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Cubierta de 'Cuentos completos'

Cubierta de 'Cuentos completos'Páginas de espuma

¿Qué sentido tiene leer hoy a un clásico centroeuropeo del siglo XX?

Joseph Roth va más allá de ser un gigante literario, es un aviso a navegantes de lo que se nos avecina, y una brújula satírica de todo lo que no hay que hacer para sobrevivir

No es que la historia se repita, es que el ser humano siempre se empeña en tropezar con la misma piedra. Cuando nos encontramos inmersos al final de un súperciclo económico de Kondrátiev, nada como rescatar a los clásicos que, como Joseph Roth, hace un siglo vivieron, sufrieron y sucumbieron a un periodo similar. No sin antes escribir novelas como La marcha Radetzky o La cripta de los capuchinos que elevaron a Roth a la cima de la literatura centroeuropea.

Cubierta de 'Cuentos completos'

traducido por Alberto Gordo. Páginas de Espuma (2024). 361 Páginas

Cuentos Completos (1916-1939)

Joseph Roth

Roth, nacido en 1894 en Brody, Imperio Austrohúngaro y actual ciudad ucraniana, fue un escritor y periodista fallecido en 1939, cuyos Cuentos completos publica la editorial Páginas de Espuma con una excelente traducción de Alberto Gordo.

Al autor le tocó vivir su infancia en un imperio; una juventud entre la Primera Guerra Mundial y el caos de la descomposición imperial, y una madurez de exilio, desamparo y crisis existencial –Joseph Roth nació judío y murió católico converso– tras la anexión de Austria y el nazismo.

En lo personal, la vida de Roth estuvo marcada por el infortunio, el nomadismo, la crisis financiera, la emocional –su mujer sufrió esquizofrenia– y a pesar del éxito literario, con una afición a la bebida con la que no se ayudó.

La suma de todo debió desarrollar en el autor una capacidad extraordinaria de observación, junto a una sensibilidad casi enfermiza para narrar personajes rotos en una época de caos; personajes que toman decisiones equivocadas y sucumben de una u otra manera, devorados por los gigantes de la época y de un entorno al que no saben adaptarse.

El trepa, el adúltero, el ladrón, el cobarde, el incauto, aquel que fracasa en su búsqueda del chollo; como el vender la soga de un suicida porque trae buena suerte. Pero también para retratar a quienes sintieron miedo para tomar una decisión vital, al soñador que fracasa, a quien pacta con la indecencia, o al que se sumió en el exceso.

O aquel otro; comerciante de corales que ve cómo su mundo se derrumba ante la irrupción de los falsos corales industriales y de nueva tecnología que hunden a los auténticos. ¿Nos suena algo así relacionado con la IA en el momento presente?

Joseph Roth observa a sus semejantes, y concluye en cada cuento una receta de un cóctel cargado de sátira, y unas gotas de aparente cinismo y misantropía.

Como al describir a la cazadora de fortunas que tras el éxito, cae en las garras de un canalla mujeriego; pero también nos describe al necio quien en su debilidad no se atreve a ver su realidad. ¿Quién no conoce un caso así?, o mejor, ¿quién no lo ha sufrido en propias carnes en algún momento de su vida?

Tic-toc, tic-toc; y quién no está pensando en la que nos viene encima, si es que no ha llegado ya. ¿Qué hacer? Desde luego, todo lo contrario de lo que hizo el aristócrata que se niega a asumir el fin de la monarquía mientras el Imperio ya no es más que una geografía inexistente.

Cierto, los únicos honrados a quienes les fue bien –y que aparecen en uno solo de los cuentos– fueron aquellos que supieron anticiparse y emigraron –¿algo se repite?– a la Argentina. Gente decente que cumple los preceptos, envían cartas a familiares y amigos de su ciudad de origen, y les recuerdan con cariño.

Cierra esta edición la novela corta titulada La leyenda del Santo Bebedor, que narra la necesidad de un indigente alcohólico de cumplir una promesa a Santa Teresita de Lisseux; la suerte le sonríe pero su debilidad vence a quien ya está roto. Por mucho bueno que le pase, solo le servirá para abandonarse en busca de un final para su alma. Algo similar a lo que le sucedió al autor, al morir de alcoholismo a los pocos días de la que fue su última publicación.

Al concluir la lectura de la última página, se pide al libro una lectura pausada, dejando espacio para la reflexión entre cuento y cuento; personaje y personaje.

Para quienes sean creyentes, esta recopilación puede bien ser un catálogo de personajes sin fe en tiempos de caos, desorden moral y nostalgia por un pasado mejor. Para otros, los cuentos de Roth son un delicioso catálogo de torpes y mindunguis tratando por sobrevivir a merced de la circunstancia.

En definitiva, ahora conviene retomar a los clásicos por aquello de –como decían en la antigua Roma– «Barbam propinqui radere, heus, cum videris, prabe lavandos barbula prudens pilos», o, «cuando veas afeitar la barba de tu vecino, ten la prudencia de poner la tuya a lavar».

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