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Cubierta de 'Un cementerio perfecto'

Cubierta de 'Un cementerio perfecto'Anagrama

‘Un cementerio perfecto’: corteza adentro late la vida

Cinco relatos cautivadores sobre la búsqueda de uno mismo por caminos a veces tortuosos

El argentino Federico Falco (General Cabrera, Córdoba, 1977) se dio a conocer en España con Los llanos, finalista en la 38.ª edición del Premio Herralde de Novela. Hace poco, Anagrama ha recuperado Un cementerio perfecto, que se publicó en su país por primera vez en 2016. Se trata de cinco relatos dispuestos con cierta simetría. El primero y el último son los más breves y enigmáticos. Entre medias se sitúan los otros tres, de extensión similar, unas cincuenta páginas cada uno. El que da título al volumen queda en el centro. Los unifica la presencia del mundo natural en entornos alejados de la gran ciudad, el protagonismo de personajes que buscan su afirmación o su camino en situaciones problemáticas u hostiles, y una escritura, la de Falco, siempre ceñida, exacta, eficacísima.

Cubierta de 'Un cementerio perfecto'

Anagrama (2025). 208 páginas

Un cementerio perfecto

Federico Falco

Falco es, sobre todo, un estilista sintético, de los que ejercen labor previa. Sabe mirar, ver y seleccionar fragmentos de realidad antes de dar con la palabra justa, que eclosiona en la prosa como una flor ya gestada en su yema. La precisión léxica es una constante, pero alcanza su mayor cota cuando se refiere a los variados elementos del reino vegetal que se mencionan en este libro. Falco pertenece a la categoría de autores, gozosa para el lector exigente, que no se conforma con la comodidad del hiperónimo, sino que le pone a cada árbol y a cada flor, pero también a cada gesto y a cada rasgo, a cada sensación, su nombre exacto.

Esta exuberancia contenida contrasta con las limitaciones para comunicarse que suelen sufrir los protagonistas de sus relatos. Cuando hablan, si es que hablan, predomina el laconismo en los diálogos. Parecen asemejarse a esos pinos cuyos anillos concéntricos expanden la madera «desde adentro, imperceptibles, tenaces, todo el tiempo». La corteza del silencio no siempre permite adivinar cómo puja sordamente la vida en el interior, cómo se van superponiendo en este caso las insatisfacciones de los personajes. Unas veces quedan insinuadas. Otras, las contemplamos en todo su dramatismo.

Los relatos más fragmentarios, con toques fantásticos, son el primero y el último. «Las liebres» nos presenta a un robinsón que ha huido del contacto humano para habitar una cueva en lo alto de la sierra. Desconocemos sus motivos. Entre las penurias y los gozos de una vida precaria en la naturaleza, asistimos a un extraño ritual: a cambio de protección frente a zorros y jotes, las liebres le ceden, asintiéndole con la cabeza, un lebrato para que se alimente. Sus huesos se suman a los que hay ya acumulados en una extraña pirámide sacrificial. Luego se descubre que el protagonista no está tan solo, y que cuenta con una amorosa presencia que vela por él. «El río», que cierra el volumen, transcurre en medio de una copiosa nevada. Es una fantasmagoría entre el sueño y la locura, dominada por el sentimiento de culpa de la señora Kim, que no ha cumplido lo que le prometió antes de morir a su marido, botánico impenitente.

Los relatos centrales son los de mayor enjundia. Liviano y hondo, irónico y desolador, «Silvi y la noche oscura» refleja la crisis vital de una chica de dieciséis años que suele acompañar a su madre a administrar la extremaunción a los moribundos por encargo del padre Sampacho, que está impedido. Un día decide declararse atea, para disgusto de la madre, pero se enamora de un joven mormón con olor «a niebla y pasto, a fogata de leña verde, a tintineo de rocío», que proviene de una conocida marca de desodorante. El choque del amor con otros intereses, la ilusión ingenua arrojada al fango y la terrible sordidez a la que se entrega Silvi como venganza y como redención extraña y dolorosa, configuran el retrato amargo de una adolescencia marcada por la incomprensión.

«Un cementerio perfecto» es el relato más complejo por el número de personajes que intervienen, y lo distingue del resto su tono de sátira. El intendente de un pueblo quiere dejar como legado el cementerio del título, porque se niega a seguir enterrando a sus paisanos en el pueblo de al lado. Además, su padre, de ciento cuatro años, está a punto de morir, y pretende que reciba la sepultura más digna. Pronto se descubren imposturas, rencillas y corruptelas de todo tipo. El protagonista, que lleva diseñadas cuarenta y ocho necrópolis ex novo, es un esteta de lo suyo, pero también ofrece sugerencias de inversión en su ciudad de los muertos a quien se las pide, lo que acabará ocasionándole problemas. Entregado por entero a una actividad profesional y artística que parece llenarlo, termina dándose cuenta de que los proyectos ideales tienen difícil culminación cuando dependen de los demás, y aparte, descubre por caminos oblicuos una soledad hasta entonces inadvertida.

Delicado y poético hasta anudársenos en la garganta es «La actividad forestal». El viejo Wutrich y su hija Mabel son seres desplazados. Han vivido siempre solos, en una plantación de pinos que ahora se va a talar. Preocupado por el futuro, con un primitivismo casi animal pero profundamente tierno, el viejo ofrece a Mabel a cualquier hombre que quiera casarse con ella. Le pone flores en el pelo como cuando era niña y le tapa los mechones grises. Contra su voluntad inicial, Mabel acepta a Sakoiti, un japonés que se interesa por ella. El anciano se queda en una residencia y la pareja se desplaza a donde vive el pretendiente, una colonia rural de compatriotas suyos dedicados a la floricultura. Wutrich desea volver al pinar, con su «frescura umbría, cítrica y polvorienta», mientras Mabel descubre que el respeto y la sensibilidad con que la trata ese hombre bueno acaso le depare una inopinada plenitud tranquila. Las palabras finales, pronunciadas por Sakoiti, son un hermoso canto al optimismo y a la confianza: «Vamos a estar bien, dijo. Solo es cuestión de tiempo». Un trenzado de sutilezas. Un relato magistral.

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