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La espantada de hoteleras y aerolíneas españolas forzada por Trump deja sin soporte vital al régimen cubano

Meliá, Iberostar y el resto se suman a aerolíneas como Iberia y Air France y se repliegan en la isla antillana, sabiendo además que quien sea considerado colaborador del castrismo tendrá muy difícil operar si hay un cambio político

Hotel en La Habana de la española MeliáEFE

Cuba está provocando un muy veraniego corte de digestión a las hoteleras españolas. Firmas como Meliá, Iberostar, Valentín, Roc, Blau o Barceló han llegado a gestionar cerca del 50 % de la oferta de la isla, siempre con socios locales, dado que la propiedad es del Estado. Ahora ven con pavor el impacto de las inminentes sanciones estadounidenses a las compañías que colaboren con Gaesa, el conglomerado de empresas de las Fuerzas Armadas de Cuba.

EE.UU. ha puesto la fecha tope del 5 de junio para que las empresas extranjeras rompan relaciones con Gaesa, que según el Departamento de Estado «es el núcleo del sistema comunista cleptocrático de Cuba». Las aerolíneas, que lo tienen más sencillo, reaccionaron rápido: Iberia, Plus Ultra o Air France ya han cortado sus conexiones aéreas con la isla, con la excusa de la caída de la demanda. La llegada de turistas a la mayor de las Antillas se ha desplomado un mareante 56 % en lo que va de año, con apenas 328.000 llegadas hasta abril. Todo un agujero en la línea de flotación de una economía en el que el maná turístico llega a rondar el 80 % del PIB, según Naciones Unidas.

Los hoteles, como es evidente, lo tienen más complicado. Aún así, Iberostar ha dejado ofrecer doce hoteles que operaba junto con Gaesa; y Meliá ha hecho lo mismo con otros 15 establecimientos. La firma que preside Gabriel Escarrer, pionera al abrir un establecimiento –Sol Palmeras, en Varadero, en 1990–, ha mantenido en los últimos años la apuesta por la isla, con dos aperturas el año pasado, y más de 13.000 habitaciones. Aún en febrero defendía la conveniencia de permanecer en la isla, mientras que NH, ahora propiedad de la tailandesa Minor, ya abandonó Cuba a principios de año. Otros gigantes hoteleros internacionales, como la canadiense Blue Diamond, también han dejado de operar.

La Administración Trump ya ha demostrado, en Venezuela y en Irán, que no se anda con chiquitas. Cuando pare la rumba en La Habana, todo aquel que Washington considere un colaborador del régimen castrista se puede quedar sin silla donde sentarse, es decir, fuera de un mercado que, salvo por el ahogo comunista, tiene todos los ingredientes para ser una mina de oro.

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