26 de septiembre de 2022

Diego Barceló

Esta crisis es otro fracaso del intervencionismo

Un gobierno con ministros competentes ya habría iniciado múltiples reformas para evitar el derrumbe

Si tiene dos patas, un pico y hace «cuac», lo más probable es que estemos en presencia de un pato. Del mismo modo, si la deuda pública ronda el 118 % del PIB, el déficit fiscal acumulado entre 2020 y 2022 supera el 20 % del PIB, la productividad (PIB por ocupado) cae desde hace cuatro años, y las decisiones del Gobierno aumentan los costes de producción (salario mínimo, subidas de impuestos, contrarreformas, etc.), lo más probable es que la economía avance hacia una crisis.
Las crisis son la forma brutal con que la economía intenta recuperar los equilibrios que el intervencionismo estatal ha roto. Son el vómito tras una indigestión. Es cierto que también puede haber crisis económicas derivadas de catástrofes naturales, guerras y epidemias. Pero lo más común en nuestro tiempo es que las crisis deriven, fundamentalmente, de las políticas económicas intervencionistas, sean de raíz keynesiana o socialista.
¿Esto significa que una profunda crisis es algo inminente? No necesariamente. La normalización del turismo del exterior aporta miles de millones de euros más de gasto a la economía (en el segundo trimestre, unos € 19.000 millones más que en el mismo período de 2021). La propia creación de empleo (más de 700.000 nuevos puestos de trabajo en los últimos doce meses) supone que, a lo largo del año, las familias tendrán una capacidad de gasto unos € 18.000 millones superior a la de 2021. Ahora hay poco más de 20.000 asalariados en ERTE, cuando en el segundo semestre del año pasado fueron, de media, 215.000 personas. Quien está en ERTE cobra, en general, el 70 % de su salario; así, hay decenas de miles de personas que es como si hubieran tenido un aumento salarial.
Esos efectos, aunque irían perdiendo fuerza, permitirían mantener el empleo por encima de los 20 millones de personas hasta final de año. La economía conservaría cierto aire de «normalidad».
Pero por debajo de esa aparente normalidad, los costes de producción seguirán aumentando (por ejemplo, ya se anticipa una nueva subida del salario mínimo), la inflación seguirá carcomiendo los márgenes de las empresas (recortando su capacidad de invertir), la deuda pública seguirá creciendo y los tipos de interés continuarán la senda alcista que acaban de iniciar. Aunque el edificio se verá en pie, sus cimientos serán cada vez más débiles.
Un Gobierno con ministros competentes ya habría iniciado múltiples reformas para evitar la crisis. Por ejemplo, un presupuesto base cero para revisar todas las partidas del gasto público, la reducción del Impuesto de Sociedades para estimular la inversión y la creación de empleo, recuperar una fórmula de ajuste de las pensiones compatible con las posibilidades presupuestarias, vender empresas y activos públicos para amortizar deuda pública y desregular sectores para fomentar la competencia y la reducción de costes (horarios comerciales, servicios profesionales, etc.). Si además de competentes fueran audaces, podrían también plantear una reforma de las pensiones con cuentas individuales (como en Suecia) y una revisión de la política energética que levante el veto a la opción nuclear y a la explotación del gas que hay en Asturias y Burgos con el método del fracking.
Como es notorio, el Gobierno de Pedro Sánchez hace exactamente lo opuesto y prefiere avanzar por la senda planteada en el Manifiesto Comunista: confiscación de beneficios (ahora, energéticas y bancos; mañana, quién sabe), aumento de impuestos y del gasto público, parches que agravan los problemas (subvención a los combustibles) y medidas extemporáneas (ahorro energético). Para peor, lo hace con el guiño de la Comisión Europea (cuatro años de suspensión de las reglas fiscales) y el apoyo del Banco Central Europeo, siempre dispuesto a «echar una mano» (mecanismo para moderar las primas de riesgo). Instituciones europeas que, lejos de ser una salvaguardia, se han convertido en centros que exacerban el intervencionismo más dañino.
Cuando llegue la crisis, culparán a Putin, la pandemia o incluso al «cambio climático». Nosotros sabremos que será una nuevo fracaso de los socialistas de todos los partidos. Diego Barceló Larrán es director de Barceló & Asociados. @diebarcelo
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