Facturas
Los impuestos indirectos por los que el Estado se lleva la mitad de lo que genera un trabajador
el Gobierno niega la alta carga fiscal que tienen los españoles. Hace poco escuchábamos a la vicepresidenta primera y Ministra de Hacienda, la socialista María Jesús Montero, asegurar que «no hay ningún salario en este país, por alto que sea, que pague el 50 % del salario en impuestos». Pero la realidad es bien distinta.
Los expertos destacan que las personas trabajadoras apenas notan un alivio real en su día a día. «Lo que llega al bolsillo es una parte. La otra se diluye entre cotizaciones, impuestos y un modelo productivo que penaliza el esfuerzo», denuncia Abel Marín, abogado y socio de Marín & Mateo Abogados.
Una trabajadora, con un hijo adolescente a cargo, que percibe 1.884 euros brutos al mes, tras cotizaciones sociales e IRPF, su sueldo neto mensual se reduce a 1.584 euros. Sin embargo, el coste total para su empresa asciende a 2.491 euros, lo que significa que casi 1.000 euros de lo que genera no pasa nunca por sus manos.
«De ese salario neto, una parte importante se destina a bienes y servicios gravados con impuestos indirectos que pasan desapercibidos, como el IVA o los impuestos especiales», advierte este abogado. Esto supone, que esa trabajadora esta pagando una media de 250 euros mensuales en impuestos indirectos, según cálculos del despacho. Sumado al IBI o seguros, la carga fiscal total puede suponer hasta el 50 % del valor que realmente produce.
Uno de los puntos clave que denuncia Marín es la diferencia entre dos términos que tienden a confundirse: la presión fiscal y la carga fiscal. Mientras la primera mide el total de impuestos recaudados por el sector público de un país respecto al PIB, la carga fiscal es lo que realmente paga cada ciudadano. «Aquí reside la trampa. La presión fiscal española parece moderada en comparación con la europea, pero la carga fiscal real de quienes menos ganan es altísima y progresivamente injusta», denuncia el experto.
Modelo poco productivo
A este panorama fiscal se le suma una debilidad estructural del sistema productivo español. Entre los años 2000 y 2002, España ha sido el país desarrollado que más ha retrocedido en productividad, con una caída del 7,3 %, según datos del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (Ivie) y la Fundación BBVA. Alemania y Estados Unidos, en contraste, han crecido más de un 10 % en el mismo periodo. Incluso Italia, país con una caída de 5,1 %, ha tenido un mejor desempeño.
«El problema no es solo lo que se paga, sino lo poco que se puede generar», resume el experto. «Tenemos un modelo basado en sectores de baja cualificación, como la hostelería o la construcción, donde se necesita mucha mano de obra para producir poco valor añadido». Esta tendencia, asegura, «impide mejorar salarios sin tensar el sistema».
Subir los salarios sin cambiar la arquitectura fiscal ni el modelo productivo solo genera una sensación de avance, pero no un beneficio real. «Es normal que mucha gente se pregunte si la socialdemocracia les ha estafado», declara Marín, quien afirma que vivimos en un sistema que, pese a prometer protección, «apenas recompensa la eficiencia ni el trabajo bien hecho», afirma. Además, incide en que a la población le resulta imposible pasar por alto «décadas de corrupción sistémica a diestra y siniestra», una tendencia que genera una desconfianza permanente en la población.
«La desigualdad no está solo en los salarios. Está también en todo lo que se paga sin entenderlo. Eso también es injusticia», sentencia el abogado.