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Alejandro Rodríguez de la Peña

Alejandro Rodríguez de la Peña

Alejandro Rodríguez de la Peña: «El cristianismo al que se convierte Constantino era una religión griega»

El día en que murieron los dioses, el libro que acaba de sacar Alejandro Rodríguez de la Peña, nos sumerge en el complejo proceso de transición de la religión pagana a la cristiana

Alejandro Rodríguez de la Peña acaba de publicar El día en que murieron los dioses. El triunfo del cristianismo en Roma, donde nos sumerge en el complejo proceso de transición de la religión pagana a la cristiana. Charlamos con él sobre algunos de los aspectos más sugerentes de su obra.

–¿Era el mundo pagano tan alegre y vitalista como nos lo presenta Nietzsche?

–Lo que defiendo en el libro es que no, o al menos no de la forma en la que lo presenta. Nietzsche se remite a un mundo idealizado a partir del paradigma dionisíaco, pero aquí hay que hacer dos matices. Por un lado, la antigüedad en la que piensa no es la antigüedad que convive con el triunfo del cristianismo, es una antigüedad previa. A partir del siglo III todo cambia y aparece una antigüedad pagana distinta, esencialmente neoplatónica y espiritualista. Pero es que incluso en la antigüedad más dionisíaca, la anterior al siglo III, convivía con ese mundo dionisiaco que él idealiza la crueldad más absoluta, algo que el mismo Nietzsche reconoce y que se ve muy bien, por ejemplo, en Las bacantes, una tragedia griega donde el disfrute de los sentidos y la crueldad más animal van de la mano.

En cualquier caso, el cristianismo no convive con ese paganismo dionisiaco, sino con un paganismo neoplatónico espiritualista que es más ascético que el cristianismo, llegando a cotas realmente enfermizas. Esto es algo que Nietzsche silencia.

–Ese rigorismo pagano debe de sorprender mucho a quienes denostan al cristianismo como obsesionado con el ascetismo.

–Es que el cristianismo es una religión espiritualista en la que lo sobrenatural es más importante que lo terrenal, eso es indiscutible, pero el espiritualismo del neoplatonismo, del pitagorismo, del maniqueísmo, de los gnósticos es infinitamente mayor que el del cristianismo ortodoxo. Estos llegan a rechazar incluso el matrimonio y la concepción de hijos como algo pecaminoso. Es un espiritualismo tan extremo que acaba siendo una negación del mundo y de todo lo bello y bueno que hay en el mundo. Aparecen aquí hay dos cosmovisiones incompatibles entre sí. Porque si se concibe el mundo como diabólico y todo lo que es carnal es diabólico, entonces toda aspiración a la felicidad no tiene sentido, esto ya no es el valle de lágrimas del cristiano, sino un infierno. A menudo se pierde de vista que estas tendencias espiritualistas extremas eran mayoritarias en la religiosidad pagana de finales del siglo III. Por eso el cristianismo les parecía a muchos observadores algo casi relajado. También le sucedió al propio Cristo cuando los fariseos le acusaban de que comía y bebía. La acusación que se ha hecho a los cristianos de odio al cuerpo o de odio a la vida es totalmente falsa.

–Otra acusación que se le hizo al cristianismo es que ablandó a los romanos.

–Esta acusación proviene de los polemistas paganos de los siglos III, IV y V, y luego se hacen eco de ella Gibbon o Nietzsche entre otros. Pero esta acusación tiene dos problemas.

Primer problema: no es histórica, al convertirse el Imperio Romano al cristianismo no se observa ninguna reducción del ejército, al contrario, hay más legiones en el ejército de Constantino, casi el doble, que en la época de Augusto. Es más, todos los emperadores cristianos son generales, hombres de campamento. Se dice que los recursos del Estado pasaron, cito literalmente, del campamento militar a los claustros, como si al hacerse cristianos se hubieran gastado el dinero que antes iba al ejército a financiar monasterios, que por cierto, todavía no existían, o actividades de caridad. Esta idea está muy extendida, pero es falsa.

Lo que sí es cierto es que se humanizaron algunas prácticas, como los suplicios capitales, se humanizó la legislación de la esclavitud, se prohibió el infanticidio, se acabó con los sacrificios humanos en el circo. Todas estas costumbres se humanizaron, pero el Imperio no se hizo más blando: esa idea de que se pierde la virtus romana, el coraje, el valor militar, es absolutamente falsa.

La segunda cuestión que hay que señalar es que el cristianismo es compasivo, pero en ningún caso pacifista. El cristianismo, allí donde ha triunfado, nunca ha intentado que desaparezca el ejército o la coacción legítima del Estado. El cristianismo ha sido pacífico, pero no pacifista. La pretensión de que se disolviera el ejército formó parte siempre de utopías heréticas más bien tardías. De hecho, el Imperio cristiano estaba armado hasta los dientes, incluso más que anteriormente. No porque fueran más militaristas, sino por las amenazas exteriores de persas y germanos.

