El precio del descontento: un malestar recorre Europa y cala entre el electorado
Mientras las élites políticas insisten en la integración europea, amplias capas de la sociedad sienten que sus problemas cotidianos no son atendidos
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez
En los últimos años, Occidente ha presenciado el ascenso vertiginoso de partidos de la derecha, relativamente de nueva creación. En Suecia, los Demócratas Suecos; en Alemania, Alternativa para Alemania (AfD); en Francia, el Reagrupamiento Nacional de Le Pen; en Italia, Meloni con los Hermanos de Italia; en España, Vox; y en Estados Unidos, Trump. En el caso alemán, las encuestas sitúan a AfD en primera posición con un 26 % de los votos.
Pese a sus diferencias nacionales, todos ellos comparten un rasgo común: el rápido crecimiento de su base electoral. Han sabido atraer a votantes desencantados con los partidos tradicionales, ofreciendo un relato que promete seguridad, prosperidad y soberanía.
Alianza Catalana es un ejemplo de cómo estas formaciones adaptan su discurso al entorno. Mientras Vox defiende la unidad de España, en Cataluña emerge una versión propia que combina xenofobia con independentismo. Su auge confirma una tendencia: cuando la ciudadanía percibe que los partidos tradicionales no responden a sus demandas, surgen alternativas radicales que capitalizan el malestar.
La raíz del malestar
El motor de este giro político es la inseguridad económica y social que afecta a amplias capas de la población. La globalización ha generado crecimiento, pero también desigualdades. El aumento del paro y la precariedad laboral han erosionado la confianza en las élites.
La inmigración en el centro
La inmigración ocupa un lugar central en la narrativa de la nueva derecha. Se la vincula sistemáticamente con el aumento de la criminalidad, la presión sobre los servicios públicos y la pérdida de oportunidades para los nacionales. Casos aislados de violencia protagonizados por inmigrantes se amplifican, y son utilizados como prueba de que la apertura de fronteras supone un riesgo para la seguridad.
Integrar a miles de personas recién llegadas cuesta dinero público (en educación, sanidad, vivienda), y muchos ciudadanos perciben que esas prestaciones se detraen de sus propias necesidades. ¿Quién no ha sentido que le dan cita médica para dentro de meses, o que conseguir una plaza escolar le resulta un calvario? Es en esa sensación de competencia por los servicios básicos donde la derecha encuentra un terreno especialmente fértil.
Este mensaje cala aún más en sociedades que han experimentado cambios rápidos en su composición demográfica, como Suecia o Alemania. Allí, el malestar provocado por la escasa integración de refugiados y migrantes se ha traducido en un apoyo creciente a partidos con un programa abiertamente antiinmigración.
Además, la derecha ha sabido reformular el nacionalismo en clave económica. Frente al liberalismo clásico, que apostaba por mercados abiertos, estos movimientos defienden el proteccionismo comercial, la defensa de la producción nacional y la soberanía energética y alimentaria.
Un cambio pendular histórico
No se trata de un fenómeno nuevo. La historia de Occidente está marcada por cambios pendulares que siguen a los periodos de recesión. Tras la crisis del petróleo en los setenta, la incapacidad de los gobiernos socialdemócratas abrió la puerta a líderes conservadores como Margaret Thatcher en Reino Unido, Ronald Reagan en Estados Unidos y Helmut Kohl en Alemania. Todos ellos gobernaron muchos años, e impulsaron reformas liberales que marcaron la economía de las siguientes décadas.
Uno de los factores que explica el éxito de la derecha es la incapacidad de los partidos tradicionales para dar respuesta convincente a los problemas actuales. Mientras las élites políticas insisten en la integración europea, amplias capas de la sociedad sienten que sus problemas cotidianos –desde la cesta de la compra hasta la lista de espera en el hospital– no son atendidos.
La eficacia de esta estrategia se apoya en un uso intensivo de redes sociales y en la explotación emocional de noticias sobre inseguridad, desempleo o pérdida de poder adquisitivo.
¿Hacia dónde vamos?
No obstante, hay margen para la esperanza. Si los partidos tradicionales recuperan la iniciativa con políticas que atiendan a las clases medias (reducción de impuestos, mejora de la formación profesional, fomento de la innovación y el emprendimiento, políticas de vivienda efectivas), podrán restar atractivo al populismo.
El fantasma de la derecha dura recorre hoy Occidente. Ha sabido capitalizar la frustración de quienes sienten que se han quedado atrás. A lo largo de la historia ha habido experimentos similares. Ojalá esta vez lo podamos frenar a tiempo.