Guerra de Independencia de Argelia
'Un asunto pendiente': cuando investigar un crimen es desenterrar el pasado del padre
Una trama criminal y una historia familiar marcadas por la guerra de independencia argelina
Nadie elige las historias con las que acaba encontrándose, de la misma manera en que nadie escoge el pasado del que procede. En la segunda entrega de la serie protagonizada por Philippe Andreani, es el pasado el que nos dibuja a un teniente Andreani roto, encerrado en sí mismo y cada vez más aislado del mundo. Así, el protagonista parece encarnar la figura del detective clásico del género negro. Estamos ante un hombre marcado por sus fracasos que vive enfrentado tanto al mundo que lo rodea como a la propia institución policial a la que pertenece. Expedientado y pendiente de una evaluación psicológica que determine si puede seguir ejerciendo como policía en Nancy, Andreani debe afrontar las consecuencias de una dudosa actuación policial.

Traducción de Susana Prieto Mori. Siruela (2026). 225 páginas
Un asunto pendiente
Hay, sin embargo, un elemento que introduce un contrapunto en esa caracterización, quizá demasiado estereotipada al inicio de la novela, del protagonista: Lisa, su hija, una joven que acaba de adentrarse en la vida adulta. De hecho, será ella quien le comunique que un anciano ha aparecido muerto, aparentemente por causas naturales, en la residencia donde trabaja. Es entonces cuando Cardona y Damien amplían la narración a una dimensión que trasciende la investigación criminal. Tras descubrir una serie de irregularidades administrativas –el fallecido carecía de número de la Seguridad Social–, Andreani averigua que el anciano era, en realidad, un teniente de Infantería del Ejército francés desaparecido durante una operación en Aurés en 1958, en plena guerra de Argelia.
A partir de este hallazgo, la novela ensancha sus límites temporales y entrelaza tres momentos históricos: el presente de la investigación, los años de la guerra de Argelia (1954-1962) y el periodo posterior al conflicto. Las líneas temporales se alternan y se entrecruzan con acierto y coherencia, en consonancia con el uso que Cardona suele hacer de este recurso en su narrativa policiaca. Así sucede también en Un bien relativo, donde confluyen el Madrid de los años ochenta, marcado por los niños robados, y el presente narrativo de 2015. Este entrecruzamiento temporal permite reconstruir la guerra de Argelia desde distintas perspectivas y a través de un contrapunto de voces narrativas. Aunque no estamos, ni mucho menos, ante una novela coral, los autores alternan el foco narrativo para incorporar las perspectivas de los mandos militares franceses, los combatientes del Frente de Liberación Nacional (FLN) y la población civil, entre otras.
Esta arquitectura temporal da cuenta de una de las marcas estilísticas más notorias de Cardona y Damien: el tratamiento procedimental de la investigación policial. De hecho, el propio Andreani formula esta premisa ante la psicóloga que debe evaluar si está en condiciones de reincorporarse a la Policía: «¿Sabe lo que permite resolver un caso la mayoría de las veces? Los testigos, los indicios, el error de un sospechoso. Cosas tangibles, concretas. Los hechos, vaya». Cardona y Damien construyen así una investigación que avanza y ahonda en los hechos concretos, los datos contrastables y los testimonios recogidos con rigor.
Sin embargo, este recurso narrativo no disipa el misterio en torno a la muerte del anciano. Los juegos de identidad, las nuevas víctimas mortales, los secretos familiares y, especialmente, la relación del padre de Andreani con la Sogemed –una turbia sociedad vinculada a los altos mandos militares franceses que contribuyó a legitimar algunas de sus controvertidas actuaciones durante la guerra de Argelia– mantienen viva la intriga detectivesca. La estructura temporal de la novela y el equilibrio entre el procedimiento policial y el enigma confluyen así en un desenlace que no solo resuelve las incógnitas de la investigación, sino que también adquiere un sentido íntimo para Andreani. Su viaje interior permite superar la imagen canónica del protagonista de novela negra que se dibujaba al inicio del relato. La posibilidad de comprender y perdonar a su padre introduce una nueva dimensión en el personaje y lo aleja del arquetipo del detective solitario, encerrado en sus propios fracasos.
En la transformación del protagonista desempeña un papel relevante el señor Timonier, propietario de un restaurante cercano al domicilio de Andreani al que el policía acude con frecuencia. Apodado por el teniente el Gran Serio, Timonier acaba convirtiéndose en cómplice y confidente. A través de sus conversaciones sobre jazz, gastronomía, literatura y arte, descubrimos una faceta de Andreani que contrasta con la imagen sombría y hermética de las primeras páginas. Estos diálogos, lejos de constituir un mero elemento literario costumbrista, contribuyen a perfilar un retrato más complejo y poliédrico del protagonista, en el que su aparente hermetismo convive con una notable curiosidad intelectual y una sensibilidad particular.