13 de agosto de 2022

José manuel cansino

Alta gama en Alcampo

La subida del precio de los alimentos no sólo es una percepción; también es el resultado que arroja el servicio de estudios del BBVA cuando rastrea el gasto realizado con las tarjetas que emite

Los supermercados Alcampo fueron seleccionados por la Organización de Consumidores y Usuarios de España como los que ofrecían mejores precios durante el año 2021. La subida de precios ha hecho que el perfil de coches aparcados en ellos cambie de los utilitarios fabricados en la Europa del Este a también los coches de alta gama. La subida del precio de los alimentos no sólo es una percepción; también es el resultado que arroja el servicio de estudios del BBVA cuando rastrea el gasto realizado con las tarjetas que emite y en los terminales de puntos de venta (TPV) que gestiona. Son resultados muy apegados al terreno. Técnicamente son datos registrados y no encuestas, por tanto, mucho más fiables.
Los datos de esta entidad financiera multinacional española advierten de que si bien el gasto de los españoles sigue creciendo, su ritmo se va frenando a pesar de que los precios no den tregua. Si entre marzo de 2021 y marzo de este año la subida fue del 51 %, dos meses más tarde la tasa interanual (mayo a mayo) crecía diez puntos menos; al 41 %. Pero más interesante aún es el análisis desagregado de los componentes del gasto. Sube el gasto en bienes de primera necesidad, pero cae el gasto en servicios, turismo y entretenimiento; algo típico de las situaciones que anticipan crisis económicas. Los datos que ofrece el servicio de CaixaBank coinciden también en la caída de este tipo de gastos. Ambos datos pueden consultarse en el Cuaderno de Indicadores de Comercio Interior que publica el Ministerio de Industria. Este cuaderno ofrece una amplia panoplia de datos y, en rigor, no todos apuntan a una situación crítica, aunque la caída en gasto turístico parece ir en línea con la declaraciones de representantes de los operadores turísticos españoles. Estos operadores avisan que si bien casi todos los paquetes de este verano están vendidos, los de otoño se están vendiendo a un ritmo inferior lo que no augura nada bueno. No hay registro estadístico para este dato, lo he tomado de declaraciones en medios de comunicación de representantes del sector de manera que hay que tomarlos con prudencia.
Pero, ¿qué ocurre en el parking de los supermercados de precios ajustados para que convivan los utilitarios de gama modesta con los vehículos de alta cilindrada? Pues pasan muchas cosas, la mayoría al mismo tiempo, pero pocos análisis son capaces de conectarlas. Yendo de lo más inmediato a lo más líquido podemos espigar los siguientes comportamientos.
El precio de los fertilizantes –principalmente la urea 46 %– ha subido marcadamente (son muy demandantes de energía) y, para más inri, Rusia es nuestra principal suministradora. Si en enero de 2021 la tonelada de urea con un 46 % de nitrógeno se cotizaba a 265 dólares, en 2022 ha llegado a los 1.000. Esto ha disparado el precio de los cereales al tiempo que el bloqueo del comercio con Ucrania ha multiplicado el precio del maíz; componente principal del pienso animal. El precio del pollo ha subido un 35 % –de esto da buena cuenta el big data de las tarjetas del BBVA y de Caixabank–. La subida del precio del pollo ha arrastrado a otras carnes de consumo masivo como el pavo y el cerdo.
Demos una vuelta de tuerca e introduzcamos ahora el poder de negociación de las grandes cadenas de distribución. El poder de negociación de los jefes de compra de los grandes supermercados es fortísimo. La consecuencia es que, si bien actúan de ancla para la subida de precio de los productos agroalimentarios, también lo hacen de horca para esa industria que tiene a su izquierda unos costes de producción galopantes y a su derecha unos clientes con un poder de negociación fortísimo. Así las cosas, un plante en el suministro a las distribuidoras de alimentación no es descartable.
Sumemos otra vuelta de tuerca. En pocos años ha habido un proceso de concentración industrial líquido, silencioso pero muy fuerte. Industrias como la del cartón, el vidrio, los envases de metal o las propias empresas de transformación alimentaria se han ido fusionando con la consiguiente reducción de la competencia y aumento de su poder de fijación de precios y condiciones de suministro. Técnicamente es posible medir el grado de concentración industrial con índices como el de Herfindahl e Hirschman, pero las autoridades que velan por la competencia no parecen tener capacidad dada la magnitud del proceso de concentración.
Un último apunte obliga a señalar la irrupción de los fondos de inversión en toda la actividad económica. Desde que en 2008 para superar el estallido de la burbuja inmobiliaria los bancos centrales empezaran a inyectar dinero masivamente hay mucho capital financiero circulando en forma de fondos de inversión. Su práctica mayoritaria consiste en llamar a las puertas de pymes rentables, ofrecerles una buena cantidad o entrar como socios temporales negociando una ventana de salida a medio plazo y, en poco tiempo, aumentar el valor de la empresa y preparar el «pase» a otro fondo o empresa frecuentemente de mayor tamaño.
Todo esto ocurre sobre las espaldas de los que aparcan en Alcampo y similares para ser atendidos por empleados con un salario promedio de 1.200 euros que compran pollo un 35 % más caro porque, según les cuentan, el mayor productor de maíz –Ucrania– tiene bloqueados sus puertos por Rusia, aunque jamás había tenido la sensación de que podía haber vivido con la misma comodidad que un jeque árabe pues, en definitiva, tenían un producto estratégico. Una sorpresa que se han llevado al tiempo que mueren bajo la artillería rusa. Luego de pagar el pollo a precio de jamón de jabugo, la «comunidad de Alcampo» tiene que pasar por la estación de servicio a poner un litro de gasoil al precio de medio cuba libre. Es el coste para alcanzar la descarbonización, pero nadie se lo explicó así.
En breve habrá que gestionar el cabreo de los que aparcan en el supermercado, los que reponen en sus lineales y los que abonan el campo con la urea al precio de Vega Sicilia. Habrá quienes busquen sólo gestionar el descontento en términos de rédito electoral; unos lo harán con pancartas pero sin una sola medida factible, otros con bonos de todo tipo, como el de los 20 céntimos que ya engulleron las plantas refineras.
Desconfiemos de las soluciones mágicas a los problemas complejos. Suelen ser trampantojos. Desconfiemos también de los que invocan la moderación como bálsamo de fierabrás; no suelen comprar en Alcampo. Identifiquemos los problemas. Reconozcamos que la situación es compleja. Identifiquemos todos los problemas que coinciden en el tiempo. Ordenémoslos, oigamos a unos y a otros. Luego busquemos soluciones pero sin atajos.
  • José Manuel Cansino es catedrático de Economía de la Universidad de Sevilla y académico de la Universidad Autónoma de Chile / @jmcansino
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