07 de diciembre de 2021

Detalle de portada. «Lejos de Egipto» de André Aciman

Detalle de portada. «Lejos de Egipto» de André Aciman

Ficción / Novela

Los olores de Alejandría se mezclan con el aroma de los cafés europeos

Divertidas y fascinantes memorias de una familia egipcia sefardí cuyos protagonistas se empeñan en ser occidentales
Detalle de portada. «Lejos de Egipto» de André Aciman

libros del asteroide / 352 págs. 

Lejos de Egipto

André Aciman

Alejandría, la ciudad fundada por el conquistador macedonio, ha sido durante siglos uno de los focos más preclaros de la cultura y de la confluencia de lenguas y razas. Llegó a ser plenamente egipcia, plenamente griega, muy romana, bastante judía. Gentil, cristiana y mahometana. Cuna de la famosa biblioteca —y germen de la filología, de la edición que hoy leemos de Homero, y de la traducción al griego del Antiguo Testamento—, sede del Faro que da nombre a nuestras torres para iluminar las costas y advertir a los navíos. Pocos lugares han resultado tan decisivos para la historia de la civilización, de la teología y de la transmisión de literatura. Como dice Armando Pego, «Alejandría es el vértice que traza el ángulo recto entre el lógos griego y la profecía judeocristiana». Allí compuso sus epigramas e himnos en lengua helénica el libio Calímaco (s. III a.C.) y allí nació, murió y está enterrado el poeta Kavafis (1863–1933), de familia emigrada desde Constantinopla.
En esta Alejandría —con calles que se llaman rue, señoras a las que llaman madame o signora, y minaretes con muecines que llaman a la oración a mitad de la noche y al alba—, ambicionada por Napoleón, los sultanes otomanos, la reina Victoria y el Afrika Korps de Rommel, nació también André Aciman (1951). De origen sefardí con raíces italianas y turcas, su lengua materna fue el francés, y acabó manejando el inglés, tras su arribo a Estados Unidos, idioma en que escribió este libro de memorias familiares. 
Desde las primeras páginas del libro se aprecia todo este poso histórico, religioso y sociológico: sus parientes fueron pasando de un país y un continente a otro, con una clara conciencia judía y, por tanto, occidental. Querían ser italianos, españoles, ingleses, y vivir como tales. Se educaron en colegios de jesuitas en Constantinopla, e intentaron ser y pensar como europeos entre los barrios egipcios. 
Sin duda, un entorno donde el empeño por mantener la identidad pugna con la facilidad con que pueden confundirse integración y asimilación. En cierto modo, Aciman es el contrapunto o complemento del también judío Stefan Zweig, uno de los más fervientes defensores de aquella Europa que hoy nos parece tan lejana. Un austriaco liberal, cosmopolita, amante de visitar Bruselas, París y Mónaco, y cuyos textos podría haberlos escrito igual un católico o un anglicano.

En cierto modo, Aciman es el contrapunto o complemento del también judío Stefan Zweig

En Lejos de Egipto, aparece con garbo el tío abuelo Vili, «un buhonero que llegó incluso a venderles el fascismo a los británicos … [y que] era tan devoto del Duce como del papa». Aciman se expresa con una naturalidad, y su relato es de una fluidez tan atractiva y ocurrente que, si lo comparamos con Zweig, deja al autor de El mundo de ayer y Momentos estelares de la humanidad en engolado. Humor y fascinante anecdotario es lo que va tejiendo la urdimbre de este libro. Porque la historia de Vili atrapa: «Había estudiado en Alemania, servido en el ejército prusiano, cambiado de bando cuando los italianos entraron en guerra en 1915 y, después de [la derrota de] Caporetto, se había pasado el resto de la contienda sentado en Chipre haciendo de intérprete, para regresar a Egipto cuatro años después». 
Y porque en este libro no sólo nos topamos con una trama de identidades, sino de cambios de época y de transmutaciones personales y familiares, que nos llevarán incluso al Japón. Junto al tío Vili, todo el elenco de chisposos parientes, como Isaac, Marta, Albert, Flora, Esther o Clara, con dramas humanos que nos sonarán muy próximos, muy frescos. Sin desdeñar el trasfondo histórico, como las matanzas de armenios a manos turcas.
Piedad, risas, picardía, emoción, detalles cotidianos. Eso es lo que encontramos en esta deliciosa narración que prescinde de aderezos fútiles, y cuyos protagonistas no se caracterizan por los remilgos. Vidas que nos recuerdan a las nuestras y que nos interpelan en una época que, como la de aquellos judíos con aire occidental, nos zarandea. Entre mujeres árabes que hacen la colada, echan mal de ojo o beben té, boticarios coptos, mercados en que se puede oír hablar en ladino, y sacerdotes griegos, Aciman recrea la atmósfera de su Alejandría natal, donde olía a manzanilla, a ajo, a mirra, a pimientos fritos, salmonetes y yogur.
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