Cuando estudiar vuelve a ser un acto de futuro
Al inicio de una era en la que la inteligencia artificial parece capaz de realizar multitud de tareas igual o mejor que los humanos, la pregunta parece inevitable: ¿merece la pena seguir estudiando una carrera universitaria?
En los últimos meses, con la intensiva democratización de la Inteligencia Artificial, se escuchan cada vez más en los medios de comunicación testimonios de figuras relevantes en el mundo de los negocios y la tecnología que ofrecen visiones contrapuestas sobre la necesidad, o relevancia, de cursar estudios universitarios, así como sobre la continuidad de ciertas profesiones que requieren formación avanzada.
Sin ir más lejos, Elon Musk, graduado en Física y Economía por la Universidad de Pensilvania, cuestionó el valor de la educación superior y afirmó: «Creo que el valor de la educación universitaria está algo sobrevalorado. Demasiadas personas pasan cuatro años, acumulan una gran cantidad de deuda y, a menudo, no adquieren habilidades útiles que puedan aplicar después.» Mientras tanto, otros como Bill Gates, que no llegó a terminar sus estudios de matemáticas en la Universidad de Harvard, mantienen que «La educación más allá de la enseñanza secundaria, argumentó, ya no es un privilegio; es un requisito para sobrevivir en una economía que premia la adaptabilidad, el pensamiento analítico y la fluidez digital.»
Al inicio de una era en la que la inteligencia artificial parece capaz de realizar multitud de tareas igual o mejor que los humanos, la pregunta parece inevitable: ¿merece la pena seguir estudiando una carrera universitaria?
Estos testimonios contrapuestos entre líderes de opinión, lejos de despejar dudas y ayudar y motivar a los jóvenes estudiantes y profesionales a continuar con sus estudios, los sumergen en un mar de incertidumbre. Si las máquinas aprenden por sí mismas, ¿por qué invertir años en una carrera que quizá desaparezca?
Además, esto llega tras unos años en los que los bootcamps, cursos rápidos y certificaciones ya estaban ganando terreno y prometían acceso y éxito inmediato a empleos en las áreas tecnológicas, sin necesidad de una educación superior ni de un conocimiento profundo en la materia.
Sin embargo, esta visión promueve la confusión entre «formarse» y «entrenarse». Aprender a utilizar una herramienta, ya sea de inteligencia artificial o basada en cualquier otra tecnología, no equivale a comprender cómo está construida ni el mundo en el que opera. Del mismo modo, saber conducir un automóvil no nos proporciona las capacidades para diseñarlo. Por lo tanto, bajo esta premisa, el riesgo no es que las máquinas aprendan demasiado, sino que nosotros dejemos de hacerlo.
La universidad, no es solo un medio para obtener un título, sino también un espacio de convivencia entre estudiantes y académicos, donde se cultivan el pensamiento crítico, la capacidad de análisis, la creatividad y el juicio ético: precisamente, las competencias más necesarias para innovar, construir y alimentar nuevas tecnologías que tengan un impacto positivo en la economía y la sociedad.
Tras años de experiencia profesional en los mundos académico y corporativo, estoy convencida de que la educación es el espacio donde se cultivan las capacidades que dan sentido a la innovación. Pero en un contexto de escepticismo, la fe debe ir respaldada por datos, por eso nos pusimos manos a la obra y junto con un equipo internacional de investigación, nos embarcamos en la elaboración de un estudio, que hemos publicado recientemente en el número 184 de Papeles de Economía Española sobre las desigualdades de bienestar en Europa en función del nivel educativo.
En esta investigación analizamos la relación entre educación y bienestar en tres países europeos con gran diversidad cultural, como España, Finlandia y Grecia, utilizando más de seis mil respuestas de la European Social Survey 2023/2024.
Mediante metodologías de machine learning, identificamos cómo el nivel educativo tiene una estrecha relación causal con dimensiones clave de la vida, tanto percibidas como objetivas, como los ingresos, la salud, el empleo, la inclusión digital y la felicidad. Los resultados son concluyentes: la educación superior está sistemáticamente vinculada a mejores resultados en todas estas dimensiones.
De forma especialmente destacada, en España, por ejemplo, la probabilidad de «vivir cómodamente con los ingresos actuales» se duplica entre quienes tienen estudios superiores y quienes no los poseen. En Finlandia, la educación atenúa los efectos del envejecimiento y favorece la participación digital de las personas mayores. Y en Grecia, incluso en un contexto económico más adverso, los titulados muestran una mayor capacidad de adaptación laboral y un mayor bienestar percibido. Además, la educación superior contribuye a reducir las diferencias de género en el empleo remunerado.
La relación es también psicológica. Las personas con formación universitaria reportan una mayor satisfacción vital, una mejor salud autopercibida y una participación más activa en la vida social y digital. El efecto, si bien no es mecánico, es innegable. La educación no garantiza la felicidad, pero sí amplía sistemáticamente las oportunidades de alcanzarla. Nuestro modelo de machine learning alcanzó una precisión del 71 %, lo que evidencia un patrón robusto: el nivel educativo influye de manera transversal en la calidad de vida, actuando como factor de resiliencia individual y social.
En tiempos de disrupciones tecnológicas aceleradas, la educación superior no es un lujo prescindible, sino una inversión estratégica en capacidades duraderas. Como señalaba el Premio Nóbel de economía Amartya Sen: «La educación no es una manera de escapar de la pobreza, es una manera de luchar contra ella». Esta lucha no se libra solo en el terreno material, sino también en el de la autonomía intelectual y la capacidad de agencia frente a un mundo que cambia a velocidades vertiginosas. Los datos de nuestro estudio confirman que quienes han pasado por la educación superior no solo ganan más o viven mejor, sino que están mejor equipados para afrontar la incertidumbre, adaptarse a nuevos escenarios y participar activamente en la construcción de un futuro más justo y equitativo.
Estudiar hoy, en plena era de la inteligencia artificial, no es una apuesta obsoleta: es un acto de resistencia intelectual y de preparación para lo desconocido. Las máquinas pueden procesar información, pero no pueden dotar de sentido a esa información. No pueden cuestionar sus propios sesgos, ni imaginar futuros distintos, ni asumir la responsabilidad ética de sus acciones. Esas capacidades siguen siendo profundamente humanas y es precisamente la universidad el lugar donde se cultivan de manera sistemática. Apostar por la educación superior no es negar el valor de la tecnología, sino reconocer que el mejor complemento de una máquina inteligente no es un operador entrenado, sino un profesional educado, crítico y capaz de pensar más allá del presente inmediato.
María Teresa Ballestar es profesora Titular de Estadística, Universidad Rey Juan Carlos