Un trabajador en una obra.
La productividad, asignatura pendiente: «Un español produce un 30 % menos riqueza que un estadounidense»
Tras tres décadas de productividad estancada, el remedio del Ejecutivo se limita a subir salarios a golpe de decreto
La productividad es la madre del crecimiento futuro; la única forma real de escalar grados de bienestar individual y colectivo. Imprescindible para que los salarios resistan y el ahorro no se erosione. También la columna vertebral de cualquier plan de desarrollo, excepto si éste es español. Porque la productividad se ha convertido en la asignatura que nuestro país suspende cada septiembre desde los años 90: tres décadas en las que registra resultados decepcionantes y en las que, en consecuencia, el salario medio real apenas ha crecido un 2,76 % —de 32.157 a 33.044 euros, ajustados a 2024—, mientras la inflación acumulada se ha aproximado al 103 %.
España siempre es particular. Su crecimiento ha descansado en el factor trabajo, apoyado más en la acumulación de horas que en la capacidad de extraer valor de cada una de ellas. Hemos ganado 887 euros en treinta años y alcanzado la cuarta peor posición entre los 38 países de la OCDE. No somos competencia para vecinos como Francia o Portugal, cuyo crecimiento salarial real ha sido del 28,4 % y 21,2 %, respectivamente. «La atonía de la productividad española tiene raíces estructurales. No se debe a falta de esfuerzo: los españoles trabajan unas 280 horas más de media al año que los alemanes. El problema está en los sectores donde se emplea esa mano de obra y en los recursos disponibles», explica Xavier Gastaminza, economista y consultor estratégico.
La terciarización centrada en actividades de bajo valor añadido, una industria debilitada y un minifundismo empresarial —que limita la inversión, la innovación y el acceso a nuevos mercados—, atrapados, además, en un sistema fiscal que penaliza más de lo que incentiva, figuran entre las causas que la OCDE señala como responsables del estancamiento del poder adquisitivo en España.
«La productividad laboral apenas ha crecido un 0,7 % anual en las últimas décadas, frente al 1,1 % de la zona euro. Es un comportamiento prácticamente plano que ningún parche coyuntural ha logrado revertir». Más bien, al contrario: las políticas aprobadas en los últimos años –como la subida del Salario Mínimo Interprofesional (SMI), el aumento de las cotizaciones sociales o la falta de actualización del IRPF frente a la inflación– han encarecido aún más el coste laboral, el cual creció casi cuatro puntos porcentuales en 2024 respecto al año anterior.
Muchas leyes y poca inversión
La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, defiende que reducir la jornada laboral puede contribuir a mejorar la productividad. Sin embargo, no se atisba ningún otro movimiento a favor de ésta desde su cartera. De hecho, sus esfuerzos se han orientado a subir salarios bajo decreto, lo que se traduce en la hambruna del mañana. «En España, el SMI ha subido casi un 60 % desde 2018, muy por encima de lo que creció la productividad –que, incluso, bajó ligeramente durante ese periodo–. En este contexto, muchas pymes han visto crecer sus gastos más que las ventas, erosionando márgenes e inversión. Algunas estimaciones apuntan que las microempresas han dejado de crear unos 350.000 empleos respecto a la tendencia. Subir los sueldos a base de leyes genera ingresos inmediatos para algunos, pero supone una menor competitividad y contratación. La clave es incentivar la productividad y no solo el consumo», añade el experto.
España no tiene un problema de esfuerzo, sino de asignación de capital y escala, aunque la atomización empresarial –con apenas 4,8 empleados de media por compañía– no tiene por qué ser una condena perpetua al bajo crecimiento. El también inversor Gastaminza afirma que se requiere una estrategia de país capaz de impulsar la frontera de la productividad basada en invertir mejor, elevar las competencias de la fuerza laboral, garantizar un marco regulatorio estable y fomentar una competencia real en los mercados. «España sigue destinando apenas el 1,4 % del PIB a I+D frente al 2,2 % de la media europea. Necesitamos inversiones inteligentes: tanto públicas (infraestructuras, innovación) como privadas (tecnología, digitalización). Además, la inestabilidad política no ayuda a establecer un marco legal atractivo para el capital. Si las empresas tienen certeza y menos burocracia, se animan a invertir a largo plazo en proyectos productivos».
Ya lo decía el filósofo austriaco Friedrich Hayek: el estancamiento no es un fallo del mercado, sino la consecuencia de regulaciones que frenan la movilidad laboral y la acumulación de capital. Extrapolado al terreno nacional, esto deriva en un mercado de trabajo concentrado en industrias de baja productividad, como turismo y hostelería, donde crece el empleo, pero la eficiencia no mejora. «Un trabajador español promedio produce, aproximadamente, un 30 % menos riqueza por hora trabajada que uno estadounidense», apunta el consultor. Y no porque los españoles seamos más vagos –aunque nos hayamos (auto)creado esa fama–, sino por no saber canalizar los recursos: nos perdemos en el «saber hacer» que define el potencial de una economía.
Rentabilidad electoral
La lógica de las medidas tomadas por el actual Ejecutivo no es otra que «conseguir comprar el mayor número posible de votos en el corto plazo», asegura David Fernández, economista experto en pensiones y fiscalidad. «El SMI es, sobre todo, una barrera para jóvenes, inmigrantes y la España despoblada, ya que son los colectivos a los que le cuesta conseguir la productividad necesaria para compensar el coste. Datos de la OCDE muestran que países con menor intervencionismo (como Irlanda, por ejemplo) registran crecimientos de la productividad total de los factores (PTF) entre el 2 % y 3 % anual».
La inacción se paga cara y Fernández dibuja un escenario futuro altamente desalentador: «España afronta un colectivo de parados mayores de 50 años que se jubilarán pronto, una pirámide poblacional invertida y un generoso sistema de pensiones, por lo que harán falta muchos y muy productivos trabajadores. Este cambio se tarda en hacer entre 5 y 10 años y, actualmente, vamos por el camino contrario». Sin una profunda revisión de las políticas actuales, «seguiremos inmersos en un círculo vicioso de estancamiento salarial y baja productividad. La experiencia internacional respalda la propuesta de la Escuela Austriaca: aligerar el peso de impuestos y contribuciones al trabajador, indexar el IRPF a la inflación y bajar la presión fiscal para restaurar los incentivos del mercado», sentencia el economista.
Las previsiones señalan que hacia 2035 podríamos seguir con salarios reales similares o incluso inferiores a los actuales, competitividad erosionada y mucha menor capacidad de financiar un Estado del bienestar exigente. La trayectoria negativa de la PTF nos alerta de que nuestro patrón de crecimiento no es sostenible. La renta per cápita de España se ha alejado tres puntos frente a la de la UE y, en términos de PIB por hora trabajada, la brecha entre ambos alcanza los 14 puntos. Sin un salto sostenido en productividad, la aritmética no encaja y España corre el riesgo de quedar atrapada en tierra de nadie: ni costes bajos ni economía puntera, sino que relegada a servicios de bajo valor con una industria media sobrepasada por rivales más innovadores.