–¿Cómo veían los paganos de los primeros siglos de la era cristiana a los cristianos? ¿Como ateos? ¿Como misántropos?

–Sobre la visión de las élites romanas es célebre el juicio de Tácito que los describe como enemigos del género humano. Luego tenemos lo que escribe Plinio el joven en su informe a Trajano y también diversos autores griegos, y todos son hostiles. Consideran que los cristianos son contrarios a la piedad hacia los dioses, por lo que se les acusa de impiedad. Es la misma acusación que se hizo contra Sócrates, que a veces se traduce como ateísmo pero que es más bien una acusación de impiedad.

La segunda acusación es que sus ideas éticas son consideradas aberrantes, contrarias al mos maiorum, porque van contra todo lo que sus antepasados habían establecido como justo y adecuado.

Por último, y aunque es muy minoritario, se les acusa de prácticas infames como antropofagia, incesto, incluso asesinatos rituales… las mismas acusaciones que luego se verterán contra los judíos.

–¿Por qué un imperio como el romano, que se nos presenta como tan tolerante, se mostró tan inflexible con los cristianos?

–Es que la tolerancia romana es con todo lo que es integrable en su sistema. Tolerantia es un término latino que aplican a todo lo que les disgusta, pero que pueden asumir. Los panteones de otros pueblos son integrables: o bien se trata simplemente de añadir divinidades, o bien de la famosa asimilatio, por la que asimilo Tutatis a Mercurio o Isis a Juno. En cambio mostraron enorme intolerancia con quienes no eran integrables, básicamente judíos, cristianos y maniqueos. Su tolerancia consiste en que son capaces de integrar otros paganismos dentro del paganismo, pero lo que no están dispuestos es a aceptar una cosmovisión religiosa que no es compatible con su religión, y en esos casos demostraron una enorme brutalidad.

Se ha dicho que Constantino, antes de la batalla del Puente Milvio, se inventó su visión para ganarse el apoyo de los cristianos, que serían clave para su victoria. Sin embargo, los cristianos eran entonces marginales. ¿Eran realmente eran tan pocos los cristianos en la parte occidental del Imperio?

Son muchos los historiadores que han demostrado que no había ventajas prácticas en la conversión de Constantino. Los cristianos, como mucho, eran entre 4 y 5 millones y casi todos estaban concentrados en Asia Menor, en Antioquía y Alejandría. Pero Constantino está luchando contra el Augusto de Occidente, Magencio.

Donde más cristianos hay, en Oriente, también son minoría, pero es que en Occidente apenas hay cristianos. La verdad es que el rédito de convertirse al cristianismo no se ve por ningún sitio: Constantino se convierte a una religión mirada con absoluto rechazo por la mayor parte de la población del Imperio romano de Occidente.

Además, no hay que olvidar que el emperador, en el momento en que llega Constantino al trono, es un dios viviente que es adorado, y al hacerse cristiano va a dejar de ser dios y tendrá que aceptar una jerarquía eclesiástica, a la cual va a intentar controlar, pero que limitará su poder. En términos de poder, su posición dentro del mundo pagano era infinitamente mayor y nada de lo que hubiera podido aportar el cristianismo se le acercaba.

–¿Por qué dices que el edicto de Milán es un documento que ha sido mal comprendido?

–Porque muchas veces se presenta como el inicio del imperio cristiano y el edicto de Milán es solamente un edicto de tolerancia religiosa universal, no sólo destinado a los cristianos, sino a cualquier culto religioso. El edicto hace posible que la Iglesia deje de ser perseguida, como también el maniqueísmo dejó de ser perseguido, pero la religión oficial del Imperio romano siguió siendo el paganismo.

–¿El declinar del paganismo ocurrió entonces más bien con Teodosio?

–Sí, con el edicto de Tesalónica, aunque en realidad está más dirigido a los herejes arrianos que a los paganos. Teodosio a quien de verdad reprime es a los arrianos, no recurriendo a la violencia, que estuvo muy contenida, sino con proscripciones y confiscación de bienes. Teodosio no ejecutó a nadie. Por eso es falso que la violencia del Imperio cristiano sea paralela, como a veces se ha intentado presentar, a la violencia pagana anterior. Como dice Peter Brown, «No hubo mártires paganos».

