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Cubierta de 'Las crines'

Cubierta de 'Las crines'Siruela

'Las crines': el mapa de la compasión, cartografía del alma en la pampa infinita

Un hombre se interna en la pampa argentina persiguiendo su propia desaparición y acaba descubriendo que solo cuidando de otro ser vivo es posible cuidarse a uno mismo

La concesión del Premio de Novela Café Gijón 2025 a Marc Colell (Barcelona, 1975) por Las crines no constituye únicamente el reconocimiento a una trayectoria literaria coherente y exigente, sino la confirmación de una voz singular que ha hecho de la melodía de la frase una herramienta de conocimiento moral. Profesor de secundaria afincado en L'Escala y marcado por seis años de vida en Argentina, Colell entrega en esta breve e intensa novela epistolar una obra de introspección luminosa que trasciende la geografía para convertirse en una auténtica arquitectura de la identidad.

Cubierta de 'Las crines'

Siruela (2025). 156 páginas

Las crines

Marc Colell

La narración se articula a partir de un viaje inaugural: un hombre abandona España y se interna en el corazón de la pampa argentina con una llave en el bolsillo –la de la quinta La Magnolia– y una esperanza tácita de desaparición. Huye del «mundanal ruido» del Empordà en busca de un silencio absoluto, de una soledad concebida como refugio definitivo. Sin embargo, desde las primeras páginas, el texto se encarga de desmontar esa ilusión: incluso en la vastedad de la llanura, el ser humano aparece constitutivamente arrojado al encuentro con el otro.

La pampa, lejos de ofrecer una promesa de disolución del yo, se revela como un espacio de interpelación constante. A pesar de la aparente infinitud del paisaje, el narrador descubre que la conexión humana es ineludible e imposible de rehuir. Este hombre –definido con precisión como un «personaje sufriente», marcado por graves carencias afectivas desde la infancia– experimenta un punto de inflexión identitario cuando la comunidad local lo rebautiza como «Calesita» (tiovivo), un apodo que condensa su errancia interior y su progresiva integración en un microcosmos de personajes igualmente desamparados. La ausencia de nombre propio no es un detalle anecdótico, sino el síntoma de una identidad erosionada, aún incapaz de enunciarse a sí misma.

Uno de los grandes aciertos de Colell consiste en convertir el paisaje pampeano en un narrador total. La pampa no funciona como mero decorado ni como exotismo literario, sino como campo léxico, espacio ético y paisaje afectivo que obliga al protagonista –y al lector– a una atención radical. La supuesta monotonía de la llanura se revela como una trampa perceptiva: quien sabe mirar descubre una diversidad inagotable de pájaros, de gestos mínimos y de rituales cotidianos –el mate compartido, el asado, las conversaciones suspendidas– que devuelven densidad al tiempo vivido y rescatan la experiencia de la pura repetición.

En este proceso de reconstrucción subjetiva, los animales adquieren un valor simbólico central. El caballo Potricox, «viejo, manso y perezoso», se convierte en el núcleo de un deseo de cuidado que opera como motor de la transformación interior. Al pedir un animal para cuidar, el protagonista inicia –sin saberlo– su propia sanación. La novela formula aquí, con sobriedad y precisión, una ética del cuidado: solo es posible cuidarse a uno mismo a través del cuidado de los otros.

Las crines dialoga de manera explícita con la tradición gauchesca, pero lo hace desde una sensibilidad plenamente contemporánea, despojada de mitificación heroica. Aquí no hay épica del dominio ni idealización del campo, sino una lectura ética del territorio como espacio de convivencia vulnerable. En este sentido, la novela entiende la salud mental como una tarea narrativa: frente a un mundo marcado por la aceleración técnica y por un «pánico sin representación», Colell apuesta por el relato –por la carta– como forma de resistencia y de recomposición del sentido. A través de la escritura epistolar, el protagonista va hilando fragmentos dispersos de experiencia hasta convertirlos en conocimiento propio, alcanzando una integración de la conciencia que hace posible un habitar más pleno del mundo.

La prosa poética de Colell responde a una concepción exigente del lenguaje. Cada frase parece escrita desde una atención extrema a su ritmo y a su peso semántico. Este cuidado expresivo no es ornamental ni complaciente: constituye una respuesta directa al analfabetismo afectivo de nuestro tiempo. Al fijar la vivencia en una textura verbal densa y reflexiva, el texto rescata al sujeto tanto de la tiranía de lo puramente biológico como de la fugacidad narrativa impuesta por las redes sociales y la economía de la distracción.

A través de personajes secundarios memorables –como Alfonso Urrutia o el pastor enloquecido– el protagonista transita desde un cinismo defensivo hacia una compasión encarnada, aprendida en el roce cotidiano y en la palabra compartida. La novela recuerda, con una claridad nada sentimental, que el contacto cuerpo a cuerpo y la conversación sin prisa siguen siendo el único suelo firme sobre el que puede construirse una identidad habitable.

Las crines no habla solo de la pampa: habla de la necesidad urgente de reconciliarnos con un mundo en el que hemos nacido como extraños. En su brevedad, la novela contiene la inmensidad de una auténtica ecología del corazón y nos recuerda que el sentido de la vida no se improvisa, sino que se narra y se cuida con la misma paciencia con la que un jinete acaricia el pelaje de su caballo al caer la tarde.

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