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La educación en la encrucijadaJorge Sainz

Las universidades católicas y la búsqueda de la verdad

Buscar la verdad es una tarea que nunca pasa de moda. Para las universidades católicas, una minoría cualificada dentro del Sistema Universitario Español, no es solo una parte de su labor académica: es el corazón mismo de su identidad

Estas últimas semanas se ha discutido mucho sobre el papel de la universidad privada en España. El planteamiento del Gobierno, enfocado en un aumento del control sobre los centros de educación superior cuya titularidad no fuese pública ha hecho que se hable mucho estos días de aspectos políticos y técnicos, pero poco del objetivo final de la Universidad, establecido desde la Edad Media, cuando la Iglesia crea los primeros estudios; la búsqueda de la verdad.

Buscar la verdad es una tarea que nunca pasa de moda. Para las universidades católicas, una minoría cualificada dentro del Sistema Universitario Español, no es solo una parte de su labor académica: es el corazón mismo de su identidad. No basta con ofrecer grados, másteres o investigaciones de calidad: estas instituciones existen para recordar que el ser humano, más allá de sus necesidades inmediatas, siente un deseo profundo de conocer la verdad sobre sí mismo, sobre el mundo y sobre Dios.

Juan Pablo II, en su encíclica Fides et Ratio, señaló que «el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad con dos alas: la fe y la razón». No se trata de escoger entre ciencia o creencia, entre razón o fe, sino de reconocer que ambas son complementarias. La verdad, por tanto, no es solo algo que se crea en un laboratorio, en un aula o, lo que es más peligroso, desde el despacho del Ministerio de Universidades: también se intuye, se contempla y se abraza en la experiencia humana más profunda.

Nuestra sociedad atraviesa una crisis de confianza en la verdad. Como nos han enseñado nuestros líderes, todo parece relativo o discutible. Benedicto XVI lo advirtió, vivimos bajo una «dictadura del relativismo», donde muchas veces se niega que existan verdades universales. La opinión personal tiende a reemplazar al conocimiento fundado. En este contexto, docentes y universidades católicos tenemos la responsabilidad demostrar que buscar la verdad es un motor esencial de la vida intelectual, y que hacerlo nos hace más humanos, y más libres.

Las universidades, y especialmente las católicas, no deberíamos formar solo lo que Ortega y Gasset denominó bárbaros especialistas. En palabras del Papa Francisco, la universidad es «un taller de esperanza», un espacio donde no se enseña únicamente a ejecutar tareas, sino a pensar y a descubrir la vocación personal de cada uno.

Esta visión supone un desafío importante: ir contracorriente en una época donde todo se mide en términos de utilidad inmediata. Formar a una persona completa implica enseñarle a usar su inteligencia para buscar la verdad, pero también a comprometerse con el bien común, a ejercitar el pensamiento crítico y a vivir de manera responsable y solidaria. No basta con saber «hacer cosas»; hay que saber «por qué» y «para qué» las hacemos.

La educación católica tiene una propuesta propia: unir el saber científico con una profunda dimensión ética y espiritual. El estudio de la ciencia, la literatura, la historia o, como en mi caso, la economía no está separado de la reflexión sobre el sentido último de la vida, sino que encuentra en ella su orientación más profunda.

El camino hacia la verdad no se recorre en soledad. Los profesores universitarios jugamos un papel decisivo. Más allá de transmitir conocimientos, estamos llamados a ser testigos creíbles del amor a la verdad. «No se puede educar sin dar testimonio», recordaba insistentemente el Papa Francisco.

Un buen profesor es alguien que enseña a pensar, a preguntar, a dialogar. Es alguien que contagia la pasión por aprender y que ayuda a los estudiantes a descubrir que la verdad no es una imposición, sino una invitación. Esta misión educativa, más necesaria que nunca, supone también una responsabilidad: vivir con coherencia los valores que se enseñan.

En tiempos de fragmentación cultural, donde la especialización extrema a menudo impide ver la unidad del saber, los profesores católicos tenemos la tarea de ayudar a recomponer esa unidad: de mostrar cómo todas las ramas del saber, aunque diversas, convergen en la pregunta por la verdad y el sentido.

Las universidades católicas están llamadas a ser una «presencia profética» en la sociedad contemporánea. Esto significa, en primer lugar, resistir la tentación de la neutralidad mal entendida. Como indicaba el Papa Francisco en Veritatis Gaudium, «la educación no puede ser neutra; o es positiva o es negativa; o edifica o destruye».

Las universidades católicas no deben encerrarse en sí mismas ni limitarse a repetir fórmulas del pasado. Su misión es mucho más ambiciosa: mostrar que la verdad es posible, que buscarla vale la pena, y que hacerlo lleva a la libertad. Frente a la confusión y el escepticismo actuales, deben ofrecer caminos de sentido, abrir espacios de diálogo honesto y valiente, y comprometerse activamente en la construcción de una cultura más justa y fraterna.

Esto implica también salir al encuentro de los desafíos contemporáneos: el cuidado de la casa común, el respeto por la dignidad de toda vida humana, la defensa de los más vulnerables, la promoción de la paz y la justicia social. No se trata de añadir compromisos externos, sino de vivir de manera coherente la vocación a la verdad que inspira toda verdadera educación.

El Papa Francisco insistió en que las instituciones educativas católicas deben renovarse continuamente, sin perder su identidad. Renovación y fidelidad no son términos opuestos: una universidad católica debe ser capaz de escuchar las nuevas preguntas del mundo de hoy, de dialogar con nuevas ciencias y culturas, pero sin diluir su misión.

No se trata de tener nostalgia del pasado ni miedo al futuro. Se trata de vivir con audacia el presente, sabiendo que la verdad que buscamos no es una construcción humana frágil, sino una realidad sólida que puede iluminar todos los aspectos de la vida.

La universidad católica es, en su esencia más profunda, un lugar donde la fe y la razón colaboran en la búsqueda de la verdad. Su misión no se limita a transmitir conocimientos técnicos, sino que apunta a formar personas libres, capaces de amar la verdad, de comprometerse con la justicia y de construir una sociedad más humana.

En un tiempo de cambios y desafíos. Buscar la verdad, enseñarla y vivirla, aunque sea incómodo para algunos y tenga sus costes, como se ha visto en Nicaragua con la clausura de la jesuítica Universidad Centroamericana por el régimen de Daniel Ortega, es el mejor servicio que una universidad puede ofrecer al mundo. Porque, como recuerda el Evangelio de Juan, «la verdad os hará libres».

Jorge Sainz es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC)

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