Ya empiezan a proliferar los negocios que vuelven a favorecer el efectivo
«Entre comisiones, IVA e impuestos apenas queda margen»: por qué muchos comercios rechazan el pago con tarjeta
Las comisiones bancarias, los impuestos y la falta de margen están detrás de una tendencia que ya se deja ver en tiendas, bares y peluquerías
En la puerta de una tienda de barrio o sobre el mostrador de una peluquería empiezan a aparecer carteles que hace apenas unos años parecían cosa del pasado. «Se agradece el pago en efectivo», «Solo efectivo» o incluso «No disponemos de pago con tarjeta». La escena, cada vez más habitual en comercios de proximidad, supone un cambio inesperado en los hábitos de pago.
Durante la última década, el comercio minorista ha vivido una rápida expansión de los pagos electrónicos, especialmente desde la pandemia, donde se atemorizó a los ciudadanos asegurando que el dinero en efectivo era una vía de transmisión del covid y el pago sin contacto se convirtió en la norma. Muchos establecimientos llegaron a imponer un mínimo para aceptar tarjetas, generalmente de cinco o diez euros, para evitar el impacto de las comisiones.
Sin embargo, el fenómeno parece estar girando en dirección contraria. En numerosos barrios empiezan a proliferar los negocios que vuelven a favorecer el efectivo o directamente renuncian a los pagos con tarjeta.
«Entre el banco, el IVA y los impuestos no queda margen»
Los motivos, según explican los propios comerciantes, son económicos. En una peluquería de barrio de Madrid, un pequeño cartel enmarcado junto a la caja invita a pagar en efectivo. La propietaria explica que la decisión no responde a una cuestión ideológica ni tecnológica, sino a una simple ecuación económica.
Al final, cuando haces números, el margen se reduce muchísimo
«Cada vez que alguien paga con tarjeta el banco se queda una comisión. Luego está el IVA, y después tenemos que declarar los beneficios. Al final, cuando haces números, el margen se reduce muchísimo», explica.
La peluquera asegura que el problema se agrava en negocios con precios ajustados, donde subir tarifas resulta complicado.
Cartel en un comercio que advierte que solo acepta el pago mediante efectivo
«No podemos subir los precios continuamente porque el cliente tampoco puede asumirlo. Pero si todo el mundo paga con tarjeta, hay veces que casi trabajas sin margen», añade.
Una comerciante que regenta una pequeña tienda de alimentación comparte una percepción similar, incluso más radical. En su caso ha eliminado el pago con tarjeta sin importarle las consecuencias.
Muchas veces la sensación es que trabajas para pagar impuestos y comisiones
«Antes poníamos un mínimo de cinco euros para pagar con tarjeta. Ahora muchos clientes pagan cualquier cantidad con tarjeta y eso nos genera costes. El banco siempre se lleva algo», afirma.
Según explica, el problema no es solo la comisión directa, sino el conjunto de obligaciones fiscales y administrativas.
«No se trata de no declarar. Se trata de que muchas veces la sensación es que trabajas para pagar impuestos y comisiones», sostiene.
El dinero que se evapora en cada pago
Desde la asesoría de empresas Ofeco, que trabaja con numerosas pequeñas empresas y autónomos, aseguran que este fenómeno empieza a detectarse con frecuencia entre sus clientes. Su explicación se basa en cómo se reparte realmente el dinero en una transacción.
«Cuando alguien paga 20 euros en efectivo, ese dinero circula íntegro entre comercios. El tendero lo utiliza para pagar a su proveedor, el proveedor a su vez paga a otro proveedor y así sucesivamente», explican desde la asesoría.
Cuando alguien paga 20 euros en efectivo, ese dinero circula íntegro entre comercios
En cambio, cuando la operación se realiza con tarjeta, entran en juego varios intermediarios. «En ese mismo pago de 20 euros hay una comisión bancaria, que puede variar según el contrato del comercio. Además intervienen redes de pago, entidades financieras y otros servicios asociados. Son pequeñas cantidades, pero se van acumulando», señalan.
El resultado es que el dinero que circula dentro del tejido comercial se reduce progresivamente. «A lo largo de la cadena económica se van perdiendo pequeñas fracciones que terminan en manos de entidades financieras o plataformas de pago», explican desde Ofeco.
Se van perdiendo pequeñas fracciones que terminan en manos de entidades financieras o plataformas de pago
La asesoría añade otro elemento que, a su juicio, influye en el comportamiento de los pequeños negocios como es la presión fiscal. «Las pymes y los autónomos sienten una asfixia regulatoria importante. Entre cotizaciones, impuestos, obligaciones administrativas y costes financieros, el margen real es cada vez menor», sostienen. Es aquí cuando el efectivo aparece para muchos como una forma de preservar liquidez.
No obstante, los comerciantes consultados rechazan que el rechazo a la tarjeta tenga como objetivo principal ocultar ingresos. «La mayoría de nosotros declaramos todo porque hoy en día es muy difícil no hacerlo», afirma la dueña de la peluquería. «Simplemente intentamos sobrevivir con márgenes muy pequeños».
«Si puedo evitar una factura, lo hago»
El resurgir del efectivo también reabre un debate habitual en la economía española como es el de la economía sumergida. España ha sido tradicionalmente uno de los países europeos con mayor peso del dinero no declarado. Según el Sindicato de Técnicos del Ministerio de Hacienda GESTHA, España lidera la economía sumergida junto a Grecia e Italia, en concreto, el dinero B supone un 17 % del PIB en las economías avanzadas y España se situaría por encima con un 24 % del PIB en 2025.
Un fontanero autónomo que trabaja en varias localidades del cinturón de Madrid y que prefiere no dar su nombre reconoce abiertamente que, cuando puede, intenta reducir al máximo la factura fiscal.
Sé que no debería hacerlo, pero si puedo evitar una factura, lo hago
«Sé que no debería hacerlo, pero si puedo evitar una factura, lo hago», admite. «La presión de impuestos es enorme y muchas veces sientes que trabajas más para pagar al Estado que para vivir». El profesional asegura que ese sentimiento de frustración se alimenta también de la percepción sobre el uso del dinero público.
«Cuando ves en las noticias en qué se gasta el dinero público, muchas veces te enfadas. Hay un desapego muy grande», afirma. «No digo que esté bien, pero mucha gente piensa así».
El fenómeno, en cualquier caso, pone de relieve la tensión entre la digitalización de los pagos (impulsada por bancos, administraciones y grandes empresas) y la realidad económica de miles de pequeños comercios.
Mientras el pago con móvil o con tarjeta se consolida en grandes superficies y cadenas comerciales, en muchas calles de barrio empieza a recuperarse un gesto que parecía condenado a desaparecer: abrir la cartera y pagar en efectivo.