En realidad no hay ilegalización del culto privado pagano, lo que sucede es que se le quitan recursos al paganismo público, que era una religión basada en el culto cívico, y por ello le afectó mucho. Y esto se hizo, insisto, sin violencia. Los episodios de violencia del reinado de Teodosio son obra de monjes fanáticos o de turbas fanáticas, la autoridad imperial no tuvo nada que ver con ello y, de hecho, lo reprimió y castigó. El Imperio en ningún momento persiguió el paganismo con violencia.

–Estamos acostumbrados a vincular la Iglesia con Roma, pero explicas que el cristianismo que abraza Constantino era muy griego. ¿Influyó ese rasgo en la dificultad para penetrar en Occidente?

–Es que, en efecto, hemos olvidado que el cristianismo era una religión muy griega. Yo mismo he ido tomando conciencia de ello en los últimos años. Pero en el cristianismo, no sólo de lo que luego será Bizancio, sino también de la parte occidental, la misa era en griego y la Biblia también. Cuando uno se hacía cristiano entraba en una religión cuyo vehículo lingüístico litúrgico era el griego. El propio lábaro, el crismón que adopta Constantino, es un símbolo griego. La Biblia la conocían a través de la versión de la Septuaginta helénica de Alejandría.

Luego, a partir del Papa San Dámaso, hay una latinización, se traduce la Biblia al latín, la Vulgata de San Jerónimo, y se pasa a la liturgia en latín. Esto es consecuencia de que hay un proceso de lento olvido del griego. Pero la romanidad de la Iglesia no tenía que ver con la lengua latina, era romana porque estaba ligada al Imperio romano. La decisión de adoptar el latín es del siglo IV y entonces esta lengua pasará a formar parte de la identidad de la Iglesia católica. Identidad que, por cierto, para mí es una desgracia que se haya descuidado y perdido estas décadas. Yo soy un gran defensor de la liturgia latina y creo que no es bueno echar por la borda 1500 años de tradición, aunque tampoco haya que sacralizar una lengua. Cada vez que se pierde una liturgia antigua, se está amputando un vínculo con nuestros orígenes.

–Me ha sorprendido que señales en tu libro que los Evangelios no eran la herramienta básica de evangelización en esos tiempos.

–Es algo que he descubierto en la investigación para el libro y que a mí también me sorprendió. En las comunidades lectoras del cristianismo primitivo el protagonismo se lo llevan las epístolas paulinas. No quiere decir que lo demás no les importara, pero hay consenso académico sobre esta primacía de las epístolas sobre los Evangelios.

–¿Cómo resuelve la tensión entre fideísmo y razón la Iglesia de esos de esos siglos?

–La resuelven los Padres, la patrística. Los adeptos de Tertuliano tienen miedo de que la filosofía corrompa el cristianismo, pero ésta es una actitud minoritaria. La postura dominante, que acabará siendo la ortodoxa, considera que razón y fe van de la mano. El cristianismo abraza la filosofía griega y por eso hay teología. Se ha querido presentar un cristianismo oscurantista, que sospecha o teme el conocimiento, el arte, la cultura y no puede haber nada más falso.

Incluso te diría que el problema de la Iglesia del siglo IV es que era demasiado helénica, es decir, quizás se les fue la mano en la helenización filosófica; el problema es el contrario de lo que la gente cree. Por ejemplo, toda la querella arriana trinitaria creo que es una indigestión de Platón. Esto no significa que hubiera sido mejor una fe sin razón, pues habría violentado la propia esencia de la Iglesia. Hay algo que denunció mucho Ratzinger: la idea de expurgar el helenismo del cristianismo, algo que ya intentó Lutero y que es imposible y mataría el cristianismo.

–Los cristianos integran la tradición pagana, pero los paganos, evidentemente, no integran la tradición cristiana. ¿Cómo reaccionaban los paganos cuando veían a los cristianos apropiarse de su tradición?

–A muchos les molesta: Celso o Juliano el apóstata les dicen: quitad vuestras sucias manos de nuestros textos. El emperador Juliano prohíbe a los cristianos enseñar literatura griega o latina, acompañado con comentarios despectivos sobre el griego de los Evangelios, que es bastante malo. Ese elitismo pagano tiene que ver con que ellos consideran que el cristianismo es una religión de ignorantes y les molestaba que estuvieran haciendo suyo ese legado. Pero la realidad es que el noventa por ciento del legado cultural del mundo clásico lo hicieron suyo los cristianos y gracias a eso sobrevivió; si no, se habría perdido.

–Los emperadores ya cristianos insistieron en prohibir el sacrificio ritual de animales y las luchas de gladiadores. ¿Por qué esa insistencia y por qué, en el caso de los gladiadores, costó tanto erradicarlo?

–En el caso de los gladiadores, porque era muy popular. Incluso san Agustín, antes de su conversión, va al circo a ver una lucha de gladiadores. ¿Y por qué a los cristianos les molestaba tanto? Al cristiano le repugnaba la violencia hecha espectáculo, su trivialización.

