Morante de la Puebla en su última tarde en Las Ventas
¿Cuántos toros han salvado la vida en Las Ventas? La respuesta sorprende
Perdonarle la vida a un toro en la Plaza es una circunstancia excepcional (casi un imposible en la de Madrid) que pide el público y el matador a la presidencia por la bravura destacada en la lidia
El indulto de un toro es el triunfo del toro y del torero. Una circunstancia excepcional por las escasas y celebradas ocasiones en que se produce. Es un premio, una gracia, al animal que destaca en el ruedo por su bravura y nobleza que no solo tiene una función simbólica, sino también práctica: la de preservar su casta devolviéndole al campo como semental.
Del indulto se tiene conocimiento desde el XIX. No estaba reglamentado como en la actualidad y comenzó a suceder de forma espontánea, como suceden y han sucedido tantas veces (se diría que todo), humanamente, los ritos y costumbres en la tauromaquia. La importancia del toro como centro de todo y su reconocimiento y aprovechamiento: la vida misma que son los toros.
Belador
El indulto es extraordinario, aunque en los últimos tiempos parece haberse vuelto de algún modo ordinario: el reglamento se salta a la torera, como en tantas otras ocasiones, lo cual no deja de situar al indulto en su pedestal destacado, tan destacado como que en la mayor plaza del mundo, la de Las Ventas, solo una vez un toro se ha salvado de la espada o del verduguillo en sus casi cien años de historia: el 19 de julio de 1982.
El nombre del toro fue Belador y le correspondió a José Ortega Cano. Le pusieron Belador con «B» porque el mayoral de Las Ventas se equivocó al escribirlo en el cartel, casi del mismo modo que el Victorino equivocó a todo el mundo en los puyazos.
A pesar de las dudosas señales, Ortega Cano fue a brindarle su muerte a doña María de las Mercedes, en el palco y con mantilla. Le recibió también dudoso el matador cartagenero hasta que Belador empezó a ir por un lado y por otro, un ir y venir que el diestro no supo o no pudo aprovechar del todo.
No salía del ruedo
La «trampa» del único indulto venteño de siempre fue el carácter de concurso (solo podían concederse indultos en este tipo de festejos con el reglamento de entonces) que le había conferido Vicente Zabala, el organizador, a esta corrida de la Asociación de la Prensa.
Un día histórico que tuvo más historia pues a Belador, dos horas más tarde de que Ortega le clavara la banderilla simbólica, no había manera de sacarlo del ruedo, refugiado entre los mansos que habían salido a buscarle. Ya sin luces y con la plaza vacía, al filo del día siguiente, se marchó de modo propio de la plaza para vivir hasta los 13 años como semental.
Y también como antepasado de grandes toros como los también indultados Garboso en Olivenza, lidiado por el mismo Ortega en gran faena, o Cobradiezmos en Sevilla. El guardián de una esencia que continuó en sus descendientes y cuya figura disecada sigue resistiendo, casi como aquel día en Las Ventas, en el museo de su criador.