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Helene Carrere d'Encausse

Helene Carrere d'EncausseAFP

'Koljós': un hijo, entre el resentimiento y el perdón

Emmanuel Carrère ofrece en su último libro un retrato algo turbio de su progenitora, la famosa historiadora de la URSS Hélène Carrère d’Encausse

Salvo dos o tres menciones, no hay nada en Koljós que recuerde los homenajes que la Francia republicana rindió a Hélène Carrère d’Encausse, la prestigiosa historiadora de origen ruso, secretaria perpetua de la Academia, que murió en 2023 como consecuencia de un cáncer. Tampoco el libro, escrito por su hijo, Emmanuel Carrère, con una vasta obra a sus espaldas, es un reconocimiento. Lo que ha escrito es una especie de ajustes de cuentas, nada sutil, por cierto.

CUbierta de 'Koljós'

Traducido por Juan de Sola. Anagrama (2026). 448 páginas

Koljós

Emmanuel Carrère

Y es que, mientras Macron dirigía unas emotivas palabras en el funeral de Estado que presidió, su hijo estaba ya dándole vueltas a la vida entre bambalinas de su madre; recordando, en definitiva, ese perfil, cuestionable y taimado, que aparecía cuando se apagaban los focos de lo público.

Como siempre, Carrère habla de sí mismo, cumpliendo el preceptivo mandato de lo que se llama autoficción, un género del que no en vano es el máximo exponente. No escribe, pues, tanto para revelar quién fue su madre como para explicarse a sí mismo por qué se separó de ella y los turbios sentimientos que fueron proliferando en su interior. Apunta a delimitar los contornos de esa Hélène, como decimos, oculta tras su máscara hierática de historiadora o por debajo de la rigurosidad de su sovietología.

No es la primera vez que el escritor francés habla de su familia; de hecho, muchas de sus ramas, las más cercanas o lejanas, siempre han estado presentes, como una sombra, en la mayor parte de sus obras.

Hélène pertenecía a la alta aristocracia de ese país gigantesco y glacial que se extiende sin límites más allá de los Urales. Era una rusa blanca, con un destino marcado por la Revolución comunista, a la que la triste aventura de Lenin y Trotsky condenó al exilio. Los que se marcharon forzosamente cuando ardió el Palacio de Invierno perdieron sus posesiones y, con ello, su futuro. De la vida de Hélène desaparecieron las comodidades y tuvo, de la noche a la mañana tuvo, que afrontar la dura tarea de hacerse a sí misma.

Carrère expone los bandazos de la familia, la depresión y las maniobras de su abuelo, George, además de su tenebroso papel durante la Ocupación –del que trata Una novela rusa, con el consiguiente disgusto de su madre–. Recrea el ambiente de susurros y dobles sentidos en el que Hélène se acostumbró a vivir. Y, como contrapunto, emerge Louis, padre de Emmanuel y, por tanto, pareja de Hélène, un hombre algo pusilánime, con una existencia que se iba empequeñeciendo a medida que crecía la envergadura pública de Hélène.

Esta siempre se presentó como una mujer imperturbable, recia, enamorada, tal vez por fuerza, de la historia de su país natal y experta en la mezquina ideología que causó en él sus peores estragos. A la vez que Carrère despliega el problemático tapiz de su familia, ahondando en relaciones truncadas o dando conocer detalles íntimos de sus progenitores, expone hitos políticos recientes, como el desmoronamiento del imperio soviético, la llegada de Putin al poder o la pendiente autoritaria por la que se inclinó Rusia cuando el antiguo oficial de la KGB se apoltronó en el Kremlin.

Koljós es Carrère en estado puro, es decir, sus páginas constituyen un ejercicio de exhibicionismo que, en esta ocasión, deja al descubierto las contradicciones de su madre, a quien acusa de mentir, a quien juzga por haber convertido su vida en una mentira y herir a su círculo más cercano; ahí está Nicholas, el tío, con la inquietud por saber lo que hizo George; o Louis, a quien el adulterio de su mujer dejó hecho para siempre una piltrafa.

Emmanuel no resta mérito al trabajo intelectual de su madre, a pesar de que incide en sus últimos errores, afeándole su simpatía hacia Putin o echándole en cara su intransigente conservadurismo. En 1978, la académica publicó El imperio en pedazos, libro en el que anunciaba el declive soviético y la creciente fuerza de las corrientes desintegradoras; ese ensayo opera como una suerte de envés o trasfondo de este volumen y contribuye a aclarar la senda tomada por Putin desde que decidió combatir a los chechenos con la misma osadía que a los oligarcas. Crimea y Ucrania son solo bazas indispensables en la reconstrucción de lo que quedó dilapidado en 1989.

Pero cabe interpretar de otro modo estas páginas. Según Carrère, Rusia nunca ha logrado sobreponerse a la tragedia de la guerra civil. También «las familias quedan desmembradas por un suceso que las rasga», indica. Koljós narra sucesos más o menos graves que acabaron con un sueño imperialista, así como acontecimientos que llenaron de resentimiento y tristeza un hogar. Deja al final un sabor intensamente amargo: el de una mujer que, pese a las apariencias, no fue tan exitosa, el de un hombre prendido de ella, aunque frustrado, y el de un hijo que ha vivido siempre entre el resentimiento y la imposibilidad de perdonar.

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