Cubierta de 'Terrorismo y represión'
‘Terrorismo y represión’: la violencia en el ocaso de la dictadura
Análisis colectivo y riguroso sobre la violencia política en los años finales del franquismo. Un periodo clave para entender la transición democrática y sus consecuencias en la memoria pública
Este libro, que ha contado con el apoyo del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo y de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, ha sido coordinado por Gaizka Fernández Soldevilla, María Jiménez Ramos y Josefina Martínez Álvarez, quienes ya tienen una trayectoria seria en la investigación sobre la temática terrorista en nuestro país. En esta obra reúnen a historiadores, juristas y periodistas, que en sus capítulos diseccionan un periodo difícil de entender y analizar por la contaminación política procedente de la transición a la democracia. La elección de los autores le da una profesionalidad que se agradece y que es el mejor testimonio para el fallecido profesor de la UNED, Juan Avilés Farré, pionero en estos estudios.

Tecnos (2025). 336 páginas
Terrorismo y represión. La violencia en el ocaso de la dictadura
La introducción de Gaizka Fernández no es un trámite; tiene un valor propio al introducir el origen del plural terrorismo en España, en paralelo al que aparecía en Europa, revuelto con los profundos cambios sociales del mayo del 68 y la tercera ola terrorista. El trabajo puede resultar corto en el periodo cronológico, por ser la bisagra entre el tardofranquismo y el proceso de constitución de las nuevas instituciones democráticas, cuando se dieron los verdaderos años de plomo del terrorismo, principalmente por parte de ETA.
Sin embargo, el origen del terrorismo, eludido anteriormente por formar parte de la lucha contra el régimen anterior, ha provocado el abandono de las familias de las víctimas y, por el contrario, ha ayudado a victimizar a los terroristas, a los que se les aplicó la ley que imperaba en aquellos momentos, inspirada en los códigos liberales del siglo XIX.
Entre los autores que colaboran en el libro, Julio Gil Pecharromán analiza el contexto político entre 1974 y 1976, con la crisis del gobierno de Arias Navarro, la fragmentación de las familias políticas del franquismo y la presión de una sociedad hacia un aperturismo que quedó roto con el asesinato de Carrero Blanco. En el segundo capítulo, José María Marín Arce estudia el incremento de la oposición social en la calle, con el reforzamiento de la represión por parte del gobierno, que destruye la imagen conseguida por los tecnócratas de Carrero Blanco. A continuación, la jurista Mireya Toribio Medina compara las políticas antiterroristas que se van dando en Irlanda del Norte, Italia y España, países con el mayor número de asesinados por terrorismo, y que buscaban la mayor efectividad en cortar el río de sangre, aunque con consecuencias.
Después, Manuel Calderón nos descubre el Movimiento Ibérico de Liberación (MIL), un grupo de corta vida, pero que fue pionero en la violencia y uno de cuyos miembros, ejecutado por asesinato, Salvador Puig Antich, nos muestra el ejemplo claro del proceso de idealización de un delincuente con delito de sangre como militante de la resistencia. Caso semejante al que Gaizka Fernández Soldevilla nos analiza con el caso de los terroristas de ETA y FRAP ejecutados en septiembre de 1975, y convertidos en símbolos del antifranquismo, siendo homenajeados hasta la actualidad.
En el capítulo siguiente, Carmen Ladrón de Guevara Pascual nos descubre, a través de los consejos de guerra, al Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP). Mientras, Roncesvalles Labiano y María Jiménez Ramos tratan el difícil punto de los terroristas ejecutados debido a sus delitos de sangre, y posteriormente ensalzados por la Ley de Memoria Democrática. En el momento actual, los terroristas ejecutados por la ley son calificados como víctimas del régimen anterior, siendo ensalzados y sus familias reconocidas, mientras que las de sus víctimas asesinadas son olvidadas y marginadas.
En el siguiente capítulo, Víctor Aparicio Rodríguez estudia otro difícil punto: el papel de Francia como retaguardia segura de ETA, sin cuya protección los sicarios de ETA no hubieran podido reorganizarse y transformarse en una de las bandas más letales de Europa. El autor trata el papel de la internacionalización, que tendrá en el futuro la difícil misión de retirar la imagen positiva que los asesinos de ETA han tenido en Europa.
Por último, Josefina Martínez Álvarez valora el fenómeno terrorista a través de su estudio en la producción cinematográfica. En él va retratando cómo el cine ayudó a dar una imagen positiva de los sicarios de ETA, dándoles un rol protagonista para que el público simpatizase con su postura. Únicamente ahora, con el transcurso del tiempo, el cine retrata a las víctimas como personas y sus asesinos aparecen como lo que son.