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Cubierta de 'Los seis finalistas'

Cubierta de 'Los seis finalistas'Planeta

‘Los seis finalistas’: Akinari Asakura desenfunda con su novela la espada samurái del mundo laboral japonés

El lado humano de la competencia, la meritocracia bajo sospecha y la dureza de la cultura japonesa del trabajo se unen en este thriller psicológico agudo y sutil

No es necesario haber viajado a Japón para tener una idea bastante aproximada de lo que representa la cultura laboral de este país: largas jornadas hasta la medianoche, jerarquías estrictas y una elevadísima dedicación a la empresa. El trabajo allí es un pilar fundamental de la identidad personal, y no encontrar un buen empleo al salir de la universidad se considera uno de los grandes fracasos vitales, aunque apenas se tengan veinte años. De hecho, son comunes los procesos de selección y contratación masiva de nuevos empleados que ni siquiera se han graduado aún, y que se ven absorbidos por procesos larguísimos y complejos cuando todavía estudian la carrera.

Cubierta de 'Los seis finalistas'

Traducción de Milo J. Krmpotic
​Planeta (2026). 320 páginas

Los seis finalistas

Akinari Asakura

Este tipo de escenario es el que se describe en Los seis finalistas, un thriller psicológico sin derramamiento de sangre, pero tan afilado y penetrante como una de esas katanas del país en el que se ambienta. La historia explora el lado más oscuro de la ambición a través de la perspectiva de Shogo Atano, un joven de Tokio que se ve envuelto en un proceso de selección laboral en el que en principio compiten cinco mil personas. Cuando el número se reduce finalmente a seis aspirantes, la dinámica entre ellos se complica al ser informados de que tendrán que elegir a un único ganador a través de una discusión grupal, presenciada por el comité seleccionador. Los seis finalistas, en principio bien avenidos y con buena voluntad, deciden tomar tan compleja decisión mediante votaciones periódicas, pero todo da un giro imprevisto cuando reciben seis sobres anónimos y en cada uno de ellos se destapan sus trapos más sucios.

Lo ocurrido a lo largo de esta prueba de selección, sucedida en 2011, se va alternando con entrevistas a los participantes, realizadas por otro personaje casi una década después. Estas dos líneas temporales se complementan para que el lector vaya haciéndose una idea (posiblemente equivocada) de quién fue el responsable de enviar los sobres. Hay una única persona que pretende sabotear las opciones de los demás para conseguir el empleo, y averiguar de quién se trata pasa a ser el foco de atención de la novela. Es una de esas historias en que la interpretación de los acontecimientos cambia cuando conocemos los testimonios posteriores, y en que lo narrado por los protagonistas es, como mínimo, parcial y sesgado. La dosificación de la información y las revelaciones a lo largo de la trama funcionan de manera intrincada, quizá tanto que a veces resulta algo rígida.

Pero en realidad, lo más interesante es que el lector explorará si la novela funciona igual de bien como un mecanismo de suspense que como una reflexión sobre lo que ocurre en las relaciones humanas cuando el éxito profesional se convierte en una competición extrema. Estas cuestiones sociales y morales están bien integradas en la trama, pero en ningún momento nos invitan a extrapolar los personajes, sus reacciones, los diálogos o los ambientes a cualquier país del mundo que no sea Japón. Es decir, la cultura japonesa y el hecho de que el autor también lo sea se filtran en cada página, y aunque no deja de ser fascinante, también puede dificultar que el lector ajeno a esa cultura se vea totalmente identificado.

No es esto, sin embargo, un elemento que deba desanimar a la lectura de Los seis finalistas. Se trata de un thriller psicológico que no solo entretiene hasta la última página con un ritmo ágil y una estructura que mantiene la intriga. También es una historia que, desde la aguda visión de su autor, plantea muchas preguntas interesantes sobre el éxito, las apariencias, la verdad y la naturaleza humana.

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