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España 2026: 50 millones de habitantes, 100 millones de turistas… y un caos ferroviario

Nos acercamos a estos récords en un momento de caos ferroviario. Como suele decirse, la reputación es difícil de conseguir, fácil de perder y a veces casi imposible de recuperar.

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente.

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente.EFE/Kiko Huesca

España se encamina hacia dos cifras icónicas. En 2026, por primera vez, superará los 50 millones de habitantes y recibirá más de 100 millones de turistas extranjeros al año. Ambos récords son, en apariencia, una excelente noticia. Refuerzan la imagen de un país dinámico, capaz de crecer incluso en un contexto internacional incierto. Sin embargo, tras el titular optimista, surge una pregunta incómoda: ¿estamos creciendo mejor o simplemente creciendo más?

El aumento de la población tiene una explicación clara. España ha incorporado alrededor de dos millones de nuevos habitantes entre 2020 y 2025, en su mayoría inmigrantes. Este flujo ha sostenido el consumo, ampliado la fuerza laboral y mantenido la creación de empleo hasta superar los 22 millones de ocupados. Pero este impulso demográfico también tiene costes: mayor presión sobre la vivienda, los servicios públicos y los precios.

Algo similar ocurre con el turismo. Alcanzar los 100 millones de visitantes confirma a España como una potencia turística global. El sector lleva más de 60 años actuando como un impulsor del PIB, el empleo, la recaudación fiscal y la entrada de divisas. Desde una óptica estrictamente económica, el récord es una buena noticia.

¿Calidad o cantidad?

El problema surge cuando se analiza la calidad de este crecimiento. España crece, pero de manera extensiva: más población, más turistas, más empleo, más consumo. Sin embargo, las variables clave que sostienen la prosperidad a largo plazo avanzan con menos fuerza. La productividad por trabajador lleva más de una década prácticamente estancada. La inversión en capital productivo y tecnológico sigue por debajo de los estándares europeos. El resultado es una paradoja: el PIB crece, pero la renta per cápita apenas converge con Europa (92 % de la media comunitaria).

De ahí que, aunque la economía avanza, muchos hogares no perciben una mejora en su nivel de vida. Sin aumentos de productividad no hay salarios más altos, ni mayor competitividad, ni unas pensiones sostenibles en una sociedad que envejece con rapidez. Crecer en cantidad sin crecer en calidad es un modelo frágil.

El turismo ilustra bien esta tensión. Su éxito económico convive con efectos colaterales cada vez más visibles. La expansión del alojamiento turístico reduce la oferta residencial y empuja al alza los alquileres, expulsando a residentes locales. A ello se suman la congestión, el estrés hídrico y el deterioro ambiental en zonas con alta concentración de visitantes.

Algunas Comunidades y ciudades han introducido tasas turísticas o restricciones. Cataluña y Baleares aplican impuestos por pernoctación; hay localidades que gravan el acceso de autobuses turísticos o regulan con mayor dureza el alquiler vacacional. Estas medidas buscan frenar el turismo y financiar los costes que genera. El crecimiento tiene límites físicos, sociales y ambientales.

¿Puede España seguir recibiendo más turistas?

A escala nacional, probablemente sí, aunque a ritmos más moderados que en los años postpandemia. Pero, en muchos destinos, el margen para aumentar visitantes es cada vez menor. El debate ya no es si se alcanzan los 100 millones, sino cómo se gestiona esa cifra. Las claves de un modelo más sostenible son: más ingresos por turista, menor estacionalidad y mayor dispersión territorial.

El perfil del visitante está cambiando en esa dirección. Europa sigue siendo el principal origen de los turistas. Pero los viajeros de largo radio, como los estadounidenses, ganan peso en términos de gasto. También crecen el turismo urbano y cultural, los congresos, la gastronomía y los eventos. Esta diversificación es una oportunidad para elevar el valor añadido del sector, siempre que vaya acompañada de mejoras en productividad, formación y calidad del empleo.

El riesgo de una fuerte dependencia turística sigue ahí. Crisis sanitarias (como la pandemia), geopolíticas o climáticas pueden provocar caídas abruptas. Por eso la respuesta pasa por complementar el turismo con otros motores de crecimiento más intensivos en conocimiento.

España alcanzará en 2026 cifras récord de población y de turistas. Es un logro indiscutible. Pero el éxito no se mide en millones, sino en bienestar. El reto es transformar cantidad en calidad: más productividad, mejores salarios, vivienda accesible y un turismo que sume sin desgastar. Solo así estos récords dejarán de ser un titular llamativo para convertirse en una base sólida de prosperidad compartida.

Por otro lado, nos acercamos a estos récords en un momento de caos ferroviario en España. La Alta Velocidad ha sido una de las joyas de la corona de nuestra identidad como país y destino turístico. Pero está en cuestión desde el accidente de Adamuz del 18 de enero. Y, como suele decirse, la reputación es difícil de conseguir, fácil de perder y a veces casi imposible de recuperar.

  • Rafael Pampillón es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad CEU San Pablo y de la Universidad Villanueva
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