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Rafael Pampillón

El coste para España de los aranceles de Trump

Si los nuevos aranceles ya son una realidad –y lo son desde el 27 de julio–, España tiene que responder. Y no hablo de represalias, sino de estrategia.

Act. 03 ago. 2025 - 10:52

La economía no es una ciencia exacta. Pero sí es cruelmente precisa en una cosa: cuando se rompe el flujo del comercio, las consecuencias se dejan sentir. En los grandes centros financieros o en los olivares más humildes. Y eso es, exactamente, lo que está en juego tras la aprobación, el pasado 27 de julio, de los aranceles estadounidenses del 15 % sobre los productos europeos. La decisión, cerrada en una negociación exprés en Escocia, ha sacudido las relaciones económicas transatlánticas. Y España, una vez más, se encuentra atrapada en el medio.

El proteccionismo

No nos engañemos: los aranceles son impuestos. No los llama así quien los impone, claro, pero lo son. Se cobran a las importaciones, encarecen los productos y, como ocurre con todo impuesto mal diseñado, terminan pagándolos aquellos que menos pueden permitírselo: los consumidores del país de destino de las exportaciones y las pequeñas empresas del país de origen. El proteccionismo se presenta como defensa nacional, pero actúa como trampa local. Un espejismo.

Los aranceles son impuestos. Terminan pagándolos quienes menos pueden permitírselo.

Trump, como buen ilusionista de la política, ha convertido los aranceles en su varita mágica. Para él, el comercio no es colaboración, sino competición. Si Estados Unidos compra más de lo que vende, cree que está perdiendo. Como si la economía fuera un partido de fútbol donde sólo importase el marcador. Con ese criterio, ha desempolvado –y ahora activado– la artillería arancelaria contra Europa.

Impacto en España

El mensaje está claro: si exportas a Estados Unidos, pagarás. Da igual que seas una pequeña bodega riojana, una fábrica de calzado en Elche o un proveedor de componentes para BMW en Valladolid. Nadie está a salvo cuando el proteccionismo se viste de populismo.

A simple vista, España no parece el objetivo principal. No lidera las exportaciones europeas a EE. UU., ni participa en grandes disputas comerciales con Washington. Pero el diablo está en los detalles. Y los sectores donde España sí es fuerte (alimentación, moda, fármacos, componentes para coches, bienes de equipo) son precisamente los más vulnerables a los aranceles.

Los sectores donde España es fuerte son los más vulnerables a los aranceles

Imagínese que un litro de aceite de oliva entra ahora en Nueva York con un 15 % de sobreprecio. No es solo que se venda menos. Es que se pierden contratos, se reducen los márgenes y por tanto el empleo. Lo mismo ocurre con el vino, los quesos, los embutidos. Productos estrella que construyen nuestra reputación en el exterior. Y en los que ahora, por culpa de una decisión política ajena, nos quedamos en fuera de juego.

Por no hablar de las cadenas de suministro. España no exporta coches completos, pero sí motores, chasis, componentes electrónicos. Si Alemania o Francia producen menos porque venden menos coches a EE. UU., España sufrirá. Si a ellos les va a ir mal a nosotros también.

Una oportunidad

Mientras los países europeos están debatiendo sobre la idoneidad o no del acuerdo con EE. UU., España debe mover ficha. Su fortaleza no está en los grandes números, sino en las redes de pymes, en la diplomacia económica, en la creatividad de su sector exportador. Hay que invertir en inteligencia comercial, apoyar a los pequeños exportadores, impulsar acuerdos bilaterales. Usar el español como herramienta comercial, y América Latina como destino.

Que nos compren porque somos los mejores. A largo plazo, esa es la única receta viable.

Por eso, esta crisis puede ser una oportunidad. El desafío asiático, con sus precios bajos y competencia feroz, nos obliga a diferenciarnos. Invertir en calidad, en innovación, en marca. Apostar por el valor añadido y la sostenibilidad. Que nos compren no porque seamos los más baratos, sino porque somos los mejores. A largo plazo, ésa es la única receta viable.

La historia enseña

Los aranceles nunca han traído prosperidad. En los años treinta, con la Ley Smoot-Hawley, EE. UU. elevó sus tarifas y desencadenó una guerra comercial que agravó la Gran Depresión. Hoy, corremos el riesgo de repetir los mismos errores, aunque con discursos más televisivos.

Efectivamente, estos aranceles del 15 %, pensados para proteger al trabajador americano, acaban dañando también a sus empresas y ciudadanos.

En EE. UU., los aranceles suben los precios de los bienes de consumo y de los componentes que necesitan las empresas, interrumpen las cadenas de suministro y reducen inversiones.

¿Y ahora qué?

La gran paradoja es que, durante las últimas décadas, el comercio internacional y la apertura económica al exterior, ha sido el motor de la modernización para países como España. Sin la apertura de mercados, sin la integración europea, seguiríamos dependiendo del ladrillo y del turismo. Exportar bienes y servicios nos ha hecho mejores. Encerrarnos nos haría más pobres.

Si los nuevos aranceles ya son una realidad –y lo son desde el 27 de julio–, España tiene que responder. Y no hablo de represalias, sino de estrategia. No es hora de esperar, sino de actuar. El comercio debe ser eso: una oportunidad justa para competir.

Rafael Pampillón es profesor y director de Análisis Económico del IE Business School y catedrático de Economía Aplicada en la Universidad San Pablo CEU

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