Sócrates, Descartes y Wittgenstein, tres filósofos-soldado
Filosofía para todos
Las hazañas de tres filósofos que también fueron soldados
Algunos de los grandes pensadores de la historia forjaron sus ideas bajo el fuego enemigo
Se suele hablar de la guerra como el triunfo de la sinrazón. Por ese motivo, puede parecer extraño encontrar a un filósofo en el campo de batalla. Sin embargo, ningún hombre puede escapar de sus circunstancias y no son pocos los pensadores que se han visto obligados a empuñar las armas.
Desde la Antigüedad hasta los conflictos más recientes de la humanidad, la pluma y la espada han tenido que convivir. Quizá por ese motivo, algunos autores han sabido encontrar en la crueldad del conflicto bélico espacios para la reflexión y la elaboración de teorías filosóficas. Estos son tres ejemplos de filósofos-soldado:
Un hoplita llamado Sócrates
Los hoplitas de la Grecia clásica forman una de las unidades militares más reconocibles de la historia. Estos ciudadanos-soldado se costeaban su propio armamento, en el que destacaba el magnífico escudo, y eran llamados a filas cuando la polis entraba en conflicto con algún enemigo.
Sócrates, el primero de los grandes filósofos atenienses, no quedó al margen de esta organización cívico-militar. De la vida del maestro de Platón solo tenemos testimonios indirectos, pues él se negó a dejar nada por escrito. Pese a ello, los fragmentos de su biografía que podemos reconstruir incluyen su participación en las Guerras del Peloponeso.
Diógenes Laercio, fuente clásica habitual para reconstruir la vida de algunos filósofos, sitúa a Sócrates en varias batallas: cuenta que luchó en Anfípolis, Potidea y Delio. Además, en el diálogo platónico El Banquete toma la palabra Alcibíades, quien recuerda que, en la campaña de Potidea, el filósofo le salvó la vida y que, durante la retirada de Delio, destacó por la serenidad con la que afrontó el peligro.
Descartes, ingeniero militar y espía
De la falange griega pasamos a los tiempos en los que otra unidad de infantería, los Tercios españoles, dominaba los campos de batalla. La Guerra de los Treinta Años desangró a las potencias europeas en el siglo XVII y los hombres ilustres de aquella época no quedaron al margen de las intrigas al más alto nivel.
Este largo conflicto pilló a René Descartes tratando de pulir su método en busca de verdades indubitables. Su carrera intelectual fue, durante mucho tiempo, de la mano de la militar. El padre del racionalismo se alistó en la Escuela de Guerra de Breda y destacó en el campo de la ingeniería bélica. Tanto es así que una de sus últimas campañas lo sitúa en el asedio francés de La Rochela, donde los ingenios militares fueron esenciales a la hora de derrotar a los hugonotes.
Pero parece que la vida militar de Descartes no se quedó ahí. Según apuntan algunos historiadores como Anthony Grayling, el francés supo moverse bien en el tablero internacional y parece que pudo llevar a cabo diferentes labores de inteligencia. Es decir, que hay muchas posibilidades de que llegase a trabajar como espía.
Un tratado escrito en las trincheras
En 1921, un pensador de solo 32 años publicó un libro con el que, aseguraba, quedaban resueltos todos los problemas de la filosofía. El autor era Ludwig Wittgenstein y la obra, su Tractatus logico-philosophicus. Aunque la sentencia maximalista no se cumplió, el trabajo del austriaco sí influyó de manera sobresaliente en el pensamiento del siglo XX y sus reflexiones sobre el lenguaje.
Aunque el Tractatus se publicó en el conocido como periodo de entreguerras, su elaboración coincide en el tiempo con la Primera Guerra Mundial. Pero no solo de forma temporal, muchos de sus pasajes se concibieron cerca de las terribles trincheras que agrietaron el suelo Viejo Continente, puesto Wittgenstein se alistó como voluntario dentro del Ejército austro-húngaro.
Los diarios del filósofo sirven para construir un maravilloso relato de su experiencia bélica. Tal y como relata Ray Monk en la biografía que dedica al vienés, tras un tiempo alejado del frente, Wittgenstein fue enviado a primera línea en marzo de 1916 y se esforzó vivamente por ser situado, una y otra vez, en los lugares de mayor peligro: «Quizá la proximidad de la muerte traiga luz a mi vida», dejó escrito.
La experiencia en las trincheras marcó el pensamiento del soldado y terminó por dar forma al Tractatus. Los avatares de la Gran Guerra y las sucesivas derrotas de su bando provocaron que nuestro protagonista fuese capturado por los italianos en 1919 cuando luchaba en aquel frente. No fue liberado hasta agosto de aquel año, en el que el Imperio Austro-Húngaro perdió la contienda.
Muchos otros filósofos sufrieron también los envites de la guerra: el alemán Ernst Jünger participó en las dos guerras mundiales, fue condecorado varias veces y dejó testimonio de su experiencia en obras tan importantes como Tempestades de acero y Radiaciones. También podrían citarse, entre otros, el emperador estoico Marco Aurelio o el existencialista Jean-Paul Sartre, quien, aunque se mantuvo lejos de la acción, fue hecho prisionero por los nazis y enviado a un campo donde escribió su célebre obra de teatro Barioná.