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Cubierta de 'La restauración de la cultural cristiana'

Cubierta de 'La restauración de la cultural cristiana'Homo Legens

'La restauración de la cultura cristiana': la revolución oculta en el sentido común

No hablamos de un lamento melancólico, sino de un manual de supervivencia para recuperar la cordura y la belleza en tiempos de ruido e ideología

John Senior lo vio venir mucho antes de que las pantallas devoraran el tiempo, el silencio y la atención. Hace ya décadas, este profesor universitario estadounidense advirtió que Occidente se precipitaba peligrosamente hacia el vacío. Hoy, al sumergirnos en las páginas de La restauración de la cultura cristiana (reeditado con gran acierto en España por Homo Legens), uno no puede evitar la sensación de estar leyendo a un profeta lúcido, más que a un simple ensayista conservador.

Cubierta de 'La restauración de la cultural cristiana'

Traducción de Rubén Peretó Rivas. Homo Legens (2023). 224 páginas

La restauración de la cultura cristiana

John Senior

Si en su obra anterior, La muerte de la cultura cristiana, Senior firmaba la autopsia de nuestra civilización, en este libro nos lanza un salvavidas. Su diagnóstico es demoledor por su profunda sencillez: lo que padece el hombre contemporáneo es, pura y llanamente, una desconexión total de la realidad. Ya no hablamos solo de una crisis de fe, sino de la incapacidad moderna para reconocer el bien, la belleza o la verdad sin reducirlos a un capricho puramente subjetivo.

Frente a la neurosis actual que nos exige reinventar nuestra propia naturaleza cada mañana al despertarnos, Senior propone un punto clave: volver a pisar la tierra. Su receta, fundamentada en las enseñanzas de Aristóteles y Santo Tomás, destila un sentido común que hoy irrita a la mayoría. De hecho, su consejo más célebre suena a manifiesto de guerrilla: «La restauración de la cultura cristiana empieza por tirar los televisores». Y ojo, no lo dice un ludita amargado, sino un humanista convencido de que nuestra imaginación, anestesiada por el ruido y la inmediatez, ha perdido por completo la capacidad de asombro.

Senior no nos pide debates teológicos de altos vuelos ni grandes asambleas. Nos pide volver al hogar. Reivindica recuperar la lectura de los clásicos en voz alta, salir a mirar las estrellas, pisar el barro, cultivar el jardín y cantar en familia. Defiende esa «vieja cristiandad» como la tierra fértil donde la fe y la razón pueden volver a respirar, plantando cara a un mundo enfermo de hastío y de un indisimulado odio hacia lo normal.

Es innegable que su punto de vista incomoda. El autor no hace prisioneros: sacude sin piedad tanto a los devotos del progreso tecnológico como a ese cristianismo que, por querer caer simpático al mundo, ha acabado sustituyendo el Evangelio por la sociología de púlpito. Sin embargo, incluso para el lector que disienta de sus posturas más tajantes, el libro resulta un formidable soplo de aire fresco; un hilo de Ariadna para encontrar la salida en el laberinto de la posmodernidad. Senior nos deja, en definitiva, una verdad insoslayable: la batalla decisiva para salvar lo que queda de nuestra civilización no se libra en grandes salones, sino en el cuarto de estar de los hogares, donde la gente se rodea del amor y el cariño de sus seres más queridos.

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