En cuanto al sacrificio animal, hay que considerar que todas las éticas compasivas empiezan con el rechazo al sacrificio animal. Pero sobre todo tiene que ver con algo que se ha perdido de vista: ellos lo ven como un sacrificio de sangre a los demonios. Hoy en día lo más parecido sería el vudú, donde se derrama la sangre de una cabra o de un gallo para conseguir algo. Y eso tiene un nombre: magia negra. Aquellos cultos paganos eran como un pacto de sangre: yo derramo sangre y a cambio la divinidad hace algo por mí, es el mismo principio de la magia negra.

–Señalas que el cristianismo fue el causante del desencantamiento del mundo. Y Rod Dreher aboga por el reencantamiento del mundo. ¿En qué quedamos? ¿Se trata de que los cristianos lo desencantemos o lo reencantemos?

–Es que hay dos desencantamientos del mundo: uno cristiano y otro racionalista.

El cristiano fue desdivinizar el mundo: los árboles, los bosques, las fuentes, las estrellas, los planetas ya no eran divinidades. Esto fue positivo y necesario, también desde el punto de vista del desarrollo de la civilización occidental. Para el desarrollo de la ciencia era fundamental esa desacralización de la naturaleza.

El racionalista, en el siglo XVIII, elimina de la cosmovisión del hombre occidental todo lo que no comprende. El hombre pierde la capacidad de asombro. Ya no cree en las hadas ni en los duendes, pero tampoco en los ángeles ni en los milagros.

–Explicas que el término paganismo es una construcción a posteriori. ¿Cómo se veían los paganos a ellos mismos?

–Es muy al final de su confrontación con el cristianismo, a partir de mediados del siglo IV, que empiezan a autopercibirse como facción pagana. Pero hasta ese momento usan varias palabras para hablar de sus cultos cívicos, que no eran universales, sino propios de cada ciudad. Son los cristianos quienes acuñan el concepto de paganismo, con intención despectiva.

De hecho, cuando los paganos empiezan a autopercibirse en contraste con los cristianos ellos toman el término de «helenos», en una reivindicación de la cultura la clásica. Pero el término no cuaja porque los cristianos también son griegos. En cambio triunfa la palabra acuñada por los cristianos, «paganos». En cualquier caso, ellos mismos no se perciben como una religión; el propio concepto de religión que manejamos ya es cristiano, de hecho agustiniano.

–¿Tuvo realmente opciones de éxito Juliano el apóstata en su intento de resucitar el paganismo?

–Eso se hubiera visto si su política se hubiera mantenido un par de siglos. Un solo reinado no altera nada, tampoco el de Constantino: cuando muere Roma sigue siendo un imperio pagano. Lo que Constantino hizo es poner las condiciones para el posterior triunfo del cristianismo, por eso estoy convencido de que, después de la encarnación de Nuestro Señor, los dos hechos más decisivos en la historia del cristianismo son las conversiones de san Pablo y Constantino. Juliano, además, es que sólo reinó dos años. Pero incluso si hubiera reinado más, el proceso histórico ya iba en otra dirección.

No sabemos qué hubiera ocurrido tras dos siglos de emperadores paganos muy militantes, pues el Estado siempre dispone de enormes recursos. Baste pensar en las persecuciones del Japón del shogunato, que erradicaron el cristianismo. Pero para eso tendrían que haber recurrido otra vez a métodos de exterminio como los de Diocleciano y no tengo claro que eso hubiera sido posible porque en tiempos de Juliano la mayor parte de la población era cristiana, la mayor parte de las élites son cristianas y los principales intelectuales son cristianos. A Juliano incluso muchos paganos lo ven como un personaje estrambótico, un tipo excéntrico porque quiere crear una religión pagana, una especie de cristianismo inverso. En Antioquía se rieron de él.

–¿Era era tan mortecina y decadente la Roma de los siglos IV y V como nos la suelen pintar?

–Para nada. Roma ciudad sí estaba en decadencia, hacía tiempo que no era sede imperial. Pero el Imperio romano se recupera muy bien de la crisis brutal del siglo III, y los siglos IV y V asisten incluso a un renacimiento de las propias letras paganas. Y luego hay un gran esplendor de la cultura cristiana latina y griega. Pero para valorar esto hay que valorar el cristianismo, si tienes un prejuicio anticristiano no lo vas a ver. Pero todos los especialistas en Antigüedad tardía coinciden en que la imagen de decadencia es falsa. Especialmente si miramos a Oriente: es el momento que emerge Constantinopla y Alejandría y Antioquía todavía tienen un vigor extraordinario.

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