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Un camarero en un bar en Sevilla

Un camarero en un bar en SevillaEuropa Press

La escasez de grandes empresas empobrece más que la inflación

Estas compañías pagan 2,8 veces más que las microempresas de media, pero estas no suponen más que el 0,1% del total empresarial nacional

Hay algo que no termina de encajar en el relato económico español. El empleo bate récords, los salarios nominales encadenan subidas y el PIB crece por encima de la mayoría de socios europeos. Pese a ello, la experiencia de buena parte de los trabajadores se parece más a la que se vive sobre la cinta de un gimnasio: acumulan kilómetros, pero apenas avanzan.

La inflación explica parte de esta paradoja. Hoy, el ticket medio de la cesta de la compra cuesta, como mínimo, 60 euros más que en 2004 y el encarecimiento de la vivienda o la energía ha reducido la capacidad de consumo de millones de hogares. No obstante, el IPC (Índice de Precios de Consumo) no cuenta toda la historia.

Detrás del deterioro del poder adquisitivo aparece una realidad mucho más incómoda y menos visible: el ecosistema empresarial español. Y es que, en un territorio donde más del 99 % de las compañías son pymes y microempresas, la capacidad para generar salarios elevados de forma sostenida es considerablemente menor que en economías dominadas por grandes grupos corporativos; más competitivos, internacionalizados y con una mayor fuerza inversora.

Álvaro García, analista de datos y divulgador socieconómico, afirma que el debate no debe limitarse a cuánto gana una persona, sino que se debiera invitar también a reflexionar sobre el valor que genera el individuo por hora trabajada y el tipo de empresa y sector donde desarrolla su actividad.

Nunca antes habíamos contado con tantas herramientas para hacer más en menos tiempo. ChatGPT se ha convertido en una extensión cotidiana de nuestro propio cerebro. Aún así, las ventajas tecnológicas no terminan de reflejarse en las nóminas y los salarios no son capaces de alcanzar a los precios. La explicación no está en una generación menos trabajadora ni en empresarios especialmente tacaños –aunque sí asfixiados por la normativa si preguntas a Antonio Garamendi–. La cuestión es profundamente estructural: la limitada capacidad de buena parte del tejido productivo español para traducir esa tecnología en mayores niveles de productividad.

Las grandes organizaciones suelen invertir más en tecnología, exportar con mayor intensidad, acceder a financiación en mejores condiciones y distribuir costes fijos entre un volumen de actividad mucho mayor. En consecuencia, generan más valor por empleado y pueden retribuir mejor ese trabajo.

El problema es que España continúa apoyándose en sectores intensivos en mano de obra y con un valor añadido relativamente bajo. Turismo, hostelería, comercio u otros determinados servicios han demostrado una extraordinaria capacidad para crear empleo –aunque estacional–, pero no para generar salarios comparables a los de las economías más industrializadas. «Registramos una menor productividad y unos márgenes mucho más reducidos que las empresas de los países del norte de Europa», puntualiza García.

El valor de los salarios reales se observa en caída libre desde 2008, aunque es a partir de 2020 cuando conduce sin frenos. Los datos publicados esta semana por Eurostat revelan que somos el tercer país europeo con mayor descenso de los salarios reales y que estos son, además, particularmente negativos en banca, industria y sector público –es decir, en sectores donde existe mayor potencial para generar valor–. A la vista de los análisis, se podría decir que España tiene predilección por el crecimiento extensivo (más empleo) que intensivo (más producción por trabajador o por hora trabajada).

Los hay que quieren exprimir una imagen positiva de la situación actual y, por ello, hablan de los sueldos en términos nominales, los cuales crecieron un 23 %. Sin embargo, la economía real no se mide por el dinero que entra cada mes en la cuenta corriente, sino por aquello que esa cantidad permite comprar. Un trabajador que mantiene un salario de 1.500 euros netos al mes desde 2021 se ha ido empobreciendo. En términos reales, su capacidad de compra equivale hoy, a fecha de 2026, a unos 1.230 euros de entonces. Es decir, pierde alrededor de 270 euros mensuales o 3.240 euros al año, aunque su nómina no haya cambiado.

Grandes crisis y decepciones

El patrón es transversal a los niveles salariales. «Un salario neto de 2.000 euros mensuales conservará un poder de compra real cercano a 1.640 euros, lo que supone una pérdida de 360 euros al mes. En el caso de quienes ingresan 2.500 euros netos, la capacidad adquisitiva se reduce hasta unos 2.050 euros, es decir, 450 euros menos cada mes», puntualiza el experto. Lo cierto es que donde no hay, no se puede sacar. Las grandes empresas pagan 2,8 veces más que las microempresas de media, pero estas no suponen más que el 0,1% del total empresarial nacional.

El colectivo de menores de 40 años son los grandes damnificados por la pérdida de poder adquisitivo –o, por lo menos, los más engañados–. El modelo socialeconómico y la experiencia de sus progenitores les prometió una cosa y les ha entregado otra. Crecieron escuchando que estudiar y dominar la tecnología les garantizaría una vida igual o mejor que la de sus padres. Se les enseñó que los títulos bajo el brazo eran una suerte de talismán contra la incertidumbre económica y abrazaron aquella promesa con la fe de quien no conoce otro camino porque, en cierto sentido, cumplieron su parte del trato.

«Son una de las generaciones más formadas de la historia y con más acceso a la tecnología, pero también una de las que más dificultades encuentra para ahorrar o acceder a una vivienda», afirma García. De hecho, el 36,3% de los trabajadores con estudios superiores están sobrecualificados; es decir, casi 4 de cada 10 talentos están desaprovechados.

Su futuro ha sido y es muy distinto del esperado aun operando en una economía más digitalizada, más global y más avanzada que la de hace tres décadas. El coste de alcanzar determinados hitos vitales ha crecido mucho más rápido que las oportunidades de progreso económico. Los que sí llegan a puestos acordes con su formación tampoco tienen mucho que celebrar. El divulgador socioeconómico subraya que los universitarios solo ganan un 10,3% más que la media nacional (teniendo en cuenta todos los niveles), según cifras del INE.

Sobre el papel, muchos profesionales jóvenes ganan más dinero que sus padres a la misma edad. En la práctica, ese salario compra menos metros cuadrados, menos capacidad de ahorro y menos seguridad financiera. ¿Deberíamos seguir aplaudiendo con la misma intensidad a los que suben el salario mínimo? Mientras tanto, seremos testigos de lo que ocurre cuando una generación empieza a ser testigo de que formarse y trabajar no mejora sus perspectivas.

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