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Anne Brontë dibujada por su hermana Charlotte

Anne Brontë dibujada por su hermana Charlotte

‘La inquilina de Wildfell Hall’: la gran novela decimonónica, al servicio de una mujer cargada de misterio

Esa fascinación que sus convecinos sienten por el personaje principal acaba por alcanzar también a los lectores gracias a la prosa elaborada y dilatada (casi seiscientas páginas) de la menor de las Brontë

A Anne Brontë (1820-1849) se la recordará siempre por pertenecer a una familia de escritores ilustres, junto a sus hermanas Charlotte y Emily y su hermano Patrick Branwell, y también por habernos dejado una obra escasa. Y, bien mirado, podríamos incluirla en un tercer grupo de autores: el de aquellos que murieron prematuramente, en su caso cuando tan solo tenía veintinueve años.

Cubierta de La inquilina de Wildfell Hall

traducción de Laura Fernández e ilustraciones de Mar Azabal
​Alma, Clásicos Ilustrados (2022). 560 páginas

La inquilina de Wildfell Hall

Anna Brontë

Obra escasa, decía antes con razón, pues nos dejó solo un par de novelas: Agnes Grey (1847) y la que acabo de leer, La inquilina de Wildfell Hall (1848), en la atractiva y pulcra edición de Alma Clásicos Ilustrados, en tapa dura, con traducción de Laura Fernández y hermosas ilustraciones de Mar Azabal.

Dividida en tres partes, entregadas al lector a modo de largas cartas y diarios, La inquilina de Wildfell Hall comienza con el relato de la llegada de Helen Graham, una atractiva y misteriosa mujer, y su pequeño hijo a la desabrida mansión de Wildfell Hall, en un condado de Inglaterra. En otras circunstancias y en otro momento –la novela está ambientada en la rígida época victoriana–, la mujer podría haber pasado desapercibida, pero exhibe grandes dosis de autocontrol y autosuficiencia y, lejos de necesitar la compañía de sus convecinos, hace todo lo posible por evitarlos, lo cual acaba por redoblar el interés en su persona y aumentar su aureola de misterio. ¿Quién es? ¿De dónde procede? ¿Quién es su marido y quién es el padre del niño? ¿Por qué sobreprotege tanto al pequeño?

Esa fascinación que sus convecinos sienten por ella acaba por alcanzar también a los lectores gracias a la prosa elaborada y dilatada (casi seiscientas páginas) de la menor de las Brontë. Y así, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, vamos conociendo los pormenores de su vida anterior y posterior a su llegada a la vieja casa.

Suele decirse que La inquilina de Wildfell Hall es una de las primeras novelas feministas. No lo dudo. Helen encarna –y en esto me recuerda a Mujercitas, de Louisa May Alcott, que reseñé también en este diario– a una de esas mujeres cristianas, agradables pero dotadas de un fuerte carácter, de firmes convicciones y con un comportamiento moral intachable, que buscan su lugar en el mundo sin traicionarse a sí mismas.

Helen se casa con el hombre equivocado, Arthur Huntingdon, un tipo engreído de costumbres disipadas. Pronto descubre que se ha entregado a un hombre de mal carácter al que no consigue reconducir por el buen camino. Aficionado al alcohol y a las juergas con sus rudos amigotes, Arthur es un compañero insensible que abandona el hogar durante semanas o incluso meses para irse a Londres, sin dar explicaciones verosímiles. Y ese matrimonio mal avenido es el motor trágico de la narración, pues a la buena mujer se le niega el amor romántico no solo con su marido, sino también con cualquier otro hombre que sea digno de ella, como es el caso de Gilbert Markham, que es precisamente quien se encarga de presentarnos en las primeras páginas del libro a esta misteriosa mujer que habita la mansión de Wildfell Hall.

Por la novela se pasea un elenco de personajes, en ocasiones de profesión indefinida, que nos permiten hacernos una idea de cómo era la vida de ciertos matrimonios de clase social acomodada en la Inglaterra decimonónica, y también la del servicio doméstico.

Cotilleos, amores imposibles, infidelidades e hipocresías sociales nutren esta novela de Anne Brontë en la que resplandece Helen Graham, una dama de gran talla moral (y literaria) que sabe compaginar un alto sentido del deber con un profundo respeto por su condición de mujer y madre, algo que su egoísta y desaprensivo marido intenta arrebatarle.

Cuando empecé a escribir, hace ya demasiado, un amigo escritor, Julián Rodríguez, me aconsejó que leyera «para empezar, doscientos libros. No son muchos. Pero, como inicio, leer doscientos buenos libros no está nada mal», concluyó.

Extiendo su sabio consejo y animo a los lectores a que incluyan La inquilina de Wildfell Hall en ese posible canon de 200 libros imprescindibles. No se arrepentirán de darle una oportunidad a esta magnífica obra clásica que se presenta ante nuestros ojos con las virtudes de la mejor novela decimonónica.

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