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El escritor vallisoletano Miguel Delibes, en una imagen de archivo

El escritor vallisoletano Miguel DelibesFundación Miguel Delibes

Miguel Delibes: «El día que cada niño pueda ser aquello que desea habremos conseguido un mundo feliz»

La frase del gran escritor vallisoletano continuaba: «El niño no perderá su alegría al transformarse en hombre si, ante el haz de oportunidades que se le ofrecen, acierta a elegir la buena, esto es, la adecuada a su manera de ser...»

En un episodio de Mad Men, el Quijote de la televisión, una madre le dice con dura sinceridad a su hija deprimida por sus fracasos al intentar convertirse en actriz que «no todas las niñas pueden ser princesas».

Ni todas las niñas pueden ser princesas, ni todos los niños pueden ser príncipes. Es la utopía que anhelaba Miguel Delibes y que enlaza directamente con otra afirmación tajante sobre la felicidad, el cambio de opinión periódico («la opinión es conocimiento en formación», dijo Milton): «No existe la felicidad. A lo largo de la vida hay briznas de dicha que se deshacen como pompas de jabón».

El mismo escritor vallisoletano ensayó la felicidad en otras direcciones, según el estado de ánimo, la experiencia o el tiempo o el argumento: «La felicidad o la desdicha era una simple cuestión de elasticidad de nuestra facultad de desasimiento. La vida transcurría en un equilibrio constante entre el toma y deja. Y lo difícil no era tomar, sino dejar, desasirnos de las cosas que merecen nuestro aprecio».

Esto último es de La sombra del ciprés es alargada, su primer libro, Premio Nadal, del que renegó muchas veces a lo largo de su carrera y evolución como escritor. Más directo y sencillo, más Delibes, halló que «La felicidad no consiste en ganar mucho dinero, sino en que la tarea que se hace se haga con gusto...».

El niño no perderá su alegría

Aquí continúa la frase del titular, casi un sueño para el hombre, como por ejemplo volar para el niño: «...El día que cada niño, al llegar a hombre, pueda ser aquello que desea y para lo que está dotado, habremos conseguido un mundo feliz...», y continuaba en su anhelo: «El niño no perderá su alegría al transformarse en hombre si ante el haz de oportunidades que se le ofrecen, acierta a elegir la buena, esto es, la adecuada a su manera de ser...».

Y no se limitaba a expresar un deseo, sino también a mostrar la forma de conseguirlo: «Formar a los niños debe ser un sucesivo despertar de curiosidades, que luego, a lo largo de la vida, se irán saciando con la lectura y la experiencia». Una idea y un afán que, además de en Delibes, estaban y están en los filósofos y en otros escritores y poetas. Albert Einstein decía que no era especialmente talentoso, sino «apasionadamente curioso».

Baudelaire, por ejemplo, también abundaba en la idea: «El resorte principal del genio es la curiosidad». Azorín encontró que «la vejez es la pérdida de la curiosidad» y Anatole France afirmó que «Todo el arte de enseñar es el único arte de despertar la curiosidad natural de las mentes jóvenes con el propósito de satisfacerla después».

El claro secreto de la felicidad. Tantas veces cerca y tantas veces lejos. Tantas veces posible y tantas veces imposible. La utopía de Delibes: «El día que cada niño pueda ser aquello que desea, habremos conseguido un mundo feliz».

Quizá un completo mundo feliz es una aspiración fabulosa, pero sí podemos reducirla a nuestro ámbito, a lo que de algún modo nos pertenece, a aquello que depende de nosotros, como dicen los estoicos, para convertirla en una aspiración real en un concreto mundo feliz.

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