Soldados del Ejército Popular de Liberación chino recitan el «Pequeño Libro Rojo» de Mao Zedong
'La Revolución Cultural': los años del delirio en la China de Mao
El historiador Frank Dikötter reconstruye desde abajo el caos maoísta que devoró a millones de chinos en nombre de la pureza revolucionaria
El 25 de febrero de 1956, en el Palacio del Kremlin, Nikita Jruschov detona una bomba política. En el discurso de clausura del XX Congreso del Partido Comunista de la URSS, denuncia durante cuatro horas los crímenes de Stalin: el culto a la personalidad, las purgas, el terror interno y la distorsión del leninismo. El auditorio está consternado. Días después, el mundo conoce aquel «discurso secreto». Uno de los que toma nota es Mao Zedong.

Traducción de Joan Josep Mussarra. Acantilado (2025). 590 páginas
La Revolución Cultural. Una historia popular (1962-1976)
Mao, hijo de campesinos acomodados, fue uno de los fundadores del Partido Comunista Chino en 1921, ganó la guerra civil y proclamó la República Popular China en 1949. Desde entonces, implantó el comunismo en el país, siguiendo una de sus máximas: «Gánate a la mayoría, oponte a la minoría y aplasta por separado a tus enemigos». Con la Reforma Agraria, la Represión de los Contrarrevolucionarios y otras purgas, causó en los primeros años entre tres y cinco millones de muertos. Tenía a China bajo su puño.
Tras el discurso secreto de Jruschov, Mao teme ser algún día olvidado o desacreditado –como Stalin– y se propone dejar una huella imborrable: la transformación total del país. Así nace el Gran Salto Adelante (1958-1962), un experimento de ingeniería social para industrializar China a un ritmo febril. Mao abole la propiedad privada, colectiviza el campo y concentra a millones de campesinos en comunas populares, imponiendo cuotas de producción imposibles y confiscaciones masivas de grano. La utopía agraria conduce a una hambruna devastadora que, según el historiador Frank Dikötter, cuesta la vida a 45 millones de personas.
El desastre del Gran Salto Adelante debilita a Mao dentro del Partido, pero no está dispuesto a ceder su papel de guía supremo. Prepara su regreso apelando a la pureza ideológica y al fervor revolucionario. En 1966 lanza la Revolución Cultural, una cruzada para purgar al Partido, reeducar a las masas y restaurar su autoridad absoluta. Dikötter reconstruye ese proceso desde abajo, a partir de cientos de testimonios y de documentos inéditos procedentes de archivos chinos. Narra la «intrahistoria» (Unamuno) de esa revolución: la experiencia cotidiana de millones de personas corrientes, atrapadas en un torbellino de violencia política, fanatismo y humillaciones públicas. Como Robert Service o Anne Applebaum en sus estudios sobre la URSS, Dikötter escribe como un fiscal paciente: con pocos adjetivos, dejando que sean las voces y los documentos los que formulen la acusación.
La Revolución Cultural comienza el 1 de junio de 1966 con un editorial incendiario del Diario del Pueblo, que exhorta a «barrer a todos los monstruos y demonios». Las ciudades se llenan de carteles acusatorios y de llamamientos a vigilar y denunciar. En las «sesiones de lucha», se obliga a profesores y funcionarios a desfilar con capirotes que anuncian sus crímenes, bajo turbas que les increpan. En una semana, diez mil estudiantes de Beijing son tildados de «derechistas». Los Guardias Rojos toman las calles al grito de «¡Rebelarse está justificado!» y se fuerza a veinte millones de jóvenes a mudarse a las zonas rurales para ser reeducados por los campesinos. Beijing recuerda el París revolucionario de 1792, tal como lo describe Chateaubriand: «Por las calles no se encontraban más que rostros aterrados o feroces. (…) El viejo mundo desaparecía; se veía a la gente llevar la casaca uniforme del mundo nuevo, (…) el último traje de los condenados del futuro».
Mao incita a destruir «las viejas ideas, la vieja cultura, las viejas costumbres y los viejos hábitos». Templos, bibliotecas y hogares son saqueados en nombre de la pureza revolucionaria. Se persiguen las faldas cortas, las trenzas largas y los pantalones ajustados; incluso se matan gatos, símbolos de decadencia burguesa. Las humillaciones y los ajusticiamientos se multiplican. Los cuadros del Partido, los Guardias Rojos y el Ejército de Liberación Popular se enfrentan por el poder. Como las consignas cambian sin cesar, el único refugio es alabar a Mao, «el sol rojo en nuestros corazones». «Mao era la revolución», escribe Dikötter. Su Libro Rojo se convierte en objeto sagrado. China se cubre de estatuas y pancartas que exaltan al Gran Timonel. En esos diez años mueren por represión cerca de dos millones de personas.
El comunismo maoísta –la revolución campesina continua, el culto al líder, la purificación ideológica mediante la violencia– sedujo a intelectuales occidentales e inspiró el terror de los Jemeres Rojos en Camboya y de Sendero Luminoso en el Perú. Fue una ideología aciaga, que arruinó a China y devoró a su propio pueblo. Hoy el maoísmo se ha desvanecido, pero pervive en China la dictadura del Partido único. En este libro, que concluye su Trilogía del Pueblo, Dikötter nos ofrece una ventana única al delirio de la utopía maoísta, que durante tres décadas sacudió a China como un seísmo.