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España pierde competitividad: los precios crecen tres veces más que en el entorno

Si, como se prevé, la inflación media de este año llega al 2,6 %, solo la revalorización de las pensiones costará en 2026 unos 5.500 millones de euros más que en 2025

Act. 05 oct. 2025 - 15:02

Patatas a la venta en Mercadona.

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La Oficina Estadística de la Unión Europea adelantó esta semana el dato de inflación de septiembre. Las noticias no son buenas para España. Los precios han vuelto a subir por encima de la media de la Zona Euro. El Índice de Precios al Consumo Armonizado (IPCA) español, en tasa interanual, se incrementó tres décimas respecto a agosto, alcanzando el 3 %. Es la primera vez que se alcanza esta subida de precios desde junio del año pasado. No es un dato sorprendente, pero sí inquietante. Llevamos años sintiendo que el coste de la vida sube como una marea imparable. Y nuestro país vuelve a registrar en septiembre la mayor inflación de las cuatro grandes economías de la Eurozona (Alemania, Francia, Italia y España).

¿Las razones? El impresionante encarecimiento de los alimentos y la vuelta al cole y a la universidad, que este año es más cara que el curso pasado. Lo que sigue golpeando al consumidor. A ello se une el aumento de la demanda de otros bienes de consumo. El INE informó también esta semana sobre otro dato: la tasa anual del Comercio Minorista de agosto, a precios constantes, creció un 4,5 %. Dicho de otro modo: la gente está gastando más, bastante más. ¿Por qué? Pues por la combinación de turismo, movilidad, compras típicas de vacaciones (ropa de verano, regalos, ocio), imposibilidad de comprarse una casa y las rebajas. También por la mejora de las condiciones crediticias (tipos de interés relativamente bajos y acceso más fácil al crédito al consumo).

Un problema que arrastramos demasiado tiempo

El verdadero drama es que la inflación en España lleva tres años superando a la media de la Zona Euro. Mientras en Europa el dato de inflación de septiembre alcanzó el 2,2 %, aquí seguimos por encima. Esto significa que nuestros productos llevan tres años encareciéndose más deprisa que los de nuestros vecinos. En definitiva, perdemos competitividad. Nos cuesta más vender en los mercados de fuera y en el interior porque nuestros precios no paran de subir.

Además, la inflación no es un simple dato macroeconómico. Tiene un impacto global. Aumenta los costes de producción y engorda el gasto público. Y, si no se contiene, acaba erosionando salarios y ahorros. Porque aquí entra en juego un debate incómodo: la subida de los salarios, pensiones y otras rentas con el IPC. Si los sueldos y las pensiones suben al ritmo de la inflación, el Estado terminará pagando más, y los precios volverán a presionar al alza. Es un círculo vicioso difícil de romper.

En España la factura de la inflación la pagan los más vulnerables

Si, como se prevé, la inflación media de este año llega al 2,6 %, solo la revalorización de las pensiones costará en 2026 unos 5.500 millones de euros más que en 2025. Un agujero que se suma a unas cuentas públicas ya tensionadas. Como dijo, en cierta ocasión el escritor Josep Pla, al ver las luces de Nueva York, «¿quién paga todo esto?»: En España la factura de la inflación la pagan los más vulnerables.

El impuesto de los pobres

Hay una frase que conviene recordar, aunque sea amarga: la inflación es el impuesto de los pobres. No es solo una metáfora. Las familias con menos recursos dedican casi todos sus ingresos a consumir —comida, luz, transporte—, así que cada subida de precios les golpea más fuerte. En cambio, a las rentas altas, después de consumir, aún les queda dinero para ahorrar o invertir.

El Gobierno debería marcarse para 2026 un objetivo claro: más equilibrio presupuestario y menos gasto público improductivo. Es impopular, sí, pero la estabilidad de precios y la salud de la economía a largo plazo dependen de un control firme de las cuentas públicas. Además, necesitamos seguir con reformas estructurales: liberalización de mercados, menos trabas burocráticas, menos intervencionismo. Cuesta decirlo en voz alta, pero el exceso de regulaciones no siempre protege al ciudadano. A menudo encarece productos, frena inversiones y acaba empeorando el problema que se quiere solucionar.

No bajar la guardia

No resulta exagerado decir que la inflación puede devorar lentamente el poder adquisitivo de los hogares y la competitividad de las empresas. Un marco económico estable —con precios contenidos, cuentas públicas saneadas y menos trabas burocráticas— no solo favorece el crecimiento y el empleo, sino que da confianza a quienes quieren emprender, invertir o exportar. Como decía Milton Friedman, «la inflación es un impuesto sin legislación». No aparece en el Boletín Oficial del Estado, pero acaba vaciando nuestras carteras igual o más que cualquier impuesto que se apruebe por ley.

España necesita tomar en serio este desafío. No debemos permitir que la inflación sea el freno invisible de nuestro progreso.

*Rafael Pampillón Olmedo es catedrático de Economía en la Universidad CEU San Pablo y en el IE Business School

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