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Los autónomos ante el Gobierno: cada vez más solos y más hartos

La pérdida de 70.000 autónomos en el primer trimestre de este año no es solo una cifra. Tiene impacto sobre la economía, sobre el tejido productivo de proximidad

Trabajador autónomo en su negocio

En la España de 2026, uno escucha al Gobierno hablar del mercado laboral, y parece que vivimos en una primavera económica permanente. Todo va bien. Todo mejora. Pero basta rascar un poco –o, mejor aún, hablar con cualquier autónomo– para que esa narrativa se venga abajo.

Porque la realidad, la que se escucha a pie de calle, es otra. Mucho más cruda. Y mucho menos optimista. Es la de quienes se juegan su propio dinero mes a mes.

Los autónomos (más de 3,2 millones según la Encuesta de Población Activa) están atrapados en una especie de tormenta perfecta. Todo aumenta: los costes de las mercancías, los salarios, la presión fiscal, las cotizaciones sociales y la burocracia. Y el dato resulta difícil de rebatir: unos 70.000 autónomos menos en el primer trimestre de 2026. Es una señal. Una señal de que algo no está funcionando.

A ello se une el salario mínimo. Medida socialmente popular, sin duda. Pero con un efecto secundario del que se habla menos: quien tiene empleados y es autónomo lo nota y mucho.

Porque sí, subir salarios es necesario. Trasladar su impacto a pequeños negocios sin red suficiente de apoyo es otra cosa. Y ahí es donde muchos autónomos sienten que juegan en desventaja permanente.

La sensación general es clara: pagan mucho y reciben poco. O, mejor dicho, reciben menos de lo que cabría esperar. Para colmo, el Gobierno recauda cada vez más por la llamada progresividad en frío. Se trata de una subida de impuestos silenciosa, que se produce cuando los ingresos aumentan por la inflación, pero los tramos del IRPF no se actualizan en la misma medida. Al no ajustarse esos tramos, una parte cada vez mayor de la renta pasa a tributar a tipos más altos. En consecuencia, se pagan más impuestos simplemente porque los ingresos nominales han subido. Entonces el poder adquisitivo empeora.

La burocracia: el enemigo silencioso

Hay algo que no suele protagonizar titulares, pero que desespera a muchos: el papeleo.

La digitalización, en teoría, viene a simplificar. En la práctica, muchos autónomos sienten justo lo contrario. Facturación electrónica obligatoria, nuevos sistemas, más requisitos, más controles. Más tiempo delante del ordenador. Menos tiempo dedicado al trabajo.

Y, por supuesto, más gasto en gestorías o software. Adaptarse no es gratis.

Otro clásico: la morosidad

Muchos autónomos siguen cobrando tarde. Incluso cuando el cliente es la propia Administración. Y aquí el contraste duele: tú te retrasas con Hacienda y hay consecuencias inmediatas. Pero si te deben dinero, paciencia.

Ponerse enfermo, para un autónomo, no es solo un problema de salud. Es un problema económico inmediato. Ingresos que desaparecen. Gastos que siguen

Esa asimetría genera algo más que problemas de liquidez. Genera frustración.

Ponerse enfermo, para un autónomo, no es solo un problema de salud. Es un problema económico inmediato. Ingresos que desaparecen. Gastos que siguen. Por eso muchos siguen trabajando cuando no deberían. Porque parar no es una opción real.

Madrid juega otra partida

En este contexto, hay un contraste que muchos autónomos no pasan por alto: las diferencias entre las Administraciones.

En la Comunidad de Madrid, el discurso –y en parte también las medidas– han ido en otra dirección: menos presión fiscal en ciertos tramos, más incentivos al emprendimiento y un relato más alineado con el autónomo como motor económico.

Ayuso lo ha repetido en varias ocasiones: «Madrid es el lugar donde se viene a emprender, no a sobrevivir». Más allá del componente político de la frase, conecta con una percepción real entre muchos profesionales: que no todas las Administraciones aprietan igual.

Sin autónomos, menos economía real

Las protestas de los autónomos en las calles, en abril, no son casualidad. Son el síntoma visible de algo que llevaba tiempo incubándose. No es una queja puntual. Sino una sensación general: las políticas hacia los autónomos están más orientadas al control que al apoyo.

La pérdida de 70.000 autónomos en el primer trimestre de este año no es solo una cifra. Tiene impacto sobre la economía, sobre el tejido productivo de proximidad.

Sí, el primer trimestre suele ser flojo. Pero el contexto actual invita a pensar que hay algo más profundo. Menos margen. Más riesgo. Menos ganas de seguir.

Al final, todo se resume en una pregunta: ¿Se está tratando a los autónomos como lo que son –un pilar de la economía– o como una fuente de ingresos para el sistema?

Porque si la respuesta se inclina hacia lo segundo, el resultado es previsible: Menos autónomos, menos iniciativa, menos economía real.

Parafraseando la famosa película de los hermanos Coen de 2007 («No es país para viejos»), España no es país para autónomos.

  • Rafael Pampillón. Profesor de Economía del IE Business School y de la Universidad CEU San Pablo.