sus asperezas y su imperfección, y desde dentro de ese mundo, no desde fuera, intenta revivirlo.
Ese es el Dios, un Dios que cambia los planes, que se adapta, que juega en el sentido de que no hace las cosas siguiendo un plan a rajatabla, sino contando con lo que hace el otro. Y eso es lo que va descubriendo el personaje.
Quizás se vea en algún momento cómo se abandona una fe algo normativa, que suele ir asociada a la obsesión humana por cosificar y por poseer, para sentirse seguro, como si se pudiera poseer a Dios. El protagonista abandona esa actitud y se abre al encuentro, que consiste en dejarse sorprender por el otro, incluyendo en esa alteridad del otro a Dios.
— ¿Cree que la literatura española ha dado la espalda durante demasiado tiempo a las grandes preguntas sobre Dios?
— Probablemente, aunque sí que ha habido unos pocos autores que han conseguido abrir alguna brecha. Ante ese panorama general que, en cierta parte, ha dado la espalda a las grandes preguntas sobre Dios, salvo algunas excepciones, sí que ha habido unos años de refugio de mucha gente abierta a la trascendencia, cristiana o no, en géneros marginales, fundamentalmente en la poesía, el diario y los aforismos.
Ahí sí que nos hemos encontrado con mucha gente que hemos vivido en los márgenes del sistema literario, un poco proscritos por la cultura oficial, pero ese era el espacio para, si no encontrar respuestas, al menos mantener en pie las preguntas y su realidad, que siguen siendo relevantes, sea la época que sea.
— En los últimos años parece haber un renovado interés por el cristianismo en la sociedad. ¿Percibe usted ese 'renacimiento' católico? ¿A qué cree que responde?
— Ya veremos en qué queda la cosa. Lo que desde luego es reconocible es que, después de todo un siglo de nihilismo y de secularización muy repentina desde los años 60 y 70, hay mucha gente con biografías bastante deshechas y sedienta de sentido. El nihilismo te deja desnudo ante la ausencia de sentido. La religiosidad y la búsqueda de una verdad con mayúscula tienen mucho que ver con la insatisfacción ante ese nihilismo.
Supongo que hay otras posibles respuestas, pero esa es la más rotunda. El humanitarismo o el activismo de distintos tipos también suponen una búsqueda de sentido, pero en un sentido menos absoluto. La cuestión es cómo canalizar todo eso.
Gabriel Insausti
Hay algunos problemas de los que hay que ser conscientes. Hay un cierto emotivismo y un cierto comunitarismo, en el sentido de que parece que a veces la comunión no es en Cristo, sino simplemente entre los hombres, y el contexto eclesial puede ser un mero pretexto.
Y luego hay una gran falta de información, dentro y fuera de la Iglesia. Hay un gran desconocimiento de los movimientos de la teología. Con todo eso hay que lidiar y hay mucha gente deseando oír palabras de esperanza y palpar esa esperanza en su vida. Ha habido una cancelación de la esperanza durante varias décadas, que ha sido el episodio final de ese nihilismo.
Desde que era pequeñísimo he vivido desde la premisa de que una persona inteligente no podía ser cristiana. Si te interesaban la cultura, la literatura o el arte, no podías ser cristiano. Se daba por supuesto que ese era un territorio vedado porque los propios católicos han asumido esa premisa. Ojalá esa situación llegue a su fin, porque supone una castración y un empobrecimiento para todo el mundo. Para católicos y no católicos.
— ¿Qué le gustaría que encontrara el lector al cerrar la última página de Las arenas de Gabès?
— Una sana perplejidad, pero una perplejidad que no quiere quedarse en sí misma, sino buscar y encontrar respuestas.