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Cubierta de 'El cabello de Venus'

Cubierta de 'El cabello de Venus'Impedimenta

'El cabello de Venus': habitar para siempre en la palabra

Traspasada de amor, dolor y tiempo, se desangra esta novela portentosa en hemorragias de belleza

Mijaíl Shishkin (Moscú, 1961) es uno de los intelectuales rusos más críticos con Putin y sus tropelías. Lo hemos conocido, al menos en España, tras sus declaraciones rotundas contra la guerra en Ucrania. Esta presencia pública ha contribuido, felizmente, a que se vaya traduciendo su obra en nuestro país. Armaenia rescató en 2023 la novela Sasha y Volodia. Al año siguiente, Impedimenta publicó el conjunto de ensayos breves Mi Rusia. Hace poco ha visto la luz en la misma editorial El cabello de Venus, considerada la máxima expresión de su genio hasta el momento. Las loas promocionales que la acompañan están justificadas.

Cubierta de 'El cabello de Venus'

Traducción de Marta Sánchez-Nieves. Impedimenta (2026). 512 páginas

El cabello de Venus

Mijaíl Shishkin

Se publicó por primera vez en 2005. Para elaborar esta novela, Shishkin tomó como inspiración varios episodios relacionados con su propia vida, sobre todo tres: el trabajo como intérprete de ruso en unas oficinas para solicitantes de asilo en Suiza, la ruptura con su mujer, que conllevó también el apartamiento del hijo, y la lectura de los diarios de juventud que escribió su madre, maestra. Esos elementos, debidamente mixtificados, más algunos otros recuerdos e invenciones, son el varillaje de la trama. Trama por así decir, porque en estas páginas, más que hechos, hay efluvios de hechos, que quedan como vaporizados, aroma de trasposición literaria. Y es que esta es una obra que parece escrita, por momentos, en estado de ensoñación, trance o delirio. Hay páginas en las que el lector no sabe bien qué terreno pisa, pero, según avanza, las concomitancias, los retornos, los paralelos sutilmente desviados le hacen ver o intuir un sentido que se le acaba revelando casi por irradiación poética.

Comienza la novela con el que será uno de sus ejes principales, que aparece de forma recurrente: el intérprete, al que se denomina truchimán, hace su trabajo en la oficina del ministerio. Traduce las historias de quienes buscan asilo. Sórdidas, terribles. Muchas tienen que ver con la brutalidad en Chechenia. Alguna, con la que se ejerció antes en Afganistán. Formalmente, estas secuencias se presentan de forma dramatizada, con el esquema pregunta-respuesta. La frialdad del acta agudiza por contraste el terror del que vienen esos personajes. O del que afirman venir, porque el funcionario debe ser capaz de detectar al mentiroso y cerrarle el paso. Las historias se multiplican, día tras día. Cobran vida propia. El truchimán, alocado y desbocado, acabará entremezclando la realidad de los otros con los recuerdos de su vida en esa plantilla del acta oficial, despojada ya de su esencia administrativa para dar voz a unos agonistas fantasmales.

Otros dos ejes intermitentes de la novela son las supuestas postales enviadas, o no, a un tal Nabucodonosaurus –parece aludir al hijo ausente–, que se caracterizan por una desbordada fantasía, y la recreación de experiencias del pasado con la que fue su mujer, a veces también con ella y el hijo. La relación de la pareja aparece tras múltiples veladuras, mutaciones y máscaras. Unas veces, se denomina a los amantes Dafnis y Cloe. Otras, Tristán e Isolda. Las referencias culturales no son adorno ni alarde, sino esencia de una obra en la que se viene a decir que todos somos todos y que las guerras son una sola. En algunas secuencias aparecen los persas de la Antigüedad, sin mayor explicación, con la misma naturalidad con la que comparece el Ejército Rojo. Uno de los momentos más bellos es la confluencia sincrónica, imposible, de una masa de helenos guiada por Jenofonte y una masa de chechenos que huye de la persecución de Stalin. Exhaustos todos, confraternizan y emprenden juntos el camino hacia el mar.

Buena parte de la novela la ocupan los diarios ficticios de Bella Dmítrievna, cantante rusa de romanzas casi olvidada, cuya biografía iba a escribir por encargo el truchimán antes de encontrar su empleo en Suiza. Es la parte más ortodoxa del libro en lo narrativo, porque hay aquí una voz reconocible, tono de confesión sincera y cronología lineal. En diversas calas, entre principios del siglo XX y los años treinta, asistimos al reducto íntimo de la conciencia de una mujer más bien desdichada, desde su infancia hasta la edad madura. La verosimilitud y la belleza expresiva nos conmueven profundamente. Siempre en busca del reconocimiento, pero sobre todo del amor, Bella reconstruye también con detalles vivísimos la cotidianidad y el pulso de cada momento: los pogromos en Rostov, su ciudad; las desgracias causadas por la Gran Guerra y luego por la contienda civil tras la Revolución; el París de los veinte; atisbos de Moscú y San Petersburgo, y el regreso a Rostov. Estas páginas de los diarios entroncan con la mejor literatura rusa, profunda y doliente. Su calidad no desmerece de un Tolstói.

Torrencial y pletórica, con ansias de totalidad enmarañada, la novela abunda en desventuras, miserias, incluso en brutalidades, pero ofrece redención a través de la palabra, que todo lo vivifica, lo combina y lo custodia para siempre. Un pasaje del Libro de Baruc citado por Shishkin nos lo recuerda: «Pues con la palabra se ha creado el mundo y con la palabra ha sido resucitado». Al igual que el Adiantum capillus veneris, el helecho del título, que crece en un muro trasero del Panteón desde antes incluso de la fundación de Roma, la palabra comporta pervivencia, el existir obstinado, una forma de inmortalidad aún en este mundo. El truchimán le dice a Nabucodonosaurus en una de sus postales: «Nunca sabes en qué imperio te vas a despertar y qué serás». Ahí está la magia de la escritura. Puedes fundar la eternidad que quieras y habitarla.

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