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La desesperación (1894) de Edvard Munch

Detalle de La desesperación (1894) de Edvard Munch

Las cuatro claves de Byung-Chul Han para escapar del encierro de la vida moderna

El filósofo coreano ha encontrado verdades como joyas ocultas, como objetos que recuerdan la vida pasada y perdida, el ser del hombre que es un ser sencillo: un casi retiro espiritual (y sin casi)

El filósofo coreano, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, no descubre nada y en realidad sí. La sociedad moderna es una sociedad del olvido, como si el paso del tiempo se superpusiera en su avance y sus pilares, su esencia, sus valores, sus reglas, el hombre mismo, quedara enterrado bajo todas esas capas.

Esa es la premisa fundamental de la obra (más famosa) del pensador y profesor y escritor asiático. Un excavador, un arqueólogo entre los estratos ocultos por el tiempo y la vida frenética, en cuyo fondo o fondos ha encontrado verdades como joyas ocultas, como objetos que recuerdan la vida pasada y perdida, el ser del hombre que es un ser sencillo: un casi retiro espiritual (y sin casi) con cuatro claves para descansar.

La vida contemplativa

Una mirada que se dirige a los elementos que dominan la existencia actual, mayormente la tecnología, como la pala que igual sirve para cavar un agujero que para llenarlo, y a la naturaleza y la humanidad apartada por esa tecnología. Precisamente volver a lo físico lejos de lo digital es la primera de las claves. La naturaleza y sus tiempos frente a la prisa de las pantallas, el fútil y sin embargo dañino «scroll». Pisar la tierra descalzos en vez de pasar el dedo sobre el móvil.

Los trabajos manuales, el contacto físico, el libro físico que se relaciona con la segunda pauta: la vida contemplativa o el antídoto contra la actividad constante y la productividad. La contemplación de la misma naturaleza o del arte o incluso de nada, la actividad del «flaneur» que inventó Baudelaire, el paseante pensador sin rumbo ni objetivo, el poeta, el creador, el observador libre.

El simple observador que no produce y que es íntimo. Solo pasa inadvertido y misterioso consigo mismo. Nadie le conoce. Nadie repara en él y él disfruta del placer de su anonimato, tan alejado del falso placer de figurar constantemente, por ejemplo en redes sociales, de mostrarse, de ser objeto de escrutinio, lo cual se relaciona con la sociabilidad.

De la intimidad del «flaneur» a la sociabilidad también natural. El hombre es un ser social por naturaleza. Lo dijo Aristóteles. Es la horma del zapato del contacto a través de las pantallas, de las relaciones digitales donde no hay sabor, ni olor, ni percepción de ninguna clase real, sino solo artificial, manejable, tantas veces falsa, construida. Vivir es la premisa de todas estas soluciones. La vida verdadera oculta bajo tantas y tan variadas capas de modernidad.

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