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Por qué el esfuerzo debe volver a compensar: no se puede culpar a los jóvenes de que su esfuerzo rinda menos que el de sus padres

Los jóvenes españoles de ahora se encuentran, en conjunto, en peor situación que los jóvenes de 1995. No se trata de una impresión subjetiva, sino del resultado de medir casi cuarenta variables

Act. 12 jul. 2026 - 09:40

Persona joven y persona mayor

El dato rompe con el supuesto de que cada generación vive mejor que la anterior. Ahora sucede lo contrarioGetty Images

Hace unos días escribía en estas páginas sobre una preocupación creciente: la pérdida de la cultura del esfuerzo. España bate récords de ocupación, y, sin embargo, también registra niveles históricos de absentismo laboral. Cada vez se trabajan menos horas efectivas, aumenta la rotación en el empleo y muchos empresarios perciben una menor implicación por parte de sus trabajadores.

Sería un error concluir que todo obedece a un cambio de valores o a una generación menos sacrificada que las anteriores. Antes de responsabilizar únicamente a los jóvenes conviene hacerse una pregunta: ¿hemos construido una sociedad en la que el esfuerzo ya no compensa como antes?

El reciente Indicador Sintético de la Juventud, elaborado por la Fundación PwC y el Círculo de Empresarios, aporta una conclusión sorprendente: los jóvenes españoles de ahora se encuentran, en conjunto, en peor situación que los jóvenes de 1995. No se trata de una impresión subjetiva, sino del resultado de medir casi cuarenta variables relacionadas con la demografía, el empleo, la vivienda y la educación.

Los jóvenes de ahora vivirán peor que sus padres

El dato rompe con el supuesto de que cada generación vive mejor que la anterior. Ahora sucede lo contrario.

Quizá porque España continúa registrando una de las mayores tasas de sobrecualificación de Europa. Miles de universitarios desempeñan trabajos para los que no era necesario ir a la universidad. Hemos aumentado la formación universitaria, pero no hemos sido capaces de crear suficientes empleos de alta cualificación.

Algo parecido ocurre con la vivienda. Mientras generaciones anteriores podían aspirar razonablemente a comprar una casa, hoy resulta casi inasumible.

La cultura del esfuerzo no se sostiene únicamente sobre principios morales. También necesita incentivos. Durante décadas existía un contrato implícito entre generaciones: estudiar, trabajar, ahorrar y sacrificarse aumentaba las posibilidades de construir un proyecto de vida mejor que el de los padres. Ese contrato nunca garantizaba el éxito, pero sí ofrecía una expectativa razonable de progreso.

Hoy cuando un joven observa que después de años de estudio probablemente accederá a un empleo temporal, que buena parte de su salario se destinará al alquiler, que comprar una vivienda parece una meta lejana, y que formar una familia deberá posponerse indefinidamente, resulta inevitable que cambie sus prioridades.

Los jóvenes perciben que el rendimiento de su esfuerzo ha disminuido en comparación con el de sus padres

No porque sea más egoísta que sus padres. Sino porque percibe que el rendimiento de su esfuerzo ha disminuido.

No se trata, además, de un fenómeno exclusivamente español. En Estados Unidos, donde el mercado laboral sigue siendo uno de los más dinámicos del mundo, una encuesta de la Reserva Federal reveló que en marzo de 2026 el porcentaje de trabajadores satisfechos con su salario y con sus oportunidades de ascenso cayó al nivel más bajo desde 2014. Incluso en una economía con pleno empleo relativo, una parte creciente de los trabajadores percibe que el esfuerzo ya no se traduce automáticamente en mejores perspectivas profesionales.

Eso ayuda a explicar: a) la menor identificación de los jóvenes con la empresa o con la organización en la que trabajan, b) la búsqueda constante de un mejor equilibrio entre vida personal y profesional y c) una menor disposición a realizar sacrificios para la empresa. No significa que los jóvenes sean menos trabajadores. Significa que muchos han dejado de creer que trabajar mucho garantice una vida mejor.

Debilitamiento de los incentivos

Toda sociedad necesita responsabilidad individual, cumplimiento de las obligaciones y trabajadores implicados. Sin productividad no hay crecimiento, sin crecimiento no hay salarios más altos y sin empresas competitivas tampoco habrá empleo de calidad.

Pero tampoco podemos exigir una cultura del esfuerzo mientras debilitamos sistemáticamente los incentivos.

No basta con pedir sacrificios. Hay que ofrecer horizontes.

La historia económica demuestra que las sociedades más dinámicas son aquellas donde existe una relación clara entre mérito, trabajo, progreso y remuneración. Cuando esa relación se rompe, aparecen la frustración y el conformismo. Poco a poco, las personas dejan de preguntarse cómo prosperar y empiezan simplemente a sobrevivir.

España corre el riesgo de entrar en esa dinámica.

Por eso el debate no debería reducirse a si los jóvenes trabajan más o menos que antes. La verdadera cuestión consiste en averiguar por qué tantos sienten que el esfuerzo ya no transforma su vida como transformó la de sus padres.

Recuperar la cultura del esfuerzo es una prioridad nacional. Pero para conseguirlo también debemos recuperar algo que hemos ido olvidando: la cultura de la recompensa. Porque ninguna sociedad puede exigir sacrificios de forma indefinida si no ofrece oportunidades reales de progreso.

El esfuerzo seguirá siendo el motor del crecimiento económico. Pero ese esfuerzo, además de ser una virtud, debe constituir un medio para progresar individual y colectivamente.

  • Rafael Pampillón es profesor de la Universidad CEU San Pablo y del IE Business School.
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